Las tres historias que se cuentan en la novela, en un perfecto y genial desorden cronológico –que MVLL domina como nadie- son las que yo veo en “La Fiesta del Chivo”, y –a sabiendas que va a tener poco eco- ahí os suelto este rollo con el que anoche amenacé, por si alguien tiene a mal o a bien leerlo, polemizarlo o enriquecerlo: aunque sea de mi entorno más próximo, aunque sea familiar, donde sé que todos han tenido el placer de leerla,
1) La historia de Urana y su padre A. Cabral “Cerebrito”, pura y absoluta ficción, es la metáfora vehicular de la que se vale Mario para denunciar hasta qué punto el culto al poder puede inyectar al ser humano dosis insufribles de indignidad: Uranita, mujer de éxito en Nueva York, busca su tiempo perdido con su vuelta a Santo Domingo, intentando –en un ejercicio de catarsis- justificar los 35 años de silencio con los que había castigado a su padre, un desecho humano al servicio del dictador: acaso el incesto, la violación o la ofrenda de su virginidad al “Chivo”, extremos que se intuyen en la novela, fuera el secreto abrumador que la produjo enormes estragos y que la estigmatizó desde su “huída” a los l4 años hasta su vuelta a los 49. El escritor, también, creo que (como Esquilo, Sófloques o Eurípides, trataban de persuadir a los espectadores con sus tragedias), intenta advertir a sus lectores de las dramáticas consecuencias que devienen de las dictaduras, del dictador potencial que cada uno llevamos dentro, de alertarnos sobre el “HYBRIS” (perdonar la cursi erudición) para purgarnos –sólo leyéndolo- de esa tendencia que tienen los dictadores a la superioridad, a deificarse, convirtiéndose en homicidas o, incluso, en desquiciados deicidas para alimentar su ego y lograr sus oscuros objetivos.
2) La segunda historia, la funcional, creo que es la que más carga literaria posee porque el escritor, al relatar la trama previa al crimen, se introduce en la piel de los militares dominicanos, en sus miserias, sus miedos, sus deslealtades, sus titubeos, sus imposturas, y retrata a personajes reales como el astuto Presidente Balaguer (beato meapilas, frustrado poeta y dúctil gobernante) Abbees García (creo que el Jede de los Servicios Secretos: inteligente, cruel, abnegado y perseverante al servicio del “Jefe”). Retrata, por supuesto, la perversa intimidad del “Chivo” pulcro en sus maneras, disciplinado para sí mismo, cruel hasta la extenuación para sus oponentes. Dibuja la estructura del poder incontestable que un tirano es capaz de legitimar: aquí, nuestro admirado escritor, suple magistralmente los huecos que la ausencia de datos históricos, o la imposibilidad de conseguirlos, le abocan a la más absoluta y sublime creación literaria, dotando a su relatar de una mezcla de realidad y ficción rayana en la perfección.
3) Por último, está la rigurosa carga historiográfica de la novela, la tercera historia que se relata es la historia real de un país pobre que durante 3l años estuvo tiranizado por el general Rafael Leónidas Trujillo, El Jefe, “el Chivo”, un militar con educación de marín americano que, endiosado por otros dictadores, su familia, sus validos y sus esbirros, concluyó en que lo único que merecía la pena del país era ÉL y la consecución de sus inmorales objetivos: dueño de sus tierras, sus industrias, manipulador de la legalidad, opresor de su pueblo, malísimo amante por su patológico machismo, impotencia aparte, intentó construir una nación a su medida. Vargas Llosa, hombre serio y fiable cuando vierte datos históricos en sus libros (hay que leer, para más abundancia en este terreno, su último libro “El sueño del celta”), es un perseverante trabajador en la tarea de conseguir y contrastar el dato riguroso; su invulnerable curiosidad le lleva a escudriñar con profundidad y detalle todo aquello que debe relatar.
Termino, porque no puedo evitarlo, citando a mi querido Gabriel García Márquez quien, cuando terminó la lectura de “La fiesta del Chivo”, dijo más o menos “Este ´pendejo de peruano ha venido a joderme la vejez”: creo que se refería, cariñosamente, a la inmensa novela de su “oponente colega” que iba a competir –en los tiempos venideros- con su creación “Cien años de soledad”. Como mis gustos son raros, hablando de retratos a dictadores, me inclino por el que hizo Gabo en su “Otoño del patriarca”, donde el escritor, no sé por qué contradicción entrañable, lejos de denostar al dictador se recrea y venera su romanticismo político, porque yo creo que dibujó a Fidel, un personaje, se diga lo que se diga, que tuvo retazos cautivadores para una generación que necesitaba de la utopía.
