LUCRECIA BORGIA
LA VIDA INMORAL Y DE ENTREGA A VICIOS Y PLACERES 2º
La historia de esta familia renacentista demarca un panorama oscuro y apasionante, en el cual habría que ubicar la segunda papisa de la historia de la Iglesia Católica. En este sentido, Lucrecia ejerció ese mandato, en más de una ocasión, ante la ausencia de su padre. Al aparecer, llevó con discreción esta responsabilidad a diferencia del Sumo Pontífice que ocupaba su tiempo en exhibirse junto a su nueva amante, Julia Farnesio (hermana de Alejandro, curiosamente futuro Papa también con el nombre de Pablo III), una mujer nada menos que cuarenta años más joven que su enamorado.
La vida de Lucrecia Borgia pronto se estabilizó. Tenia 21 años cuando se casó con el primogénito de Ercole d’Este, dejando atrás los anteriores y sucesivos esposos impuestos por su padre. De esta manera, este nuevo enlace entre Alfonso de Este y Lucrecia Borgia parecía augurar una mayor estabilidad que los anteriores, a pesar de que el nuevo esposo no era excesivamente simpático ni amante de contactar con su pueblo. El casamiento se celebró el 28 de diciembre de 1501, en el cual no faltó el desfile por las calles de la ciudad del cortejo nupcial, como en los anteriores enlaces. Este ceremonial fue un regalo para los sentidos, el encanto y simpatía de la novia, era seguida por medio centenar de damas de alcurnia, más numerosas doncellas alineadas en una doble fila, luciendo los mejores tocados y vestidos.
En esta nueva boda, César (tan próximo a ella y ella de él) organizó una fiesta taurina, que acompañaba el espectáculo. En esta fiesta, además de la muerte de los toros habituales, contó con la sorprendente lidia de dos búfalos. Además, antes de la corrida, César había organizado una carrera pedestre por estamentos muy singular: de jóvenes, niños, viejos, prostitutas y judíos... A los dos últimos grupos, el director de escena obligó a que corrieran desnudos, para mayor humillación de los mismos, y mayor vergüenza, pues aquellas extrañas carreras finalizaban en una meta situada en la misma santa Plaza de San Pedro. Este tipo de prácticas formaba parte de la cotidianeidad de esta particular familia, así, formalizado el compromiso entre Lucrecia y su prometido, los miembros de la familia Borgia intervinieran en una de sus continuas fiestas-orgías, organizadas dentro de los muros del Vaticano. A esta reunión fueron invitadas nuevas hetairas, medio centenar, que acabaron por ser obligadas a bailar desnudas con otros tantos criados. En estas fiestas, conjuntamente con el componente humillante para las prostitutas, había otro de un muy acusado resultado erótico, por la forzada posición de las participantes. Parece, también, que estas fiestas licenciosas celebradas en familia, tenían su parte individual, y que Lucrecia intervenía con mayor gusto en estas últimas, ya que de camino, daba satisfacción a sus sentidos. Por sus brazos se dijo que pasaron numerosos amantes, sin importar su estado civil, y que muchos fueron personajes pertenecientes a las elites. Como, por ejemplo, el Oran Capitán, militar español de nombre Gonzalo Fernández de Córdoba, quien estando de campaña por Italia, fue invitado por Lucrecia a un paseo en barca por el Tíber en una noche de amor alumbrada por la luna.
Por otra parte, Lucrecia y Alfonso gobernaron desde 1505 en Ferrara, convirtiéndola en una de las cortes más brillantes de toda Italia. De este matrimonio nacieron cuatro hijos, tres mujeres y un varón. Desde el primer momento, Lucrecia se vio mimetizada con el lugar, cuando hizo su entrada triunfal en 1502, era seguida por un cortejo de más de 90 mulas que transportaban su vestuario, joyas y muebles más amados. Allí intentó rodearse de una sociedad de poetas como Ariosto entre los literatos, que haría un canto entusiasta de su señora que incluyó en su celebérrimo libro Orlando furioso, y de pintores entre los cuales se destacaba Tiziano. Incluso, la misma duquesa era apasionada por las artes, escribiendo poemas en varios idiomas.
En cierto sentido, Lucrecia Borgia no fue mejor ni peor que cualquier otra princesa o aristócrata de la época. Lo que resultaba evidente era que funcionaba como moneda de cambio en intereses políticos inconfesables por su padre, el Papa, y su hermano César. Incluso, para los que la conocieron o escribieron sobre ella, esta hermosísima mujer destacaba por su generosidad y protección para con las artes, sobresaliendo también de entre un mundo de despilfarros, su gran corazón, que la mostraba caritativa con los más desgraciados.
