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ZAR DE RUSIA, IVAN EL TERRIBLE 1º

Iván IV (1440-1505) fue el primer zar de Rusia (el primero en usar este título) a los tres años, sucediendo a su padre, Basilio IV. Su madre se llamaba Elena Gliviski, que murió cuando el pequeño heredero contaba apenas ocho años. Ya huérfano de su padre, sufrirá toda clase de violencias y humillaciones por parte de una nobleza que utilizará al niño en sus intrigas y ambiciones. Pero la existencia del pequeño será aún peor cuando, cumplidos los ocho años, asista a la muerte por envenenamiento de su madre, ya que se desató entonces, con más virulencia aún, la guerra entre las enfrenta das facciones nobles.

Esta infancia tempestuosa marcará su futuro y, a través de él el de toda Rusia, de tal forma que se vengará terriblemente de la clase social que tanto daño le había hecho. Aunque tampoco estuvo solo en su animadversión hacia los nobles, ya que le apoyaban en esta lucha a muerte, en un primer momento, la pequeña nobleza, su poderosa guardia personal e, incluso, la Iglesia y el pueblo.

Será al cumplir los trece años cuando empiece a hacer efectivo su odio acumulado durante su niñez y declarará una guerra abierta y sin piedad contra los que él consideró siempre sus peores enemigos, y se desembarazó en primer lugar de los miembros más peligrosos de la casta odiada de los boyardos. De hecho, implantó un régimen de terror continuado contra las clases altas de Rusia, y este fue el origen, probablemente, del sobrenombre y de la leyenda terrorífica de Iván IV. Patrocinador de una centralización férrea que le robaba prerrogativas a las clases altas, puede que esta animadversión para con los nobles, que nunca decayó en el ánimo del zar, ennegreciera aún más su biografía, si bien hay que admitir el hecho de que, por mucho que se rebaje, su reinado fue, realmente, temible y odioso.

En cuanto a su sello y estilo personal impuesto en la gobernación de su Imperio, apoyó sin fisuras la civilización autóctona, evitando en lo posible toda influencia extranjera. En esta dirección le influyó mucho el metropolitano de la Iglesia Ortodoxa, Makary. Este príncipe eclesiástico deseaba que el Zar (equivalente a César) y al utilizarlo los soberanos rusos se autoproclamaban descendientes de los emperadores romanos) fuese el brazo armado y protector de la religión, e hiciese de la ciudad de Moscú la tercera Roma (tras la verdadera Roma y Constantinopla). De hecho, y para que quedara meridianamente claro, Iván adoptó como enseña real el águila bicéfala bizantina.

Aunque alentó la creación de la Rada o Consejo Privado, poco trabajo les dio a sus miembros pues su poder fue, desde el principio, prácticamente omnímodo. La aparición de sus instintos sádicos datan de muy pronto, como lo evidenciaba uno de sus pasatiempos preferidos, como era el de lanzar desde lo más alto de la muralla del Kremlin a docenas y docenas de gatos contra el suelo. Si bien era una diversión bastante gratuita y un tanto bestia, tampoco hubiera pasado de eso a no ser porque, muy pronto, este desprecio por la vida lo trasladaría a la de sus súbditos, a los que utilizó de forma masiva y como carne de cañón en sus guerras contra tártaros, polacos o suecos. No obstante no pudo evitar la entrada de los primeros en Moscú, ciudad a la que, así mismo, los polacos prendieron fuego y en la que perecieron medio millón de personas. Además, estos últimos invasores se llevaron un gran botín y cien mil doncellas para ser vendidas a los turcos.

Tras el regreso de su larga guerra contra los turcos, Iván reanudó, y enfatizó, su odio contra los boyardos (nobles), pronunciando su temible frase: «Ya no les temo!» (temor por los odiados nobles que permanecía inamovible en el monarca desde su infancia), a partir de la cual emplearía medios aún más coercitivos en su gobierno autocrático. Dejó de residir en el Kremlim y se trasladó a vivir al barrio moscovita de Oprichni Dvor, donde residirá rodeado de más de 6.000 guerreros (500 de ellos presentes en todas las habitaciones por las que se movía su señor y a su servicio personal), formados por miembros de los nuevos nobles creados por Iván, escogidos en esta oportunidad no por su ascendencia aristocrática, sino por el valor y falta de escrúpulos de sus componentes.

Ellos le hicieron fácil al zar el hecho de imponer su reinado despótico, empezando por su acongojante presencia, pues iban uniformados de negro y lucían un distintivo compuesto por una cabeza de perro (símbolo de la lealtad) y una escoba (como objeto transparente cuyo uso era el de barrer a los traidores a su señor, el zar Iván).

Adelantado de los malos tratos a la mujer, acabó a puñetazos con una de sus esposas a los pocos días de la boda. La primera de sus mujeres se llamaba Anastasia Romanova, con quien se había casado en febrero de 1547 y de la que tuvo seis hijos. La forma utilizada para elegir compañera daba ya una pista de la soberbia de Iván. En un acto de soberbia pocas veces superada, obligó a que los nobles se presentaran en Moscú con todas sus hijas casaderas, que llegaron a sumar más de 700.

De entre todas las obligadas aspirantes, eligió a Anastasia con la que, increíblemente, se mantuvo unido durante trece años. Ella intentaría, sin mucho éxito, atemperar las orgías de sangre en que se refocilaba su esposo y, al cumplirse esta fatídica cifra del calendario conyugal, la Zarina murió envenenada.

Sin duda porque había amado de veras a la extinta, el Zar acusó un inmenso dolor por el fallecimiento de la zarina Anastasia, pesadumbre que obligó a compartir a todo su pueblo, pues a partir de ese instante, sería realidad el auténtico —todavía más— Iván Grozny, el Temido. Después pasarían por el lecho y la vida del Zar otras cinco esposas que, indefectiblemente, acabaron sus días a causa de muerte violenta o, en el mejor de los casos, enclaustradas en conventos de por vida. Años más tarde, en 1580, se decidió de nuevo a casar y contrajo nuevas nupcias con la hija de un boyardo llamada María Nagaia, de quien nacería su hijo Dimitri.

Tras la muerte de su mentor, el metropolitano Makary, creó a su servicio una poderosa casta, la de los oprichnina, una milicia policial con todos los poderes para perseguir y eliminar a los crecientes enemigos de su poder absoluto. Estos pretorianos cumplieron la orden de Iván de dividir a Rusia en dos mitades, una para los siempre revoltosos boyardos (un cebo para entretenerlos y que se olvidaran de él), y la otra una exclusiva y extensísima posesión personal del Zar. Incluso actuando así (realmente, el regalo era extraordinario), sus muchos enemigos no cejaban en complicarle las cosas, obligándole a guerrear y perseguir a los descontentos. Serán siete años de crueldades sobre crueldades. Así, en el año 1543 hizo torturar a un gran amigo suyo, Verontzev. El mismo año mató a golpes al príncipe Chuiski.