En la Haba había mucha afición al cante -cuando se dice cante, hay que entender flamenco- y hoy me apetece hablar de ello. Y empiezo confesando una de mis grandes frustraciones: no poder cantarlo. No es una frustración enfermiza en el sentido de producirme ira, decepción, o algo así, al dar por fallidas mis expectativas de cantar, no: yo no tuve ni siquiera expectativas; más bien, es una sensación –no desoladora desde luego- de verme privado de la legítima satisfacción que debe dar cantar bien flamenco. ... (ver texto completo)