LA AUTOESTIMA SE LESIONA EN LA ADOLESCENCIA: 1º
La Mayor parte de los psicologos coiniciden en afirmar que la autoestima es en parte un producto de la experiencia vividas en la adolescencia y que en la edad adulta zozobra. Algunos de los factores que pueden influir en forma perniciosa en la imagen que amamos de nosotros mismos son los siguientes:
El afecto condicionado: “Te quiero ¡Te aceptamos en el grupo si...”
La sobreprotección paterna, sobre todo cuando está dirigida a cubrir una debilidad o incapacidad del hijo que la recibe.
Ser receptor habitual de amenazas y abusos.
Ser el blanco de la crítica excesiva, la humillación y el ridículo.
Crecer en una familia con baja autoestima.
Crecer en una familia muy exigente.
Esperar de uno mismo logros inalcanzables.
Ser alentado para estar siempre pendiente de lo que puedan pensar los demás de uno mismo.
Ser comparado con los hermanos, amigos o personas de la misma edad que se destacan por algo: “Deberías aprender de Fulanito, que...”
La exclusión de un grupo por no adecuarse a él por cualquier motivo.
La imposición paterna de actividades, como la participación en deportes competitivos o el aprendizaje de un instrumento musical, no compatibles con el talento o los deseos del niño.
Hay que tener mucho amor propio
La autoestima sólo se entiende si se consideran dos elementos psíquicos: por una parte, el auto concepto o conciencia que cada persona tiene acerca de sí misma, es decir, cuáles son los rasgos de su identidad, cualidades y características más significativas, para bien o ara mal, de su manera de ser; por otra, el amor propio, un sentimiento tan fundamental como legítimo de aprecio hacia nuestra propia persona que sirve de acicate para relacionarnos socialmente y fijarnos metas en la vida. La imagen que construimos acerca de quiénes somos o cuál va a ser nuestra identidad, la elaboramos mediante la conducta que desarrollamos.
Por otra parte, cuando la interpretación que efectuamos de nuestra persona o que percibimos que los demás hacen de nosotros aparece distorsionada, la autoestima corre el riesgo de desmoronarse. “La mayoría de las personas, en algún momento de su vida, sufrirá una cierta disminución de la autoestima. El espectro abarca desde aquellos cuya creencia en sí mismos sólo flaquea ante graves presiones o profundas crisis existenciales hasta quienes dudan de si en todo momento y en toda circunstancia. Son escasos los individuos cuya autoestima es tan sólida que pueden resistir todos los embates imaginables”, asegura el escritor John Caunt en su libro Eleve su autoestima.
Una persona de éxito escondida detrás de una mascara
De hecho, más de uno se sorprendería al comprobar que gente considerada exitosa y segura de sí misma se siente en realidad un fraude, un fracaso o no suficientemente valiosa. No le sobra razón a Caunt cuando advierte que muy pocos son inmunes a este daño, pero aquellos que tienen una imagen negativa de sí profundamente arraigada poseen antenas más sensibles y son menos aptos para defenderse de los golpes de la vida.” Además, los individuos con la autoestima herida son un blanco fácil para quienes intentan contrarrestar sus propios sentimientos de inferioridad controlando a los demás.
“Una baja autoestima o una percepción errónea de sí mismo conduce inexorablemente a miedos, inseguridades, temores, frustración e incluso, según el grado, aislamiento”, comenta García Huete. La situación contraria es igualmente válida. “La persona con la autoestima sobrevalorada —agrega este psicólogo— es incapaz de hacer una atribución interna del fracaso: la falla siempre está en los demás o tal vez en mala suerte”.
La ventaja de que sea equilibrada
Como no podía ser de otra manera, el equilibrio está en el medio. La autoestima armoniza permite conocernos y aceptarnos tal como somos, consolidar y nutrir nuestra imagen interna mantener la motivación ante las adversidades y afrontar nuevos desafíos y aspiraciones.
Nadie niega el hecho de que autoestima desempeña un papel nada despreciable en la salud psíquica. De ahí, el interés de los psicólogos por preservarla y potenciarla, sobre todo en una sociedad como la nuestra marcada por estrés, la competitividad, la presión laboral, la crisis de valor éticos y unos estereotipos social inalcanzables para la mayor p te de la gente. Ahora bien, si u idea sólida de nosotros mismos fuente de tantos beneficios, cabe preguntarse lo siguiente: ¿la baja autoestima conlleva a trastorno psicológicos individuales y, por ende, sociales?