Además, algunos historiadores la describen como una víctima, a la que le impusieron todos sus maridos. Capturada por las imposiciones familiares sólo tuvo, como mínima venganza, la posibilidad de elegir a sus amantes: Perotto, César (su hermano), Juan (su otro hermano), Rodrigo (su padre), Francisco de Gonzaga y Pietro Bembo. De entre los dos últimos, el primero era pariente de Lucrecia, perteneciente a la nobleza en la que figuraba como marqués de Mantua. En cuanto a Bembo, se trataba de un gran humanista que, sobre todo, amó a Lucrecia a través de apasionadas y, a veces, diarias cartas de amor.
Con Bembo se habían conocido en una villa de las afueras de Ferrara, por medio de otro amante de la Reina, Hércules Strozzi, un poeta cojo que la idealizó llamándola Bárbara. Stozzi murió a manos de un Alfonso de Este, en el papel de marido ultrajado, que le propinó 23 puñaladas para limpiar su honor.
En cuanto al resto de los hombres que estuvieron cerca de Lucrecia, Perotto que en realidad se llamaba Pedro Calderón, era un español que estaba al servicio de Rodrigo Borja, al que afeitaba a diario, era muy cercano a toda la familia Borgia. Pedro fue con quien Lucrecia tuvo sus primeras relaciones sexuales. Ello ocurrió cuando Lucrecia contrajo por primera vez matrimonio, en aquella ocasión, la novia, agitada y nerviosa luego de una noche de bailes y excesos, había llegado a su casa en el momento en el que el criado Perotto le entregaba un recado de su padre. Bajo los efectos, sin duda, del alcohol y la abundancia de manjares ingeridos, la tímida princesa se decidió a pedirle a su criado que se quitara la ropa, ya que nunca había visto a un hombre totalmente desnudo. Poco duró la duda de Perotto, que accedió a la petición de su señora, acabándose así para ella aquel misterio.
Luego de ese día, Lucrecia continuó la relación con Perotto hasta que fueron descubiertos por César. El criado aterrado, se vistió lo más rápido que pudo y huyó. Sin embargo, no pudo escapar de los sicarios de César Borgia, quienes lo mataron de inmediato, arrojando su cadáver al río Tíber. A pesar de la muerte del barbero del Papa, Lucrecia lleva en sus entrañas un hijo suyo, que sería conocido como el infante Romano. Sin embargo, algunas versiones atribuyen la paternidad al mismisimo Alejandro VI. La posible relación incestuosa entre padre e hija (Alejandro VI y Lucrecia), además de la propalada por un despechado Juan Sforza, tuvo, sin duda, su base en la bula secreta Spesfiuturae, en la que el Papa había escrito de su puño y letra que él era el padre del que será conocido como infante romano (como se sabe, atribuido también al desgraciado Perotto).
LA VIDA INMORAL Y DE ENTREGA A VICIOS Y PLACERES 2º
La historia de esta familia renacentista demarca un panorama oscuro y apasionante, en el cual habría que ubicar la segunda papisa de la historia de la Iglesia Católica. En este sentido, Lucrecia ejerció ese mandato, en más de una ocasión, ante la ausencia de su padre. Al aparecer, llevó con discreción esta responsabilidad a diferencia del Sumo Pontífice que ocupaba su tiempo en exhibirse junto a su nueva amante, Julia Farnesio (hermana de Alejandro, curiosamente futuro Papa también con el nombre de Pablo III), una mujer nada menos que cuarenta años más joven que su enamorado.
La vida de Lucrecia Borgia pronto se estabilizó. Tenia 21 años cuando se casó con el primogénito de Ercole d’Este, dejando atrás los anteriores y sucesivos esposos impuestos por su padre. De esta manera, este nuevo enlace entre Alfonso de Este y Lucrecia Borgia parecía augurar una mayor estabilidad que los anteriores, a pesar de que el nuevo esposo no era excesivamente simpático ni amante de contactar con su pueblo. El casamiento se celebró el 28 de diciembre de 1501, en el cual no faltó el desfile por las calles de la ciudad del cortejo nupcial, como en los anteriores enlaces. Este ceremonial fue un regalo para los sentidos, el encanto y simpatía de la novia, era seguida por medio centenar de damas de alcurnia, más numerosas doncellas alineadas en una doble fila, luciendo los mejores tocados y vestidos.
En esta nueva boda, César (tan próximo a ella y ella de él) organizó una fiesta taurina, que acompañaba el espectáculo. En esta fiesta, además de la muerte de los toros habituales, contó con la sorprendente lidia de dos búfalos. Además, antes de la corrida, César había organizado una carrera pedestre por estamentos muy singular: de jóvenes, niños, viejos, prostitutas y judíos... A los dos últimos grupos, el director de escena obligó a que corrieran desnudos, para mayor humillación de los mismos, y mayor vergüenza, pues aquellas extrañas carreras finalizaban en una meta situada en la misma santa Plaza de San Pedro. Este tipo de prácticas formaba parte de la cotidianeidad de esta particular familia, así, formalizado el compromiso entre Lucrecia y su prometido, los miembros de la familia Borgia intervinieran en una de sus continuas fiestas-orgías, organizadas dentro de los muros del Vaticano. A esta reunión fueron invitadas nuevas hetairas, medio centenar, que acabaron por ser obligadas a bailar desnudas con otros tantos criados. En estas fiestas, conjuntamente con el componente humillante para las prostitutas, había otro de un muy acusado resultado erótico, por la forzada posición de las participantes. Parece, también, que estas fiestas licenciosas celebradas en familia, tenían su parte individual, y que Lucrecia intervenía con mayor gusto en estas últimas, ya que de camino, daba satisfacción a sus sentidos. Por sus brazos se dijo que pasaron numerosos amantes, sin importar su estado civil, y que muchos fueron personajes pertenecientes a las elites. Como, por ejemplo, el Oran Capitán, militar español de nombre Gonzalo Fernández de Córdoba, quien estando de campaña por Italia, fue invitado por Lucrecia a un paseo en barca por el Tíber en una noche de amor alumbrada por la luna.