Perdonad, amigos, esta extensa reflexión sobre la novela “La Fiesta del Chivo” –que puede ser mu mala pero es mu mía-. No he sido capaz de sintetizarla a algo más sucinto dada mi patológica tendencia al barroquismo y a la ñoñez no exenta de cursilería: pecado que sabréis perdonar dado él trajín, tan apasionado como amoroso, que me traigo con el lenguaje.
Que tengáis mu buenas noches,
1) La historia de Urana y su padre A. Cabral “Cerebrito”, pura y absoluta ficción, es la metáfora vehicular de la que se vale Mario para denunciar hasta qué punto el culto al poder puede inyectar al ser humano dosis insufribles de indignidad: Uranita, mujer de éxito en Nueva York, busca su tiempo perdido con su vuelta a Santo Domingo, intentando –en un ejercicio de catarsis- justificar los 35 años de silencio con los que había castigado a su padre, un desecho humano al servicio del dictador: acaso el incesto, la violación o la ofrenda de su virginidad al “Chivo”, extremos que se intuyen en la novela, fuera el secreto abrumador que la produjo enormes estragos y que la estigmatizó desde su “huída” a los l4 años hasta su vuelta a los 49. El escritor, también, creo que (como Esquilo, Sófloques o Eurípides, trataban de persuadir a los espectadores con sus tragedias), intenta advertir a sus lectores de las dramáticas consecuencias que devienen de las dictaduras, del dictador potencial que cada uno llevamos dentro, de alertarnos sobre el “HYBRIS” (perdonar la cursi erudición) para purgarnos –sólo leyéndolo- de esa tendencia que tienen los dictadores a la superioridad, a deificarse, convirtiéndose en homicidas o, incluso, en desquiciados deicidas para alimentar su ego y lograr sus oscuros objetivos.
2) La segunda historia, la funcional, creo que es la que más carga literaria posee porque el escritor, al relatar la trama previa al crimen, se introduce en la piel de los militares dominicanos, en sus miserias, sus miedos, sus deslealtades, sus titubeos, sus imposturas, y retrata a personajes reales como el astuto Presidente Balaguer (beato meapilas, frustrado poeta y dúctil gobernante) Abbees García (creo que el Jede de los Servicios Secretos: inteligente, cruel, abnegado y perseverante al servicio del “Jefe”). Retrata, por supuesto, la perversa intimidad del “Chivo” pulcro en sus maneras, disciplinado para sí mismo, cruel hasta la extenuación para sus oponentes. Dibuja la estructura del poder incontestable que un tirano es capaz de legitimar: aquí, nuestro admirado escritor, suple magistralmente los huecos que la ausencia de datos históricos, o la imposibilidad de conseguirlos, le abocan a la más absoluta y sublime creación literaria, dotando a su relatar de una mezcla de realidad y ficción rayana en la perfección.
3) Por último, está la rigurosa carga historiográfica de la novela, la tercera historia que se relata es la historia real de un país pobre que durante 3l años estuvo tiranizado por el general Rafael Leónidas Trujillo, El Jefe, “el Chivo”, un militar con educación de marín americano que, endiosado por otros dictadores, su familia, sus validos y sus esbirros, concluyó en que lo único que merecía la pena del país era ÉL y la consecución de sus inmorales objetivos: dueño de sus tierras, sus industrias, manipulador de la legalidad, opresor de su pueblo, malísimo amante por su patológico machismo, impotencia aparte, intentó construir una nación a su medida. Vargas Llosa, hombre serio y fiable cuando vierte datos históricos en sus libros (hay que leer, para más abundancia en este terreno, su último libro “El sueño del celta”), es un perseverante trabajador en la tarea de conseguir y contrastar el dato riguroso; su invulnerable curiosidad le lleva a escudriñar con profundidad y detalle todo aquello que debe relatar.
Termino, porque no puedo evitarlo, citando a mi querido Gabriel García Márquez quien, cuando terminó la lectura de “La fiesta del Chivo”, dijo más o menos “Este ´pendejo de peruano ha venido a joderme la vejez”: creo que se refería, cariñosamente, a la inmensa novela de su “oponente colega” que iba a competir –en los tiempos venideros- con su creación “Cien años de soledad”. Como mis gustos son raros, hablando de retratos a dictadores, me inclino por el que hizo Gabo en su “Otoño del patriarca”, donde el escritor, no sé por qué contradicción entrañable, lejos de denostar al dictador se recrea y venera su romanticismo político, porque yo creo que dibujó a Fidel, un personaje, se diga lo que se diga, que tuvo retazos cautivadores para una generación que necesitaba de la utopía.
Perdonad, amigos, esta extensa reflexión sobre la novela “La Fiesta del Chivo” –que puede ser mu mala pero es mu mía-. No he sido capaz de sintetizarla a algo más sucinto dada mi patológica tendencia al barroquismo y a la ñoñez no exenta de cursilería: pecado que sabréis perdonar dado él trajín, tan apasionado como amoroso, que me traigo con el lenguaje.
Que tengáis mu buenas noches,