Con emoción y afecto descubro la
fachada del
Colegio en que pasé diez fecundos y decisivos años de mi niñez y adolescencia.
El Colegio, mi Colegio, fue mi segundo hogar. Allí pasé voluntaria y felizmente multitud de horas, allí trabé profundas
amistades que aún perduran, allí recibí los fundamentos intelectuales de mi formación posterior y allí afiancé la religiosidad recibida de mis padres.
Las
puertas del Colegio siempre permanecían abiertas y entre sus muros encontrábamos, mis
amigas y yo,
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