LA HABA: TE ESPERAN, ¡ÁNIMO!...

TE ESPERAN, ¡ÁNIMO!

Durante los últimos 40 años, siempre he pasado algunos días de agosto en Extremadura: hasta 1987, en Quintana y en La Haba, y desde ese año hasta ahora, sólo en La Jaba. El Altozano jabeño, el tramo urbano de la carretera de Quintana para entendernos, es mi sitio, una atalaya privilegiada para disfrutar en las madrugadas con ese plus de vida que tengo concedido que no es otra cosa que el insomnio.

Disfrutando de él, he visto perros sin amo –igualmente insomnes- que se me acercaban sumisos a lamerme las piernas arañadas de mi andar por las rastrojeras; he escuchado gallos desquiciados cantar el amanecer con dos horas de adelanto; he visto cómo, amparados por la clandestinidad que oferta la noche –incesantes y furtivos- grandes camiones que portaban bidones lacrados con residuos tóxicos endosados desde Madrid a la sierra jabeña; he mirado, cómo no hacerlo, el cielo, ese cielo que se percibe con tal nitidez que mueve a la reflexión y al respeto, y que te alucina si persistes en tu mirar y pensar; he disfrutado, esto es inefable por su belleza, del amanecer de la Luna: cuando esto se da en todo su esplendor, cuando refulge plena en un lento parto –no vaginal- entre los pechos turgentes que son los cerros de Magacela y se eleva inmensa como un inconmesurable globo rojo ofensivamente hermoso, cuando esto pasa, que ocurre pocas veces, rayas el paroxismo de las emociones.

LA NUEVA CARRETERA.

Pues bien, yo no quería hablar de tanta cursilería, que me pongo mu tierno por las noches, ya que todo lo anterior, porque el hombre no puede cambiarlo, creo que lo seguiré disfrutando hogaño en el próximo verano y mientras viva. Lo que quería contar, sencillamente, es que yo tenía otro disfrute como vigilante de la noche jabeña: orientar a la diáspora quintaneja, y dentro de ella a los instalados en la desmemoria, a los hijos pródigos que vuelven después de muchísimos años, esos que vendieron la casa, “mire usted”, que fue un error, y ahora “nos ha invitado mi primo, un cantero mu afamao y vuelvo con mi mujer quesvasca”, después de veinticinco años que ya es decir: “Todo recto, no haga caso al cruce, usted va bien”; y en un momento, a veces, uno comprendía la tragedia que puede suponer la emigración forzada, que te la pueden describir en dos minutos, con el coche en marcha, de madrugada, casi disculpándose por su tardanza en volver a esa feria quintaneja de su alma: “Pero, si a mí también me ha pasao, sólo vengo cuando puedo a las fiestas, a nuestra Velá”, le espeto yo, como inyectándole una dosis de catarsis emigratoria que lo purifique: “Tú, recto”, le digo ya con tuteo entre colegas de emigración, “ todo recto”, que vas a Quintana, le tranquilizo. ¡AYYYYYYYYYY!, ya no podré atender así a los quintanejos de la diáspora: volarán por el nuevo trazado de la carretera, ¡qué lástima!

También me entretenía en contar los coches con matrícula SS y los que la tenían BA, ganaban los primeros: era como palpar un fracaso social en mi territorio: “Nos ganan siempre, hasta en casa”. ¡AYYYYY!, a esto ya no podré jugar.

Pero si algún día pincháis una rueda o la nostalgia os puede, ¡pasar por La Jaba, quintanejos!, que aquí hay arcén de tierra y de alma suficientes para poder aparcar en él., hay gente que vale la pena: no tengáis tanta prisa, que con ella se llega antes pero se vive menos y peor. Aquí estaremos, esperando a los que se desvíen: un cigarrito, un vasito, un rato de cháchara lo tenéis asegurado. NO OLVIDÉIS A LA HABA.

Y si pasáis de día, parar en las tabernas de Luciano, o Casablanca, o a comer peladilla o cochinillo al horno donde Donoso, y en la Parrilla: que La Jaba no se muera, por Dios,

Buenas tardes a tó el jabeñerío,