LA CASA BLANCA 2º
la Casa Blanca —término que hacia 1809 empezó a utilizarse junto al
oficial de Exetutive Mansion— fue incendiada en 1814, durante la
guerra anglo-americana, por un cuerpo de desembarco inglés. La
incursión no tuvo efectos prácticos desde el punto de vista militar
siendo luego contrarrestada, desde el punto de vista psicológico, por
el golpe que meses después infligió Andrew Jackson a dicho cuerpo
expedicionario bajo los muros de Nueva Orleans (con la diferencia de
que este segundo episodio tuvo lugar cuando ya se había firmado la
paz, aunque los combatientes no lo sabían).
Pero lo cierto es que, tras el ataque, de la Casa Blanca sólo quedaban
en pie las paredes exteriores (deterioradas también), habiéndose
salvado únicamente de su interior el retrato de Washington, que fue
trasladado a lugar seguro por la propia esposa del presidente en el
momento de la invasión. Fue necesario encargar a Hoban, que volvió a
la brecha después del paréntesis de Latrobe, una restauración completa
—que más bien era una reedificación—, que se realizó tan rápida y
sumariamente que cada año, al hacerse la limpieza de verano, se ponían
al descubierto las huellas del pasado incendio.
Cuando Andrew Jackson, el vencedor de los ingleses en Nueva Orleans,
fue elegido presidente y se instaló, en 1829, en la residencia, miles
de personas tomaron por asalto el edificio para “festejar” el
acontecimiento, devastando casi por completo el salón oriental (cuya
reparación costó 10.000 dólares), derribando el buffet, rompiendo
vajillas y destrozando muebles: era, según un juez de la Corre Suprema
que presenció los hechos, “el triunfo de Su Majestad la Plebe”. El
bullicio de esta presidencia tan escandalosamente iniciada terminó con
la desaparición de un enorme queso, de 635 kilos de peso, regalo de un
industrial de Nueva York al presidente y que los “invitados” devoraron
en el mismo salón, cortándolo con sus propios cortaplumas.
Todos esos hechos, no obstante, despertaron menos reprobación que la
conducta de Martín van Buren, sucesor de Jackson, contra el que un
enfurecido diputado de Pennsylvania desató una virulenta campaña —que
llenó treinta y dos páginas de un periódico— de “infamantes
acusaciones”, que iban desde el uso, por parte del presidente, de
cubiertos de oro —que en realidad eran de plata dorada— a la
“abominable” predilección por los vinos franceses en lugar de la
honesta sidra, y de la costumbre decadente de usar aguamaniles,
perfumarse y dormir hasta ciertas horas, hasta la “increíble”
disipación de 75 dólares para abrillantar un centro de mesa de plata
dorada que había sido adquirido por el presidente Monroe para los
banquetes oficiales. Y todo ello para apoyar la elección de un
candidato (William H. Harrison) que moriría —por pura obstinación—
apenas un mes después de su nombramiento.
Pero todas esas anécdotas deben incluirse en la pequeña y menuda
historia de la gran mansión. En la pequeña comedia de la misma. Mas no
siempre fue así; también hubo su tragedia. En efecto, la doble
presidencia de Abraham Lincoln vio la tragedia de la guerra civil
junto a la personal
—pero desesperante— del presidente, que en la Casa Blanca perdió a su
hijo y vio enfermar gravemente a su mujer.
Todo ello mientras Lincoln debía llevar el peso dio una guerra atroz,
de consecuencias imprevisibles, con las dificultades que crecían en
los frentes y el deseo de venganza aumentando en el interior; un
amasijo de tragedias que culminaría en la tragedia final: el asesinato
del propio presidente, en un palco de un teatro, cuando la guerra
civil apenas había acabado. Era el primer presidente norteamericano
asesinado, pero no sería el último; su suerte la seguirían Garfield,
McKinley, Harding y John Fitzgerald Kennedy.
