SAN PEDRO DE MERIDA: Sus primeras grandes figuras de la era moderna fueron:...

En el siglo XIV, fue introducida la música de la escuela franco flamenca merced a los cantores que el Papa trajo consigo de Aviñón.

El arte musical profano halló su vía de expresión en los cantos de carnaval, y en la frottola o barzelletta, el strambotto y la villanella.
Los máximos representantes de la lírica profana fueron Marchetto Cara y Tromboncino.

En 1501, Ottaviano Petrucci inició en Venecia y a gran escala, la impresión de música polifónica.
La música vocal recuperó la claridad y la expresi-vidad con Franchino Gaffurio, quien supo realizar una síntesis de la escritura contrapuntística y la agilidad melódica.

Más adelante, Costanzo Festa consolidó el estilo italiano, que culminó con la extraordinaria produ-cción a cappella de Pierluigi da Palestrina: su obra satisface de modo ejemplar las nuevas directrices del Concilio de Trento, para el cual la música debía ante todo limitarse a avivar la fe y hacer inteligible el texto sagrado.

Palestrina tuvo, en la llamada escuela romana, una serie de seguidores e imitadores como:
G. M. Nanini.
G. Animuccia.
M. A. Ingegneri.

Otra escuela de música religiosa fue la veneciana, que fue impulsada por el flamenco Adrian Willaert, superior a sus coetáneos italianos por el dominio de la técnica del contrapunto.

Fue continuada por Andrea Gabrieli, uno de los grandes madrigalistas del Renacimiento, y por su sobrino y discípulo Giovanni Gabrieli, que al utili-zar simultáneamente los dos coros de que disponía la catedral de San Marco de Venecia, creó en sus composiciones un primer principio de estereofonía musical.

En el campo de la música profana, destacan las canzoni y los madrigales polifónicos, que fueron cultivados por los maestros flamencos activos en Italia y por compositores locales como:
Claudio Merulo.
Luca Marenzio.
Carlo Gesualdo.
Claudio Monteverdi.

En cuanto a los organistas, además de Merulo y de los Gabrieli, destacaron Luzzasco Luzzaschi y G. Cavazzoni.

Del recitativo a la ópera
Parece ser que el recitativo apareció por primera vez en Florencia en los salones de Giovanni Bardi, primero, de Jacopo Corsi después.

El objetivo propio del Renacimiento tardío era revivir la tragedia clásica.
La música debía superponerse a los versos de la tragedia sin impedir la comprensión de los mismos.
Esta exigencia llevó a la creación del recitativo cantado.
El primer ejemplo, Dafne, de Ottavio Rinuccini, con música de Jacopo Peri, fue representada en su forma definitiva en la residencia florentina de los Corsi.

En 1600 se representaron dos versiones de la obra Euridice, una de Peri y otra de Giulio Caccini, ambas sobre el mismo texto de Rinuccini. Mas, para que ésta adquiriese verdadera forma artística, el recitativo, debió de esperar el tratamiento que le otorgó Monteverdi: transformó el recitativo árido y académico de las cameratas de los salones musica-les en un portentoso instrumento lírico dramático, que empezaba a encaminarse hacia un acorde con las exigencias dramáticas del texto.

Los primeros ejemplos de lo que, de la mano de Monteverdi puede ya denominarse drama musical, fueron Orfeo y Arianna.
Con la propagación del nuevo género surgieron una serie de focos operísticos:
Venecia - donde trabajaron Pier Francesco Cavalli y Giovanni Legrenzi.
Roma - con Marco Antonio Cesti, Stefano Landi y Luigi Rossi.
Nápoles - con Francesco Provenzale.
Y, más adelante, Alessandro Scarlatti que fue con-siderado como el verdadero creador de la ópera napolitana.

La influencia de la ópera se extendió rápidamente por toda Europa, y el italiano se convirtió en una lengua internacional para todos los compositores.
El triunfo de la ópera significó también el triunfo de la monodia sobre la polifonía.

En la música religiosa este hecho produjo la apari-ción del oratorio y la cantata en Roma, siendo sus más conspicuos representantes Giacomo Carissimi y Alessandro Stradella.
Mientras tanto, Girolamo Frescobaldi se había re-velado como el más importante creador de la escuela organística italiana.

