Cuando el largo plumón de pavo que servia para escribir, se posaba suavemente en la arcaica mesita de la celda, el monje se sintió fatigado y contento a la vez. Había finalizado lo que se había propuesto y ahora su deber era enviarlo a Torrelavega para su ejecución, y tenía que mandarlo algo antes de que finalizase la semana, porque después seria ya tarde para todos.
Cuando Matania apagaba los velones de su celda y tendía su agotado cuerpo en el catre, no se percato del ser que con una daga en la mano se disponía ha quitarle la vida.
Así, fue asesinado el cuerpo de Matania, aunque no afectase la muerte al alma inmortal que poseía. Con él, desapareció lo que había escrito esa noche en la celda.