Pero qué repelús. Entré en el antro con la única intención de acabar de emborracharme y, para mi sorpresa, una especie de tonelete con enaguas negras desde los pies a la cabeza, con la cara empolvada de blanco toda pintarrajeada con rayajos simulando cicatrices purulentas y con un gorro cónico como los que les ponían a las tildadas de brujas por La Santa; cuando las llevaban a la candela que había ya preparada en la Plaza Chica para chamuscarlas y librar así a la gente sencilla de unos pecados tan ... (ver texto completo)