Rascahuertos, que ya conocía el juego del ajedrez, fabricó con la navaja y con mucha paciencia un ta-blero para jugar con las fichas que les había dejado el danzarín. Lo forjó de la plancha de la corteza de corcho de un alcornoque.
Cuando se paraban a descansar los dos pordioseros practicaban el apasionado juego y se olvidaban del hambre por la pasión que los dos amigos ponían.
Uno queriendo enseñar y otro queriendo aprender, olvidaban tiempo y lugar sin apercibirse de su pre-caria y urgente necesidad de comer.
En cuanto alguno de los dos amigos habría la caja para jugar, se olvidaba automáticamente el deseo y los estómagos cuando tocaban las fichas se sentían repletos y sin ganas de comer por estar saciados.
Cuando se paraban a descansar los dos pordioseros practicaban el apasionado juego y se olvidaban del hambre por la pasión que los dos amigos ponían.
Uno queriendo enseñar y otro queriendo aprender, olvidaban tiempo y lugar sin apercibirse de su pre-caria y urgente necesidad de comer.
En cuanto alguno de los dos amigos habría la caja para jugar, se olvidaba automáticamente el deseo y los estómagos cuando tocaban las fichas se sentían repletos y sin ganas de comer por estar saciados.