La música instrumental conoció un florecimiento de formas instrumentales nuevas, como la sonata, el concerto grosso y el concierto con solista, desarro-llado por compositores de gran categoría como:
Arcangelo Corelli.
Antonio Vivaldi.
Tommaso Albinoni.
Giuseppe Torelli.

La primera sinfonía del milanés Giovanni Battista Sammartini, está dividida en cuatro movimientos, que nos señala el nacimiento de una nueva forma.
Los últimos compositores con una importante obra instrumental fueron:
Baldassare Galuppi.
Giovanni Battista Martini.
Luigi Boccherini.

Ópera italiana.
La ópera de estilo italiano fue también cultivada por compositores extranjeros, y el caso de Händel quizá sea el más notable de todos, mientras que entre los compositores autóctonos de ópera podemos citar a:
Nicola Porpora.
Niccolò Jommelli.
Francesco Feo.
Francesco Durante.
Los Bononcini.
Tommaso Traetta.

Mientras la opera seria continuaba representando-se en las cortes europeas, con libretos de temática mitológica y, con la alegoría, muchísimas veces, de los propios príncipes, Nápoles se convirtió en la capital de ópera bufa y semiseria, que se extendió por Europa gracias al arte de Giovanni Battista Pergolesi y al de Giovanni Paisiello y Domenico Cimarosa, así como a los compositores que no eran napolitanos como Antonio Salieri, Giuseppe Sarti o Niccolò Piccinni.

Siguiendo el modelo de Gluck, Luigi Cherubini y Gasparo Spontini iniciaron la italianización de la ópera francesa, mientras que en Viena el valenciano Martín Soler rivalizaba con Mozart, quien citaba un fragmento de la ópera, Una cosa rara, en su Don Giovanni.

La aparición de Gioacchino Rossini llevó a la ópera italiana al mayor grado de influencia.
Continuadores suyos fueron Gaetano Donizetti, Vincenzo Bellini, Saverio Mercadante y Giovanni Pacini, como los representantes del bel canto, que dominó por completo a la música italiana.

Con Giuseppe Verdi, autor de veintisiete óperas, se alcanzó la consumación del teatro musical italiano. Trabajando de acuerdo con las reglas del gusto de su tiempo, fue adquiriendo gradualmente un estilo muy personal que, si bien sea encuadrable dentro del romanticismo, contenía vigorosas pinceladas de realismo escénico. Verdi pudo frenar, además, sin preocupaciones, la influencia alemana, que sólo se dejó sentir en la música instrumental. El postrer destello de la ópera italiana llegó con el verismo, que había sido ya anunciado por compositores como Arrigo Boito y Amilcare Ponchielli, siendo sus dignos representantes Puccini, Giordano, Leonca-vallo, Mascagni y Cilea.

Mientras tanto, la recuperación de la música ins-trumental fue encabezada por Giuseppe Martucci, Giovanni Sgambati y Ferruccio Busoni.
Otros compositores que se distinguieron en este campo fueron, Ottorino Respighi, Alfredo Casella, Gian Francesco Malipiero, Ildebrando Pizzetti y Giorgio Federico Ghedini.

En el campo de la música religiosa tradicional, es preciso mencionar a Lorenzo Perosi.
Las últimas generaciones de compositores de ópera nos han mostrado la gran influencia de la escuela de Viena, sin renunciar empero a un estilo propio y en esta órbita están, Goffredo Petrassi, Luigi Dalla-piccolla, Bruno Maderna, Luigi Nono y Luciano Berio.

Música inglesa
La música culta de Inglaterra fue protegida por su insularidad, ya que la influencia del Reino Unido en la música clásica ha sido muy variable según las épocas.
Sus comienzos son paralelos a las otras grandes culturas continentales:
El canon a seis voces Sumer is icumen in, de la primera mitad del siglo XIII, resulta excepcional para su tiempo.

Ricardo I Corazón de León fue un trovador, y otro rey, Enrique VIII, fue compositor de canciones y inició un período de florecimiento caracterizado por las figuras de Thomas Tallis, y de su discípulo William Byrd, ya que ambos organistas estaban en la corte y eran autores de motetes y de madrigales, y Orlando Gibbons, organista en Westmister, y también con John Dowland, laudista.