La Mayor parte de los psicologos coiniciden en afirmar que la autoestima es en parte un producto de la experiencia vividas en la adolescencia y que en la edad adulta zozobra. Algunos de los factores que pueden influir en forma perniciosa en la imagen que amamos de nosotros mismos son los siguientes:
El afecto condicionado: “Te quiero ¡Te aceptamos en el grupo si...”
La sobreprotección paterna, sobre todo cuando está dirigida a cubrir una debilidad o incapacidad del hijo que la recibe.
Ser receptor habitual de amenazas y abusos.
Ser el blanco de la crítica excesiva, la humillación y el ridículo.
Crecer en una familia con baja autoestima.
Crecer en una familia muy exigente.
Esperar de uno mismo logros inalcanzables.
Ser alentado para estar siempre pendiente de lo que puedan pensar los demás de uno mismo.
Ser comparado con los hermanos, amigos o personas de la misma edad que se destacan por algo: “Deberías aprender de Fulanito, que...”
La exclusión de un grupo por no adecuarse a él por cualquier motivo.
La imposición paterna de actividades, como la participación en deportes competitivos o el aprendizaje de un instrumento musical, no compatibles con el talento o los deseos del niño.
Hay que tener mucho amor propio
La autoestima sólo se entiende si se consideran dos elementos psíquicos: por una parte, el auto concepto o conciencia que cada persona tiene acerca de sí misma, es decir, cuáles son los rasgos de su identidad, cualidades y características más significativas, para bien o ara mal, de su manera de ser; por otra, el amor propio, un sentimiento tan fundamental como legítimo de aprecio hacia nuestra propia persona que sirve de acicate para relacionarnos socialmente y fijarnos metas en la vida. La imagen que construimos acerca de quiénes somos o cuál va a ser nuestra identidad, la elaboramos mediante la conducta que desarrollamos.
Por otra parte, cuando la interpretación que efectuamos de nuestra persona o que percibimos que los demás hacen de nosotros aparece distorsionada, la autoestima corre el riesgo de desmoronarse. “La mayoría de las personas, en algún momento de su vida, sufrirá una cierta disminución de la autoestima. El espectro abarca desde aquellos cuya creencia en sí mismos sólo flaquea ante graves presiones o profundas crisis existenciales hasta quienes dudan de si en todo momento y en toda circunstancia. Son escasos los individuos cuya autoestima es tan sólida que pueden resistir todos los embates imaginables”, asegura el escritor John Caunt en su libro Eleve su autoestima.
Una persona de éxito escondida detrás de una mascara
De hecho, más de uno se sorprendería al comprobar que gente considerada exitosa y segura de sí misma se siente en realidad un fraude, un fracaso o no suficientemente valiosa. No le sobra razón a Caunt cuando advierte que muy pocos son inmunes a este daño, pero aquellos que tienen una imagen negativa de sí profundamente arraigada poseen antenas más sensibles y son menos aptos para defenderse de los golpes de la vida.” Además, los individuos con la autoestima herida son un blanco fácil para quienes intentan contrarrestar sus propios sentimientos de inferioridad controlando a los demás.
“Una baja autoestima o una percepción errónea de sí mismo conduce inexorablemente a miedos, inseguridades, temores, frustración e incluso, según el grado, aislamiento”, comenta García Huete. La situación contraria es igualmente válida. “La persona con la autoestima sobrevalorada —agrega este psicólogo— es incapaz de hacer una atribución interna del fracaso: la falla siempre está en los demás o tal vez en mala suerte”.
La ventaja de que sea equilibrada
Como no podía ser de otra manera, el equilibrio está en el medio. La autoestima armoniza permite conocernos y aceptarnos tal como somos, consolidar y nutrir nuestra imagen interna mantener la motivación ante las adversidades y afrontar nuevos desafíos y aspiraciones.
Nadie niega el hecho de que autoestima desempeña un papel nada despreciable en la salud psíquica. De ahí, el interés de los psicólogos por preservarla y potenciarla, sobre todo en una sociedad como la nuestra marcada por estrés, la competitividad, la presión laboral, la crisis de valor éticos y unos estereotipos social inalcanzables para la mayor p te de la gente. Ahora bien, si u idea sólida de nosotros mismos fuente de tantos beneficios, cabe preguntarse lo siguiente: ¿la baja autoestima conlleva a trastorno psicológicos individuales y, por ende, sociales?