En poco puedo equivocarme si afirmo que en los años cincuenta, y me atrevo a decir que en los sesenta, en
La Haba nadie sabía nadar. Y no por falta de facultades o deseo de hacerlo, sino por falta de
agua. Por esto, y por un halo de misterioso miedo que nos metían en el cuerpo sobre el peligro de adentrarse en
ríos,
lagunas,
pozos, etc. (Qué paradoja que Hernando Arias, y otros jabeños, surcaran la
mar océana desoyendo las advertencias de sus mayores para conquistar nuevos mundos).
Los niños
... (ver texto completo)