En el Barroco se produjo un caso excepcional:
Henry Purcell, era un compositor del Rey, cuya prematura muerte, a los 36 años, truncó una obra avanzada en el tiempo, en la cual acontecía la trans-posición de los gustos italianos a la mentalidad inglesa.
Su ópera Dido y Eneas es el mejor ejemplo del drama en música de su país.
Georg Friedrich Händel, aunque alemán, produjo gran cantidad de música escrita para la corte.

Su italianismo suscitó como reacción el éxito de The beggar's opera, de John Gay y John Pepusch, verdadero inicio de un estilo típicamente inglés con influencias del singspiel alemán.

Otro alemán ilustre, Johann Christian Bach, el hijo menor de J. S. Bach, es también conocido como el Bach inglés por haber residido en Londres desde 1762 hasta su muerte y ejercer desde allí una notable influencia sobre Haydn y Mozart.

El siglo XVIII lo ocupa Thomas Arne, que com-puso básicamente para la escena con un lenguaje melódico simple e inspirado muy frecuentemente en temas populares. Inglaterra no volverá a producir compositores de talla universal hasta el siglo XX.

El período nacionalista lo ocupa Edward Elgar, au-tor de las populares Marchas de pompa y circuns-tancia, que el gran público tiene muy identificadas con su país. Ralph Vaughan Williams se dedicó a recopilar el folclore y supo amalgamar la técnica musical con las raíces populares. Benjamin Britten es una personalidad independiente que, con frescura y originalidad, escribe óperas de cámara que lo relacionan con Purcell. Justamente sobre un tema de su ilustre predecesor, Britten compuso la Guía de orquesta para jóvenes, una obra sinfónica pedagó-gica que había resultado ser un preciso tratado de instrumentación.

La influencia de la música norteamericana sobre la inglesa se hizo sentir inicialmente en el campo de la comedia musical, creada en Broadway y seguida en el barrio londinense del West End.
Gran Bretaña ha dado alguno de los mejores mu-sicales de los últimos tiempos, como:
Jesus Christ Superstar.
Evita.
Cats.
Todas ellas de A. Lloyd Webber.

En el mundo pop, y tras una primera generación de imitadores de las figuras del rock and roll, entre los cuales destacan, Cliff Richard, Lonnie Donegan o Tommy Steele. E
En el año1963, el triunfo de The Beatles situó a los británicos en cabeza del desarrollo del rock mundial.
Rolling Stones, Who, Animals, Kinks y muchos otros marcaron las pautas que siguieron el resto de los países.

A finales de los años sesenta, con la recuperación de la música soul y la llegada de los cantautores, se equilibró la balanza, pero, la Gran Bretaña sigue dando figuras básicas, como:
Elton John.
Rod Stewart.
Genesis.
Stevie Winwood.
Peter Gabriel.
U2.
Pink Floyd.
Sting.
Phil Collins.
Los cuales triunfan incluso en el mercado de los EEUU.

Música de EEUU.
Antes de la independencia de EEUU, las distintas sectas religiosas o los movimientos políticos com-pusieron himnos y salmos muy en la línea de las tradiciones inglesa y alemana, y entre las cuales merecen citarse:
The Star-Spangled Banner.
Yankee Doodle.

En los inicios del siglo XIX ya se había establecido el canto afroamericano.
La primera colección de Slave songs of the United States data del año 1867.
La canción Oh Susanna, de Collins, combina la tradición anglo irlandesa con los ritmos afroameri-canos y la línea melódica de la operística italiana.
La primera orquesta americana, la Filarmónica de Nueva York fue fundada en 1842.

Durante toda la segunda mitad del siglo XIX, los compositores norteamericanos siguieron fielmente los patrones del romanticismo europeo.
El primer compositor clásico americano es Charles Ives, autor de obras avanzadas a su tiempo.

Mientras que en la música popular, John Philip Sousa ponía en boga la gran banda de concierto con obras como:
Stars and Stripes forever.
Y Scott Joplin popularizaba el ragtime con piezas como:
Maple Leaf Rag.
The Entertainer.

En Broadway, partiendo de la opereta vienesa, se cimentaba el musical americano, que fue posterior-mente llevado al cine y que, cruzado con el jaz, daría nombres como:
Jerome Kern.
Cole Porter.
Irwing Berlin.
George Gershwin.
El último es el autor de la Rhapsody in blue o de la ópera Porgy and Bess, verdaderas síntesis de la música popular y posteriormente originaría West Side Story, de Leonard Bernstein, y los éxitos de Stephen Sondheim.

