No había nada más.
No había, ni tablero, ni libro para aprender jugar.
Sorprendidos y muy contentos por el enorme valor que las piezas y la caja tenían, los dos amigos se resignaron a seguir pasando el hambre que ya los dos bien conocían, hasta que tomaran la decisión de quedarse con el precioso cofre o vender alguna de las piezas en la primera aldea que encontraran para mitigar el apetito.
No había, ni tablero, ni libro para aprender jugar.
Sorprendidos y muy contentos por el enorme valor que las piezas y la caja tenían, los dos amigos se resignaron a seguir pasando el hambre que ya los dos bien conocían, hasta que tomaran la decisión de quedarse con el precioso cofre o vender alguna de las piezas en la primera aldea que encontraran para mitigar el apetito.