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ZAR DE RUSIA IVAN EL TERRIBLE 2º

Después el exterminio no sería individual, sino masivo. Empezó éste por la muerte de un número indeterminado de miembros de la buena sociedad de Novgorod, algunos ajusticiados por su propia mano, extremidad que gustaba de exhibir y junto a la que utilizaba una extensión artificial en forma de temible mazo de hierro del que sobresalía un espantable bastón del que nunca se separaba. Años después, y como sintiese una enfermiza antipatía por esta misma ciudad de Novgorod, volvió a atacar a la misma a sangre y fuego, produciendo una auténtica matanza entre toda la población durante las cinco semanas que duró la ocupación.

La ciudad vio aterrorizada cómo acabaron pereciendo cerca de 60.000 de sus habitantes. No obstante, y como solía hacer en ocasiones semejantes, tras esta orgía de sangre el Zar sintió la necesidad ineludible de entrar a rezar en el convento de San Nicolás, en la misma diezmada ciudad de Novgorod. Aparentó en aquel templo un sincero arrepentimiento de sus crímenes que, a la postre, resultaba temporal.

Novgodod fue saqueada, incendiada y arrasada hasta los cimientos. La ocuparon durante cinco semanas y comenzaron asesinando a todos los hombres y ancianos. Las mujeres fueron torturas y ejecutadas y las niñas de entre 10 y 15 años utilizadas como esclavas sexuales durante esos 35 días. Algunos cronistas calculan que en Novgorod fueron masacradas más de 30.000 personas. Después de la matanza, la hambruna y las epidemias extendieron más muerte por el territorio.

Ese mismo año continuaron en Moscú las matanzas y las ejecuciones en masa. Un gran número de familias de nobles fueron completamente exterminadas, incluyendo a los sirvientes y campesinos a su servicio, y las torturas alcanzaban a todos. Muchos eran ahogados, estrangulados o azotados hasta la muerte, también eran habituales los empalamientos o las víctimas quemadas vivas o asadas a fuego lento.

Sin embargo, el Fin de la Oprichnina estaba cerca. En la primavera de 1571, unos 100.00 tártaros de Crimea consiguieron llegar hasta Moscú, que fue incendiada el 24 de mayo, salvándose únicamente el Kremlin. Los oprichníki no movieron un dedo para defender la ciudad. El zar sospeché que le habían traicionado y en julio de 1572 un decreto abolía el sistema de la Oprichnina y los oprichniki eran disueltos.

Ya se ha visto antes que, como tantos déspotas, Iván IV era un hombre muy religioso, de tal forma que, antes del alba, se levantaba a decir sus oraciones y él mismo tañía las campanas llamando a los fieles a la oración. Así solían finalizar muchas de sus madrugadas en las que permanecía en absoluto recogimiento y meditación.

También sabemos que —ya se ha dicho anteriormente—, tras cada nueva atrocidad cometida por él mismo o por orden suya, le invadía un pasajero arrepentimiento que le empujaba a entrar en el primer templo a mano y a rezar escandalosamente, darse fuertes golpes de pecho y estrellar su frente contra el altar, hasta el punto de producirse heridas de consideración. En este sentido, Iván IV levantó, como agradecimiento por sus triunfos bélicos, la hermosísima catedral moscovita de San Basilio dentro del recinto del Kremlin, que todavía causa la admiración de millones de visitantes con sus nueve hermosas cúpulas cromáticas.

En 1568 apuñaló al príncipe Federov, tras lo cual lo hizo descuartizar en el patio del palacio imperial. No contento con este crimen, eliminó también a la viuda, hijos y demás familia del desgraciado. No fue un caso aislado, ya que el Zar borró del mundo de los vivos a sagas familiares enteras. Realmente actuaba como lo que era: dueño absoluto de tierras y personas, exigiendo a estas últimas una sumisión absoluta rayana en la esclavitud. Nadie podía sentirse seguro pues, antes o después, le tocaría ser señalado por el huesudo dedo del Zar.

Ni tan siquiera el clero estuvo siempre a salvo, pues tras la aristocracia, sus enemigos más perseguidos fueron, precisamente, los jerarcas de la iglesia, llegando a ordenar el estrangulamiento del arzobispo metropolitano Felipe. No comprendía la actitud de los otros monarcas europeos (a los que despreciaba), que consentían, según él, los abusos de sus súbditos díscolos, cuando debían aplastarlos sin contemplaciones. Curiosa visión de sus colegas que, como él, pasarían a la posteridad también con el sambenito de la sangre y el despotismo.

Poco después de 1570 organizó un Auto de Fe en la plaza de Kitaii-Gorod, durante el que hizo descuartizar a un príncipe llamado Viskovati. Como hiciera en otras ocasiones similares, tras la ejecución, Iván violó a la viuda de la víctima, mientras el Zarevítch, su hijo, hacía lo mismo con la hija mayor del príncipe ya muerto, humillaciones para con tan desgraciadas mujeres que ni siquiera privó a ambas de acabar también asesinadas. Era la evidencia de una locura sangrienta y a la que nadie parecía poder, o querer, poner freno. Era, por lo demás, el mismo sistema de otros déspotas: empapar el aire de miedo, un miedo insuperable, de tal forma que todos quisieran salvarse, aunque para ello tuvieran que denunciar, calumniar o, por otro lado, lamer las sandalias del autócrata de turno.

En 1581, en pleno delirio homicida, mató con aquella temible maza de hierro de la que nunca se separaba a su propio hijo mayor, llamado como él, Iván (tuvo otros dos: Dimitri y Fiodor, este último retrasado mental). Parece que, una vez más, arrepentido por este deleznable crimen, se impuso a sí mismo una agotadora penitencia consistente en escribir una larguísima lista de 3.000 nombres a los que había ordenado asesinar pero que, por supuesto, no había decidido perdonar. ¡Curiosa penitencia y arrepentimiento por el que se pedía perdón a costa de miles de nuevas víctimas! Pero no era eso lo peor, porque en un afán miserable —y sincero?— por salvar su alma, envió copias de estos listados funerarios junto a copiosos donativos a todos los monasterios del país para que los monjes rezaran por la salvación de tantas almas separadas a la fuerza de sus cuerpos por aquellos elegidos para figurar en tan macabra lista.

Tres años más tarde la muerte ponía punto y final a una existencia nefasta para unos y, posteriormente (al intentar su rehabilitación), en cierta forma liberadora para otros. Pero hasta el último aliento de su vida no dejó de hacer la guerra, tan querida por él, e inició con sus guerreros la difícil conquista de los enormes espacios siberianos que su propio fin le impediría ver totalmente ocupados. En este sentido Iván IV había otorgado a una poderosa familia, los Stroganov, el derecho de posesión sobre las tierras inabarcables de Siberia, a cambio del compromiso, por sí y por sus descendientes, de colonizar tan vasto territorio. Esta decisión daría nacimiento a los después legendarios cosacos, que serían los auténticos amos de aquella sabana inmensa.