Paralelamente a la confirmación de los grandes nombres del jaz, América entraba en la vanguardia con los experimentos tímbricos de Edgar Varese y su Ionización para 40 instrumentos de percusión. Un nacionalismo tardío, surgido con la depresión de los años treinta, aportó nuevas piezas populares, como:
Rodeo.
Billy the Kid.

Mientras que las más importantes celebridades europeas, Stravinski, Schönberg, Bartók, huyen-do del fascismo, se asentaron en América, donde hallaron multitud de seguidores.
La música experimental y electroacústica tuvo en John Cage a su principal representante.

En el campo del folk, los cantautores como Pete Seeger, Bob Dylan o Joan Baez exportaron sus canciones por todo el mundo.
A comienzos del siglo XX, la música Norteaméricana lució una manifestación de profunda originalidad y de una creación genuinamente propia.

Son el blues y el jaz.
El blues surgió entre la población de procedencia africana, llevada al país en los barcos esclavistas.
Es un tipo de canción lenta, de construcción sencilla y con estructura musical de doce compases y litera-ria de tres versos.

Su desarrollo daría lugar, con el contacto con la población negra obrera de las ciudades del norte, al rhythm and blues, del que a su vez nacería el rock and roll, al cruzarse con el country blanco, heredero de los ritmos y las baladas europeas,

llevadas por otros inmigrantes.
En el blues destacaron nombres, como:
Robert Johnson.
Big Bill Broonzy.
Muddy Waters.

La otra gran manifestación musical americana fue el jaz, nacido en tierras de Nueva Orleáns del mestizaje de población de origen blanco, negro y criollo, en tierras que habían vivido la influencia española, francesa y estadounidense. Sus primeras manifestaciones populares llegaron con el comienzo del siglo XX y la aparición del mercado del disco, se sumada, a la diáspora que vivieron los músicos al clausurarse el barrio del vicio de Nueva Orleáns y quedarse sin trabajo, llevó el jaz a Saint Louis, a Chicago, a Kansas y a Nueva York, extendiendo su público e influyendo en toda la música del siglo.

Louis Armstrong fue el principal impulsor de su desarrollo y músicos totales como los directores de orquesta Duke Ellington y Count Basie quienes lo llevaron a las salas de conciertos.

Música francesa.
Francia con su música culta, es una de las naciones capitales en la historia de la música. Los primeros nombres propios de la música occidental surgieron en la catedral de Notre Dame de París, donde se cultivó el canto gregoriano con los organa.

El primer maestro de esa Escuela fue Leoninus, conocido como optimus organista, mientras que su discípulo Perotinus, llamado Magnus, fue el más destacado maestro de la segunda mitad del mismo siglo XII.

Fue allí en Francia, en donde se había producido la primera incorporación del órgano a la Iglesia cuan-do el emperador bizantino Constantino V regaló, en el año 775, uno a Pipino el Breve, que era el Rey de los francos.

Entre los siglos XII y XIII, los trovadores sur-gidos de Provenza, como Bernat de Ventadorn o Rimbaut de Vaqueiras, viajaron por toda Europa y el nombre que ocupa el siglo XIV, el siglo del Ars nova, es el de otro francés, Guillaume de Machaut, autor de la primera misa completa que se conserva, y que está basada en combinaciones rítmicas, ratio y numerus.

Otra extraordinaria aportación en el siguiente siglo fue la del franco flamenco Guillaume Dufay, cedien-do en el ámbito polifónico e instrumental el protago-nismo durante el Renacimiento a los neerlandeses y a los italianos.

En el Barroco, el idioma fue objeto de controversia ante el italianismo.

Los textos franceses eran lo suficiente importantes para poder hacer frente a la ópera italiana, pero tuvo que ser un florentino, Giovanni Battista Lulli, que pasó a llamarse Jean Baptiste Lully, quien provo-cara posiciones enfrentadas, entre los estilos, alla italiana y alla francese, con su obra escénica desde la corte del Rey Sol.

En el terreno de la música para tecla, la escuela francesa de clave, con François Couperin, llamado el Grande, y Jean-Philippe Rameau, creó el estilo francés, que era majestuoso, noble y armónicamente complejo.
Francia ha sido la precursora en la teorización y la docencia de la música.
Parte de los artículos musicales de la Enciclopedia se deben a Jean Jacques Rousseau, que también concibió un Diccionario de música.

