Ya estamos de vuelta en Madrid; en La Jaba han quedado cinco intensos días en los que la familia, los amigos, el campo, las caminatas, las charlas vinícolas, las comidas camperas y el inevitable entierro, han llenado –totalmente- el tiempo que, a pesar de ser todo mío, se me antoja siempre escaso.
La paz del pueblo es total, si acaso quebrada por la sustracción de un coche al lado de casa y el vaciado de gas-oil, en dos ocasiones, de los depósitos de sendos camiones propiedad de jabeños, hechos que han dado de qué hablar ayer sábado en todo el Altozano: la crisis aviva todo esto, siempre es así.
Alguna/o forera/o que otra/o se ha dejado ver por la taberna, fue agradable charlar un ratito envueltos por las voces potentes de los pelajigos, bolilleros y compañía que animan el cotarro desde la hora del ángelus hasta la de comer (por cierto, qué buenas están las croquetas caseras que hace la mujer de Luciano).
A sabiendas de que es reiterativo, no puedo por menos de ponerlo aquí: los cerros de Magacela, los aledaños de la sierra Ortiga, el río, La gandarra, el puente de La pared, El montecillo, La Antigua, el pantanillo, todo, con todo ello se ha cebado la belleza de esta primavera y lo ha dejado impreso en nuestras memorias para siempre: no hay regajo que no haya corrido hogaño.
En la calle Hospital, que es la mía, me ha dado por contar a los que no están y, la verdad, se me hizo un nudo en la garganta: menos mal que, más tarde, he contado los niños que –anochecido- jugaban en la plaza y la niebla de los ojos ha sido barrida por el brillo: al final siempre triunfa la vida, lo agradable y la esperanza.
Un abrazo a to el jabeñerío,
La paz del pueblo es total, si acaso quebrada por la sustracción de un coche al lado de casa y el vaciado de gas-oil, en dos ocasiones, de los depósitos de sendos camiones propiedad de jabeños, hechos que han dado de qué hablar ayer sábado en todo el Altozano: la crisis aviva todo esto, siempre es así.
Alguna/o forera/o que otra/o se ha dejado ver por la taberna, fue agradable charlar un ratito envueltos por las voces potentes de los pelajigos, bolilleros y compañía que animan el cotarro desde la hora del ángelus hasta la de comer (por cierto, qué buenas están las croquetas caseras que hace la mujer de Luciano).
A sabiendas de que es reiterativo, no puedo por menos de ponerlo aquí: los cerros de Magacela, los aledaños de la sierra Ortiga, el río, La gandarra, el puente de La pared, El montecillo, La Antigua, el pantanillo, todo, con todo ello se ha cebado la belleza de esta primavera y lo ha dejado impreso en nuestras memorias para siempre: no hay regajo que no haya corrido hogaño.
En la calle Hospital, que es la mía, me ha dado por contar a los que no están y, la verdad, se me hizo un nudo en la garganta: menos mal que, más tarde, he contado los niños que –anochecido- jugaban en la plaza y la niebla de los ojos ha sido barrida por el brillo: al final siempre triunfa la vida, lo agradable y la esperanza.
Un abrazo a to el jabeñerío,