La Casa Blanca no siempre ha albergado estadistas de primera fila,
como el citado Lincoln. A Jefferson, Monroe y Jackson les siguieron
otros que son poco más que un simple nombre en las páginas de la
historia: James Pole, bajo cuya dirección se conquistó, con una
patente agresión, el Sudoeste; Millard Fillmore (cuya esposa empezó la
biblioteca de la Casa Blanca, hoy inmensa, pero entonces reducida
únicamente a una Biblia), y Pierce, Tylér y Taylor (fulminado por una
indigestión de fruta amarga y bebidas heladas). Hubo otros, como
Grant, de gran categoría en la guerra como general, pero débil como
conductor del país y que cerró su mandato con una explosión de
escándalos; o como Cherter Alan Arthur, que heredó la residencia como
vicepresidente de Garfield y que no quiso entrar en ella hasta que
aquella “barraca mal sostenida” fuese restaurada; para ello se dirigió
a Louis Comfort Tiffany, que entre otras cosas cerró el atrio con una
de sus fantásticas vidrieras, un “motivo de águilas y banderas,
trenzadas a la manera árabe”. Han sido cuarenta y cuatro hasta ahora,
desde John Adams —que cruzó por primera vez su umbral— a Barack Obama,
los presidentes que han ocupado las históricas habitaciones. Cada uno
con sus ansias, sus esperanzas, sus manías y su capacidad. Y cada uno
con sus propias ideas sobre lo que la residencia debería ser.
Después de la reconstrucción de 1816-17 y la realización de los
pórticos y alas que Latrobe había proyectado, se fueron sucediendo las
siguientes innovaciones: la casi total renovación del decorado,
efectuada por Mary Todd Lincoln (que ahogaba sus neurosis en continuos
gastos), la completísima reorganización de la época de Grant (cuando
la Casa Blanca imitó el estilo de los barcos del Mississipi, de moda
entonces) y la restauración del presidente Arthur.
Después, Theodore Roosevelt llegó al edificio como un tornado.
Mientras el presidente aprendía jujitsu y sus hijos montaban ponnies
en los ascensores, los albañiles construían la nueva ala (el ala
oeste) para los despachos presidenciales, que hasta entonces habían
estado dentro de las. habitaciones destinadas a la familia, y se
instalaban tuberías y electricidad, se rehacían los pavimentos,
peligrosamente sobrecargados y endebles, y el segundo piso se
arreglaba para uso estricto de la familia y para huéspedes de Estado
Así, el edificio —bautizado ya oficialmente como Casa Blanca— estaba
ya dispuesto para entrar en el siglo XX, o casi dispuesto, porque en
tiempos de Truman fue necesario volver a rehacerlo casi globalmente:
un siglo y medio de continuas modificaciones y de incesantes servicios
dejaron la mansión en pie por pura fuerza de la costumbre. Manteniendo
tan sólo las paredes exteriores, fue reconstruido por completo,
siguiendo las pautas previstas en los proyectos de Hoban y de Latrobe.
Mientras tanto, los presidentes se iban sucediendo. Eisenhower jugó al
golf en los prados del parque, esos prados en los que cada año, en
Pascua, según una tradición iniciada en 1877 por Lucy Hayes, los niños
buscan alegremente decenas de huevos que se dejan en el césped. Más
tarde, Jacqueline Kennedy reestructuró de arriba abajo la decoración
interior, haciendo de la Casa Blanca una residencia administrada según
reglas establecidas y digna de competir, en cuanto a. poder evocador y
dignidad ambiental, con los grandes palacios históricos europeos.
Pero más que las restauraciones de su madre, lo que la gente recuerda
con más afectuoso sentimentalismo es a Carolina niña, que se hace
fotografiar por los peno. distas con los zapatos de su madre, o a su
hermano John-John que sale del despacho de su padre, en el que se
había escondido. Porque aunque el poder del inquilino de la Casa
Blanca es hoy mucho mayor que el de cualquiera de los jefes de Estado
del mundo occidental, y su super ministerio, que en tiempos de George
Washington se componía de un solo secretario, invade hoy todo un
barrio de la capital, la Casa Blanca no ha dejado de ser, en casi dos
siglos de vida, una casa por encima de todo, la vivienda de una
familia elegida por el pueblo y en la cual ese pueblo se reconoce. Y
tampoco ha dejado de recordar, con su aspecto de elegante digna
residencia burguesa, que lo que la nación americana ha dado a su
presidente es una casa, con el “salón bueno” para recibir a los
huéspedes, y no un palacio.
