Este trayecto ha sido mil veces recorrido y otras tantas admirado. A la izquierda, los canchos extienden todo su esplendor. Se muestran majestuosos, mostrandonos sus cicatrices muy marcadas. Nos dice que ellos se quedan y que nosotros vamos de paso. A la derecha divisimos el comienzo del valle y seguimos con la vista el curso del rio, no por su caudal sino por esa hilera de chopos y alamos que le acompañan a lo largo del cauce. Al fondo se levanta "el cogorro", mole imponente, donde castaños, olivos, escobas y otras especies luchan por un lugar que antaño fue domado por el hombre pero ahora es salvaje y como tal arbitrario. Vemos pequeñas calvas en su cima, como si fuese un adulto que no puede esconder el paso del tiempo. Aun se intuyen serpenteantes caminos, donde, las bestias o nuestros pies nos llevaban a los huertos ó a las viviendas que aun se conservan como "la casa de la medica" o "la casa del cura" una a cada lado de la colina. La primera, ahora convertida en establo, en mi infancia la veiamos con un gran porte, heredera de tiempos mejores. Altiva, vigilante, dando la espalda a nuestro valle, pero atenta a sus dominios. Rodeada de almendros e higueras, lucia orgullosa un singular estandarte: La virgen de los sietes puñales.