El Conservatorio de la ciudad de París, ha dictado pautas metodológicas desde su inicio, en 1784, y ha prestigiado con el Prix de Rome a excelentes com-positores, como es el caso de Hector Berlioz, quien después de mantener controversias con Cherubini, el entonces director del Conservatorio y baluarte de la ponderación clásica. Ante ese fervor romántico, produjo la Sinfonía fantástica, una obra donde se exponen las posibilidades de la orquesta sinfónica tal como hoy la conocemos.

César Franck, de origen belga, ocupó durante más de cuarenta años el puesto de organista en la iglesia de Santa Clotilde de París.
Sus obras de importancia evolutiva, fueron ignora-das por sus contemporáneos con la excepción de un grupo de alumnos incondicionales, entre los que sobresale Vincent d'Indy.

Camille Saint Saëns, de excepcionales y precoces cualidades tanto compositivas como interpretativas, fue el último romántico y ejerció amplia influencia sobre la siguiente generación. Uno de los alumnos de Saint Saëns, Gabriel Fauré, es un precursor del impresionismo con sus obras de cámara, en las que subyace una voluntaria ambigüedad armónica.

Otro compositor a contracorriente, antiwagneriano convencido, es Erik Satie, quien produjo pequeñas piezas pianísticas con unos títulos tan sorprenden-tes como:
Tres piezas en forma de pera.
Gimnopedias.
Las cuales contravenían la forma y el contenido.
Satie colaboró con Picasso, Cocteau y toda la élite cultural del cambio de siglo.

Las personalidades distintas de Fauré y de Satie influirán mucho en compositores posteriores.
En las obras de Claude Debussy, la transgresión y el radicalismo se hacen seductores con su libertad de la forma y los desarrollos.

El estreno de su, Preludio a la siesta de un fauno, fue un escándalo por la novedad y desnudez de su música. Influido por los poetas franceses y por los pintores impresionistas, como Manet y Monet, es-cribe obras basadas en sus poemas y cuadros.
Fauré defendió a su discípulo Maurice Ravel cuan-do injustamente no se le otorgó el Prix de Rome, en un escándalo que forzó la dimisión del director del Conservatorio de París.

Con las mismas influencias literarias, Debussy es más fluido, subjetivo y emocional, mientras que Ravel es más firme en el contrapunto y la armonía, y su técnica priva sobre la emotividad.
Como extraordinario orquestador, su versión de los Cuadros de una exposición, de Músorgski es un soberbio reflejo del color orquestal impresionista.

Ya dentro de nuestro siglo destaquemos a Olivier Messiaen, reputado organista y gran teórico, con su uso de las ondas Martenot, un primer precursor de la sintetización del sonido, y sus compases de acento irregular de dificilísima interpretación, como en su, Cuarteto para el fin del mundo.

Pierre Boulez, sigue representando el músico en constante búsqueda, partiendo del serialismo más estricto, pasando después por la música concreta, la electroacústica, etcétera y participando de la llamada escuela de Darmstadt, cuya preocupación principal fue la de encontrar una disciplina en la escritura, ante la total libertad de lenguajes de los años cin-cuenta, y la huida de los tecnicismos.

Boulez ha podido experimentar sus proyectos en el Centre Pompidou de París junto con las mejores posibilidades técnicas y, además, con los más desta-cados instrumentistas.

La canción francesa.
La tradición del music-hall y sobre todo la aparición de los cabarets existencialistas en St. Germain des Prés hicieron aparecer un tipo de canción poética de gran nivel en la música y los textos, conocido con el nombre genérico de chanson.

Sus primeras grandes figuras de la era moderna fueron:
Charles Trenet, elegante compositor e intérprete a quien se deben La mer y Douce France.
Edith Piaf, que fue la genial intérprete que ayudó a lanzar a compositores como Bécaud, Aznavour o Moustaki, que también triunfarían como cantantes.
Entre los nombres importantes nacidos en la mú-sica de los cincuenta destacan:
Georges Brassens.
Jacques Brel.
Boris Vian.
Leo Ferré.
Como autores y, además, cantantes, y con:
Juliette Greco.
Yves Montand.
Serge Reggiani
En la faceta de cantantes.
Respuestas ya existentes para el anterior mensaje:
La llegada del fenómeno pop restó audiencia a los intérpretes de la chanson y no han surgido figuras del mismo nivel.