Quien vive allí, aunque tenga poder sobre medio mundo, no es más que
el delegado de millones de individuos que lo han colocado en aquel
lugar. En definitiva, la más completa definición del valor del
edificio es la que diera Eisenhower: “Estoy seguro —escribió— que la
Casa Blanca no es sólo la residencia del jefe ejecutivo: es la
historia viviente de la colonización, de las luchas, de las guerras,
del pasado, y, al mismo tiempo, es la encarnación de la América que
crece."
la Casa Blanca —término que hacia 1809 empezó a utilizarse junto al
oficial de Exetutive Mansion— fue incendiada en 1814, durante la
guerra anglo-americana, por un cuerpo de desembarco inglés. La
incursión no tuvo efectos prácticos desde el punto de vista militar
siendo luego contrarrestada, desde el punto de vista psicológico, por
el golpe que meses después infligió Andrew Jackson a dicho cuerpo
expedicionario bajo los muros de Nueva Orleans (con la diferencia de
que este segundo episodio tuvo lugar cuando ya se había firmado la
paz, aunque los combatientes no lo sabían).
Pero lo cierto es que, tras el ataque, de la Casa Blanca sólo quedaban
en pie las paredes exteriores (deterioradas también), habiéndose
salvado únicamente de su interior el retrato de Washington, que fue
trasladado a lugar seguro por la propia esposa del presidente en el
momento de la invasión. Fue necesario encargar a Hoban, que volvió a
la brecha después del paréntesis de Latrobe, una restauración completa
—que más bien era una reedificación—, que se realizó tan rápida y
sumariamente que cada año, al hacerse la limpieza de verano, se ponían
al descubierto las huellas del pasado incendio.
Cuando Andrew Jackson, el vencedor de los ingleses en Nueva Orleans,
fue elegido presidente y se instaló, en 1829, en la residencia, miles
de personas tomaron por asalto el edificio para “festejar” el
acontecimiento, devastando casi por completo el salón oriental (cuya
reparación costó 10.000 dólares), derribando el buffet, rompiendo
vajillas y destrozando muebles: era, según un juez de la Corre Suprema
que presenció los hechos, “el triunfo de Su Majestad la Plebe”. El
bullicio de esta presidencia tan escandalosamente iniciada terminó con
la desaparición de un enorme queso, de 635 kilos de peso, regalo de un
industrial de Nueva York al presidente y que los “invitados” devoraron
en el mismo salón, cortándolo con sus propios cortaplumas.
Todos esos hechos, no obstante, despertaron menos reprobación que la
conducta de Martín van Buren, sucesor de Jackson, contra el que un
enfurecido diputado de Pennsylvania desató una virulenta campaña —que
llenó treinta y dos páginas de un periódico— de “infamantes
acusaciones”, que iban desde el uso, por parte del presidente, de
cubiertos de oro —que en realidad eran de plata dorada— a la
“abominable” predilección por los vinos franceses en lugar de la
honesta sidra, y de la costumbre decadente de usar aguamaniles,
perfumarse y dormir hasta ciertas horas, hasta la “increíble”
disipación de 75 dólares para abrillantar un centro de mesa de plata
dorada que había sido adquirido por el presidente Monroe para los
banquetes oficiales. Y todo ello para apoyar la elección de un
candidato (William H. Harrison) que moriría —por pura obstinación—
apenas un mes después de su nombramiento.
Pero todas esas anécdotas deben incluirse en la pequeña y menuda
historia de la gran mansión. En la pequeña comedia de la misma. Mas no
siempre fue así; también hubo su tragedia. En efecto, la doble
presidencia de Abraham Lincoln vio la tragedia de la guerra civil
junto a la personal
—pero desesperante— del presidente, que en la Casa Blanca perdió a su
hijo y vio enfermar gravemente a su mujer.
Todo ello mientras Lincoln debía llevar el peso dio una guerra atroz,
de consecuencias imprevisibles, con las dificultades que crecían en
los frentes y el deseo de venganza aumentando en el interior; un
amasijo de tragedias que culminaría en la tragedia final: el asesinato
del propio presidente, en un palco de un teatro, cuando la guerra
civil apenas había acabado. Era el primer presidente norteamericano
asesinado, pero no sería el último; su suerte la seguirían Garfield,
McKinley, Harding y John Fitzgerald Kennedy.
