Nuestra vida giraba en torno a la pandilla. Era impensable juntarnos las chicas y los chicos en la
plaza. Para evitarlo, los domingos por la tarde organizabamos
excursiones a la cabeza del moro y a la
sierra, donde "tia Rosa" nos obsequiaba con un fresco vaso de suero. O cuando el calor apretaba, buscabamos los charcos alejados y solitarios como las tablas del balán. Tambien eran frecuentes los
paseos más alla del "rehoyo" y alojarnos en algunas de las porteras y nuca más alla del Peral de las mozas.
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