REITERO ESTE ESCRITO PA QUE "FANEGAS" SE SIENTA COMO EN SU CASA.
Siempre he admirado el sentido común de los labradores jabeños. Esa virtud, que es una especie de camino alumbrado por la sencillez, que conduce siempre a lo más justo, a lo más beneficioso, a lo más razonable, es creo yo –junto con la honestidad- el bagaje del que siempre han dispuesto nuestros agricultores. Eso es, juiciosos y honestos, así recuerdo yo a los labradores de mi pueblo.
La tierra, que hace al hombre, les obligaba a la sobriedad en su actitud ante la vida y les hacía recios, vigorosos y fuertes ante el infortunio. Hoy, y en días pasados, los he recordado sin pretenderlo porque no acaba de llover: diez “Jiras” (me gusta más la palabra “merendilla”) daba yo porque lloviera, pero sería genial hacerlo compatible.
Producir sin destruir, este ha sido el oficio natural del campesino jabeño, un hombre que lleva en su ADN la convicción de que a la tierra no se la puede desvalijar, como la codicia ha hecho en las costas valencianas y en otras; y afortunadamente, hasta los políticos en Extremadura –defectos a parte, que los tienen- creo que han evitado crecer atropellando el medio ambiente, y lo esencial de nuestra tierra sigue casi inmaculado, tal es su biodiversidad; quizá lo que hoy llamamos crecimiento –aparentemente ajeno a nuestra tierra- mañana pueda ser el sarcófago del mundo; hemos de acumular menos bienes inútiles y aprender a vivir sencillamente: los campesinos jabeños eran maestros en este arte. Vale más el lenguaje de la dehesa extremeña, lo que nos dice el campo, que los ecos ruidosos de los rascacielos. Hemos de entendernos con la necesaria austeridad que nos hablan las encinas, date cuenta en la Jira: sol y sombra, flores, viento tenue, hierba verde, o pasto seco, bellotas, cerdos y ovejas; todo está en crisis, pero no es poco para la vida.
Qué suerte si en mi viaje de ida, que ya lo tengo ahí, viera llover sobre los jarales previos al Miravete donde la central nuclear de Almaraz – esa cicatriz en el hermoso rostro de la dehesa- pone el contrapunto a tanta belleza. Aunque me critiquen, declaro mi contrariedad con tanta carretera nueva en Extremadura, este culto a la velocidad no es entendible, los caminos nos han de llevar a los demás hombres y estos no requieren tanta precipitación.
La caza, otra atracción extremeña (aunque estoy solemne no puedo dejar de carcajearme con el “conejo” que se le fue vivo a don Fernando Morillo-Velarde), sobre la caza, decía, no tengo opinión; pero el mero hecho de sentir un tiro, y ver soliviantada toda la vida que la pólvora espanta, me hace preguntarme si beneficia en algo al sostén de lo extremeño. (Rara vez el labrador auténtico extremeño era cazador de escopeta, por algo será).
Cuántas veces escuché que algunos labradores jabeños vivían míseramente. Hoy estoy convencido que no era así: vivían de manera sencilla, ubicados en la dignidad, casas sobrias y frugales en casi todo; porque la sequía, la pertinaz sequía, les mantenía más alerta con el infortunio que relajados por una subvención que no conocían.
Por Dios: ¡Que llueva!
Buenas noches a todos,
Siempre he admirado el sentido común de los labradores jabeños. Esa virtud, que es una especie de camino alumbrado por la sencillez, que conduce siempre a lo más justo, a lo más beneficioso, a lo más razonable, es creo yo –junto con la honestidad- el bagaje del que siempre han dispuesto nuestros agricultores. Eso es, juiciosos y honestos, así recuerdo yo a los labradores de mi pueblo.
La tierra, que hace al hombre, les obligaba a la sobriedad en su actitud ante la vida y les hacía recios, vigorosos y fuertes ante el infortunio. Hoy, y en días pasados, los he recordado sin pretenderlo porque no acaba de llover: diez “Jiras” (me gusta más la palabra “merendilla”) daba yo porque lloviera, pero sería genial hacerlo compatible.
Producir sin destruir, este ha sido el oficio natural del campesino jabeño, un hombre que lleva en su ADN la convicción de que a la tierra no se la puede desvalijar, como la codicia ha hecho en las costas valencianas y en otras; y afortunadamente, hasta los políticos en Extremadura –defectos a parte, que los tienen- creo que han evitado crecer atropellando el medio ambiente, y lo esencial de nuestra tierra sigue casi inmaculado, tal es su biodiversidad; quizá lo que hoy llamamos crecimiento –aparentemente ajeno a nuestra tierra- mañana pueda ser el sarcófago del mundo; hemos de acumular menos bienes inútiles y aprender a vivir sencillamente: los campesinos jabeños eran maestros en este arte. Vale más el lenguaje de la dehesa extremeña, lo que nos dice el campo, que los ecos ruidosos de los rascacielos. Hemos de entendernos con la necesaria austeridad que nos hablan las encinas, date cuenta en la Jira: sol y sombra, flores, viento tenue, hierba verde, o pasto seco, bellotas, cerdos y ovejas; todo está en crisis, pero no es poco para la vida.
Qué suerte si en mi viaje de ida, que ya lo tengo ahí, viera llover sobre los jarales previos al Miravete donde la central nuclear de Almaraz – esa cicatriz en el hermoso rostro de la dehesa- pone el contrapunto a tanta belleza. Aunque me critiquen, declaro mi contrariedad con tanta carretera nueva en Extremadura, este culto a la velocidad no es entendible, los caminos nos han de llevar a los demás hombres y estos no requieren tanta precipitación.
La caza, otra atracción extremeña (aunque estoy solemne no puedo dejar de carcajearme con el “conejo” que se le fue vivo a don Fernando Morillo-Velarde), sobre la caza, decía, no tengo opinión; pero el mero hecho de sentir un tiro, y ver soliviantada toda la vida que la pólvora espanta, me hace preguntarme si beneficia en algo al sostén de lo extremeño. (Rara vez el labrador auténtico extremeño era cazador de escopeta, por algo será).
Cuántas veces escuché que algunos labradores jabeños vivían míseramente. Hoy estoy convencido que no era así: vivían de manera sencilla, ubicados en la dignidad, casas sobrias y frugales en casi todo; porque la sequía, la pertinaz sequía, les mantenía más alerta con el infortunio que relajados por una subvención que no conocían.
Por Dios: ¡Que llueva!
Buenas noches a todos,