La Casa Blanca no siempre ha albergado estadistas de primera fila,
como el citado Lincoln. A Jefferson, Monroe y Jackson les siguieron
otros que son poco más que un simple nombre en las páginas de la
historia: James Pole, bajo cuya dirección se conquistó, con una
patente agresión, el Sudoeste; Millard Fillmore (cuya esposa empezó la
biblioteca de la Casa Blanca, hoy inmensa, pero entonces reducida
únicamente a una Biblia), y Pierce, Tylér y Taylor (fulminado por una
indigestión de fruta amarga y bebidas heladas). Hubo otros, como
Grant, de gran categoría en la guerra como general, pero débil como
conductor del país y que cerró su mandato con una explosión de
escándalos; o como Cherter Alan Arthur, que heredó la residencia como
vicepresidente de Garfield y que no quiso entrar en ella hasta que
aquella “barraca mal sostenida” fuese restaurada; para ello se dirigió
a Louis Comfort Tiffany, que entre otras cosas cerró el atrio con una
de sus fantásticas vidrieras, un “motivo de águilas y banderas,
trenzadas a la manera árabe”. Han sido cuarenta y cuatro hasta ahora,
desde John Adams —que cruzó por primera vez su umbral— a Barack Obama,
los presidentes que han ocupado las históricas habitaciones. Cada uno
con sus ansias, sus esperanzas, sus manías y su capacidad. Y cada uno
con sus propias ideas sobre lo que la residencia debería ser.
Después de la reconstrucción de 1816-17 y la realización de los
pórticos y alas que Latrobe había proyectado, se fueron sucediendo las
siguientes innovaciones: la casi total renovación del decorado,
efectuada por Mary Todd Lincoln (que ahogaba sus neurosis en continuos
gastos), la completísima reorganización de la época de Grant (cuando
la Casa Blanca imitó el estilo de los barcos del Mississipi, de moda
entonces) y la restauración del presidente Arthur.
Después, Theodore Roosevelt llegó al edificio como un tornado.
Mientras el presidente aprendía jujitsu y sus hijos montaban ponnies
en los ascensores, los albañiles construían la nueva ala (el ala
oeste) para los despachos presidenciales, que hasta entonces habían
estado dentro de las. habitaciones destinadas a la familia, y se
instalaban tuberías y electricidad, se rehacían los pavimentos,
peligrosamente sobrecargados y endebles, y el segundo piso se
arreglaba para uso estricto de la familia y para huéspedes de Estado
Así, el edificio —bautizado ya oficialmente como Casa Blanca— estaba
ya dispuesto para entrar en el siglo XX, o casi dispuesto, porque en
tiempos de Truman fue necesario volver a rehacerlo casi globalmente:
un siglo y medio de continuas modificaciones y de incesantes servicios
dejaron la mansión en pie por pura fuerza de la costumbre. Manteniendo
tan sólo las paredes exteriores, fue reconstruido por completo,
siguiendo las pautas previstas en los proyectos de Hoban y de Latrobe.
Mientras tanto, los presidentes se iban sucediendo. Eisenhower jugó al
golf en los prados del parque, esos prados en los que cada año, en
Pascua, según una tradición iniciada en 1877 por Lucy Hayes, los niños
buscan alegremente decenas de huevos que se dejan en el césped. Más
tarde, Jacqueline Kennedy reestructuró de arriba abajo la decoración
interior, haciendo de la Casa Blanca una residencia administrada según
reglas establecidas y digna de competir, en cuanto a. poder evocador y
dignidad ambiental, con los grandes palacios históricos europeos.
Pero más que las restauraciones de su madre, lo que la gente recuerda
con más afectuoso sentimentalismo es a Carolina niña, que se hace
fotografiar por los peno. distas con los zapatos de su madre, o a su
hermano John-John que sale del despacho de su padre, en el que se
había escondido. Porque aunque el poder del inquilino de la Casa
Blanca es hoy mucho mayor que el de cualquiera de los jefes de Estado
del mundo occidental, y su super ministerio, que en tiempos de George
Washington se componía de un solo secretario, invade hoy todo un
barrio de la capital, la Casa Blanca no ha dejado de ser, en casi dos
siglos de vida, una casa por encima de todo, la vivienda de una
familia elegida por el pueblo y en la cual ese pueblo se reconoce. Y
tampoco ha dejado de recordar, con su aspecto de elegante digna
residencia burguesa, que lo que la nación americana ha dado a su
presidente es una casa, con el “salón bueno” para recibir a los
huéspedes, y no un palacio.
Quien vive allí, aunque tenga poder sobre medio mundo, no es más que
el delegado de millones de individuos que lo han colocado en aquel
lugar. En definitiva, la más completa definición del valor del
edificio es la que diera Eisenhower: “Estoy seguro —escribió— que la
Casa Blanca no es sólo la residencia del jefe ejecutivo: es la
historia viviente de la colonización, de las luchas, de las guerras,
del pasado, y, al mismo tiempo, es la encarnación de la América que
crece."