Por otra parte, Lucrecia y Alfonso gobernaron desde 1505 en Ferrara, convirtiéndola en una de las cortes más brillantes de toda Italia. De este matrimonio nacieron cuatro hijos, tres mujeres y un varón. Desde el primer momento, Lucrecia se vio mimetizada con el lugar, cuando hizo su entrada triunfal en 1502, era seguida por un cortejo de más de 90 mulas que transportaban su vestuario, joyas y muebles más amados. Allí intentó rodearse de una sociedad de poetas como Ariosto entre los literatos, que haría un canto entusiasta de su señora que incluyó en su celebérrimo libro Orlando furioso, y de pintores entre los cuales se destacaba Tiziano. Incluso, la misma duquesa era apasionada por las artes, escribiendo poemas en varios idiomas.
En cierto sentido, Lucrecia Borgia no fue mejor ni peor que cualquier otra princesa o aristócrata de la época. Lo que resultaba evidente era que funcionaba como moneda de cambio en intereses políticos inconfesables por su padre, el Papa, y su hermano César. Incluso, para los que la conocieron o escribieron sobre ella, esta hermosísima mujer destacaba por su generosidad y protección para con las artes, sobresaliendo también de entre un mundo de despilfarros, su gran corazón, que la mostraba caritativa con los más desgraciados.
Además, algunos historiadores la describen como una víctima, a la que le impusieron todos sus maridos. Capturada por las imposiciones familiares sólo tuvo, como mínima venganza, la posibilidad de elegir a sus amantes: Perotto, César (su hermano), Juan (su otro hermano), Rodrigo (su padre), Francisco de Gonzaga y Pietro Bembo. De entre los dos últimos, el primero era pariente de Lucrecia, perteneciente a la nobleza en la que figuraba como marqués de Mantua. En cuanto a Bembo, se trataba de un gran humanista que, sobre todo, amó a Lucrecia a través de apasionadas y, a veces, diarias cartas de amor.
Con Bembo se habían conocido en una villa de las afueras de Ferrara, por medio de otro amante de la Reina, Hércules Strozzi, un poeta cojo que la idealizó llamándola Bárbara. Stozzi murió a manos de un Alfonso de Este, en el papel de marido ultrajado, que le propinó 23 puñaladas para limpiar su honor.
En cuanto al resto de los hombres que estuvieron cerca de Lucrecia, Perotto que en realidad se llamaba Pedro Calderón, era un español que estaba al servicio de Rodrigo Borja, al que afeitaba a diario, era muy cercano a toda la familia Borgia. Pedro fue con quien Lucrecia tuvo sus primeras relaciones sexuales. Ello ocurrió cuando Lucrecia contrajo por primera vez matrimonio, en aquella ocasión, la novia, agitada y nerviosa luego de una noche de bailes y excesos, había llegado a su casa en el momento en el que el criado Perotto le entregaba un recado de su padre. Bajo los efectos, sin duda, del alcohol y la abundancia de manjares ingeridos, la tímida princesa se decidió a pedirle a su criado que se quitara la ropa, ya que nunca había visto a un hombre totalmente desnudo. Poco duró la duda de Perotto, que accedió a la petición de su señora, acabándose así para ella aquel misterio.
Luego de ese día, Lucrecia continuó la relación con Perotto hasta que fueron descubiertos por César. El criado aterrado, se vistió lo más rápido que pudo y huyó. Sin embargo, no pudo escapar de los sicarios de César Borgia, quienes lo mataron de inmediato, arrojando su cadáver al río Tíber. A pesar de la muerte del barbero del Papa, Lucrecia lleva en sus entrañas un hijo suyo, que sería conocido como el infante Romano. Sin embargo, algunas versiones atribuyen la paternidad al mismisimo Alejandro VI. La posible relación incestuosa entre padre e hija (Alejandro VI y Lucrecia), además de la propalada por un despechado Juan Sforza, tuvo, sin duda, su base en la bula secreta Spesfiuturae, en la que el Papa había escrito de su puño y letra que él era el padre del que será conocido como infante romano (como se sabe, atribuido también al desgraciado Perotto).