Cuando las carabelas voladoras
al fin trazaron sobre el
mar sus huellas,
fueron rasgando por delante de ellas
la inmensidad con sus tremantes proas.
Entonces, Dios, en las
nocturnas horas,
tras el misterio de las tardes bellas,
una
cruz dibujó con cuatro estrellas
en el lienzo en que pinta sus auroras.
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