Dedico esta fabula, a todas las personas que sepan trazar en una hoja blanca los signos que llamamos letras, para que con estos símbolos construyan las palabras y así faciliten el desarrollo del intelecto y de la sabiduría en los lectores de buena voluntad.
C. Cortés
El hombre de la rosa.
Torrelavega, 24 de diciembre de 2006.
C. Cortés
El hombre de la rosa.
Torrelavega, 24 de diciembre de 2006.
Reservado el derecho de publicación del libro por el autor, Críspulo Cortés, con el AGRH 47755531, porque tiene el original depositado ante Notario.
Torrelavega 24 de diciembre 2006.
Torrelavega 24 de diciembre 2006.
INTRODUCCIÓN
La tarde bastante avanzada del crudo invierno caía lentamente sobre la vasta campiña refrigerando los yerbajos de la apelmazada tierra que aún estaba sin remover desde la última siega del verano.
La torre de una de las miles de iglesias castellanas, destacaba orgullosa en la lejanía, sin inmutarse por la estirpe de rezos y de incalculables misas diarias que había celebrado debajo del gallardo campanil.
Los colores, de un ocre intenso, cegaban la visión general de aquel monótono paisaje, mientras algún labrador de aquel vasto lugar trataba de calentar el aterido cuerpo y el alma, arrimándose a una estufa ó libando el vino desde un viejo porrón.
La tarde bastante avanzada del crudo invierno caía lentamente sobre la vasta campiña refrigerando los yerbajos de la apelmazada tierra que aún estaba sin remover desde la última siega del verano.
La torre de una de las miles de iglesias castellanas, destacaba orgullosa en la lejanía, sin inmutarse por la estirpe de rezos y de incalculables misas diarias que había celebrado debajo del gallardo campanil.
Los colores, de un ocre intenso, cegaban la visión general de aquel monótono paisaje, mientras algún labrador de aquel vasto lugar trataba de calentar el aterido cuerpo y el alma, arrimándose a una estufa ó libando el vino desde un viejo porrón.