Hace ya mucho tiempo hablamos aquí de las tabernas jabeñas, en aquella época tan lejana cuando no había llegado la cerveza al pueblo, sí, digo bien, en los bares jabeños NO HABÍA CERVEZA, sólo vino, esto era mucho antes de la Pepsi y la Coca-Cola, -que estas llegaron anteayer-, entonces debimos decir que no es que sólo hubiera vino, sino que sólo había un tipo de vino, no se podía escoger ningún otro, había uno por taberna y ya está: lo único que se podía escoger era la cantidad, el volumen que te querías beber.
Esta era la jerga de pedidos, según el volumen con el que te atrevías:
“Pablo, ponme un chato”: este era el pedido mínimo, un vasito casi cilíndrico del que ya quedan pocos ejemplares. Andrés, y ahora Luciano, a mí me sirve el vino en uno de ellos; un litro da, aproximadamente, para nueve chatos.
“Eduarda, traime una cubeta”: vaso culón de más diámetro, equivalente a dos chatos.
“Julián, pon un penalti”: esto ya era un vaso más serio, quizá dos cubetas.
“Santiago, danos dos persianas”: esto ya eran palabras mayores, había voluntad de cantar si hacía falta.
“Amos, José, ponme un celemín”: mal empleado el término, porque esto se corresponde con una medida antigua de capacidad, pero en la jerga jabeña equivalía a un cuarto de litro: se solía servir en los envases desechados de las “fantas”.
“Tío Justo, póganos medio”: bueno esto era, lógicamente, medio litro sin más, y creo que se servía en unas botellas de anis “Las Cadenas” que tenían ese volumen.
“Tomás, una botella”: y esto estaba claro, un litro, un vasito para repartirlo (y un puñado de cochos, altamuces, vaya altramuces, como todo aperitivo si era el caso).
Por último estaban las garrafas, pa los borrachos de verdá, los que se acuartelaban en casa y no visitaban las tabernas, pa los que no se meaban por las calles ni se desabrochaban las braguetas en las esquinas, ni cantaban a grito pelao por las barras taberneras, pa los hombres de su casa y mu serios. La unidad era la arroba, eran envases de vidrio forrados de esparto: las había de un cuarto, de media y de una arroba; cuatro litros, ocho y dieciséis litros, respectivamente.
Y na más, buenas noches a to el jabeñerío.
(Había más medidas, la jerga era más abundante y cambiaba por barrios)
Esta era la jerga de pedidos, según el volumen con el que te atrevías:
“Pablo, ponme un chato”: este era el pedido mínimo, un vasito casi cilíndrico del que ya quedan pocos ejemplares. Andrés, y ahora Luciano, a mí me sirve el vino en uno de ellos; un litro da, aproximadamente, para nueve chatos.
“Eduarda, traime una cubeta”: vaso culón de más diámetro, equivalente a dos chatos.
“Julián, pon un penalti”: esto ya era un vaso más serio, quizá dos cubetas.
“Santiago, danos dos persianas”: esto ya eran palabras mayores, había voluntad de cantar si hacía falta.
“Amos, José, ponme un celemín”: mal empleado el término, porque esto se corresponde con una medida antigua de capacidad, pero en la jerga jabeña equivalía a un cuarto de litro: se solía servir en los envases desechados de las “fantas”.
“Tío Justo, póganos medio”: bueno esto era, lógicamente, medio litro sin más, y creo que se servía en unas botellas de anis “Las Cadenas” que tenían ese volumen.
“Tomás, una botella”: y esto estaba claro, un litro, un vasito para repartirlo (y un puñado de cochos, altamuces, vaya altramuces, como todo aperitivo si era el caso).
Por último estaban las garrafas, pa los borrachos de verdá, los que se acuartelaban en casa y no visitaban las tabernas, pa los que no se meaban por las calles ni se desabrochaban las braguetas en las esquinas, ni cantaban a grito pelao por las barras taberneras, pa los hombres de su casa y mu serios. La unidad era la arroba, eran envases de vidrio forrados de esparto: las había de un cuarto, de media y de una arroba; cuatro litros, ocho y dieciséis litros, respectivamente.
Y na más, buenas noches a to el jabeñerío.
(Había más medidas, la jerga era más abundante y cambiaba por barrios)