LA HABA: Un hospital, se me antoja, es como una cárcel en la...

Un hospital, se me antoja, es como una cárcel en la que todos los presos fueran inocentes. Ayer, por cierto, estuve condenado a estar recluido durante un día en uno de ellos; nada importante, clacas, cosas de la edad: he cumplido hace ya tiempo 60 años y de vez en cuando toca pasar la iteuve. Pero un día –privado de vida plena- da mucho para pensar. Hoy, después de cumplida la pena y ya en libertad condicional por seis meses (dicho así parece el fallo invertido de una condena) quisiera volcar aquí en el Foro unas cuantas sensaciones. La que más me impone es la sensación de orfandad en la que uno se instala al llegar la noche: como una ingrávida y débil pavesa a punto de convertirse en ceniza (así se ve uno a veces), ansía imperiosamente el amanecer y se sabe a merced del que venga; menos mal que son segundos, nada más que segundos, de alambicado pesimismo.

(Y hablando de orfandad. A finales de los sesenta, cuando el Difunto, ya renqueante, comenzó a visitar el “confortable” hospital de “La Paz”, en la cárcel de Carabanchel de Madrid había un jabeño recluido en una celda-habitación cuyo nombre no estoy autorizado a dar: estuvo en la cárcel de Carabanchel, antes en la de Alcalá, antes en de Torrero (Zaragoza) y en su vida mucho penar. Quiero hacerlo constar aquí porque casi todos vosotros erais muy pequeñitos. En aquellos habitáculos en los que estuvo reinaba el esputo y el coágulo sanguinolentos, doy fe –indirecta- de que allí el pudor se desvanecía y se convivía con la fetidez del orín, el sudor o el esperma –cuando no de la sangre seca- que las paredes, los cuerpos o las prendas de los presos enfermos desprendían. Hay que retener en la memoria aquella cárcel-hospital para darse cuenta de que lo que yo cuento hoy es una ñoñería, hubo gente enferma, inocente, recluida en la más pura orfandad: que no se olvide esto, que nunca se olvide para no repetirlo nunca). Perdonad este aparte.

Antes de igualarnos ante la muerte, que no es otra cosa que la soledad desnuda y sin posible impostura, nos igualamos en los hospitales. En ellos nace, o sale de su letargo, la misericordia: esa inclinación generosa y benevolente para con el débil, renace la actitud que conlleva el afecto al semejante y uno se compadece a la par de sí mismo y del que está próximo.

La reclusión clínica aviva el interés por las cosas que afuera nos pasan desapercibidas o inadvertidas, por ejemplo: ser libre para administrar la sal de una ensalada; degustar un simple huevo frito colmado de aceite de oliva ardiendo; esparramar un vino tinto con sabor a cereza en toda la bóveda y suelo de la boca; levantarte muy temprano –exclusivamente- para ver el milagro de AMANECER; acariciar el testuz y el lomo de del noble caballo de José Ángel en el Montecillo, o la barriga preñada de esa burra preciosa que tiene Pedro “Pinche” en el camino del Barrial (¡que tenemos que hablar del chozo, Pedro!); pararnos, quince segundos, ante el arriate de tomillo o romero o menta y restregarnos las manos y con ellas la cara de esa fragancia de precio cero; prodigarse en el siempre libre acceso -sin peaje- al achuchón y al beso cariñosos; levantarse el cuello del abrigo y sentir el viento frío sólo en las mejillas; tomarse un café humeante mirando a la gente tras un cristal; ojear y hojear un periódico impreso en papel; reconciliarse, abrazarse con un amigo para saldar aquel torpe e inútil conato de prepotencia, soberbia o vanidad que él o tú propiciasteis; o asomarse a esta ventana del ordenador para ver a los pocos/as jabeños/as que por aquí se prodigan o escribir noñeces como esta que os endoso. Estas cuantas cosas tan entrañables, con una lista infinita de otras parecidas, todas de bajo o nulo coste, son las que se añoran y ansían cuando miramos al mundo desde dentro de un hospital. ¿Hace falta estar enfermo para encender el deseo de todo lo que es hermoso y realmente importante? Yo creo que no, así que bébete –por si acaso- la vida a tragos largos e intensos no vaya a ser que te condenen a más de un día de reclusión. Que tu Dios no lo quiera.

Mu buenas noches a toas las jabeñas y tós los jabeños,

(Este texto está personalizado para el foro jabeño, porque en él se cita a un paisano –sin nombre- que penó mucho por la libertad, pero es una adaptación de otro mío publicado muy recientemente en otro contexto).