Cuando el largo plumón de pavo que servia para escribir, se posaba suavemente en la arcaica mesita de la celda, el monje se sintió fatigado y contento a la vez. Había finalizado lo que se había propuesto y ahora su deber era enviarlo a Torrelavega para su ejecución, y tenía que mandarlo algo antes de que finalizase la semana, porque después seria ya tarde para todos.
Cuando Matania apagaba los velones de su celda y tendía su agotado cuerpo en el catre, no se percato del ser que con una daga en la mano se disponía ha quitarle la vida.
Así, fue asesinado el cuerpo de Matania, aunque no afectase la muerte al alma inmortal que poseía. Con él, desapareció lo que había escrito esa noche en la celda.
Al siguiente día, al no asistir a los maitines porque era el máximo confortador de las artes medievales del monasterio, se descubrió su cadáver apuñalado en su celda. Nadie en el monasterio había sentido nada. Pero como los edificios del complejo cierran sus puertas a cal y canto, el asesino seguía estando dentro de la Abadía.
La guardia civil fue la primera en llegar al lugar de los hechos, entonces el cabo, al ver el carisma del delito, pasó el caso a la policía criminal.
El Cardenal Montini y sus agentes se tuvieron que retirar discretamente, ayudados por el Prior que los saco a través del sótano de la Iglesia y con ellos se marchó el asesino de Matania.
El Cardenal, que fue con el Prior el promotor de la agresión y muerte del monje, tenía los documentos manuscritos en su poder y su trabajo era descifrar el contenido para poder investigar todo el alcance del problema con el Temple.
Matania estaba bien muerto por traicionar al Papa y ninguno tenía remordimientos por eliminar a un infame apóstata.
Matania estaba bien muerto por traicionar al Papa y ninguno tenía remordimientos por eliminar a un infame apóstata.
Capitulo 28
Beatriz oraba en la bella Iglesia del Monasterio de San Martín arrodillada en la primera fila de bancos a la espera de oír misa y descargar sus pecados en el confesionario. Cómo era el día que Beatriz tenía que recibir del confesor el mensaje para el Temple, había madrugado, porque hoy debía de recoger la última parte del relato de Matania.
Beatriz oraba en la bella Iglesia del Monasterio de San Martín arrodillada en la primera fila de bancos a la espera de oír misa y descargar sus pecados en el confesionario. Cómo era el día que Beatriz tenía que recibir del confesor el mensaje para el Temple, había madrugado, porque hoy debía de recoger la última parte del relato de Matania.
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