(PERDONAR ESTA REITERACION, PERO ESTAS VACACIONES ME PIDIO UNA AMIGA QUE CONTARA ALGO SOBRE ESTO, LO REPITO Y ASÍ ME AHORRO EL TIEMPO).
Qué razonamiento más ajustado el de Caballero Andaluz cuando afirma que "quizá fue el primer escalofrío de libertad" aquella toma de partido (unos por don Pedro y otros por don Juan), cuando a los jabeños casi nos abocan a una guerra santa en un pueblo que, curas aparte, lo único que le dividía era el Arroyo del Campo. La cosa fue mas o menos así:
El magisterio de don Pedro caló hondo en una serie de mujeres y hombres, todos de buena voluntad (algunos de ellos alejados hasta entonces de la Iglesia), que -abrazando los principios cristianos de manera exacerbada- formaron un núcleo duro alrededor del sacerdote de Campanario, y, en comunión con él, asumieron de forma real el gobierno de la parroquia. A mi modo de ver, aquella era una Iglesia muy temida: trabajar en festivo, echar un.... brazo por alto -y digo por alto- a la novia, blasfemar cándidamente, o mearse -por necesidad- en el muro de la Cruz de los Caídos, podía acarrear una sanción de 50 pesetas (el salario mínimo entonces rondaba las 6O). Si mal estaba la sanción, qué decir de las perlas desde el púlpito: a poco que te movieras, además de sancionarte, te señalaban con nombres y apellidos. Claro, el grupo, con su mejor voluntad -y entendiendo que con ello redimía a los pecadores- no cejaba en dar pábulo a todo este despropósito, convirtiéndose, en una especie de policía eclesiástica jabeña. La contestación no tardó en llegar.
En el culmen de su obra evangelizadora, lo digo por la cantidad inusitada de gente a la que atrajo, la diócesis de Badajoz le comunicó a don Pedro Morillo-Velarde su traslado a otra parroquia. La orden cayó como jarro de agua fría en los discípulos que, sin pérdida de tiempo, se organizaron en una especie de rogativa y -acaudillados por una mujer muy pía, ya muerta- se plantaron en la capital en donde trataron de cambiar la voluntad del obispo. Lo que allí pasó, no lo sabe casi nadie pero, mientras tanto, apareció en el pueblo un cura nuevo: era don Juan.
Este hombre jovial -ajeno a todo- apareció en el pueblo con la mejor de sus sonrisas, fumaba "caldo de gallina", se le veían los pantalones debajo de la sotana y en seguida cautivó por su campechanía a buena parte de los jabeños. Igual hablaba con una beata, que con el anticlerical y ateo Pirulito (algún día trataremos sobre este singular personaje), hablaba de religión o de lo que se terciase.
Premeditadamente, o no, coincidieron los dos curas durante un tiempo desproporcionado sin que el saliente le entregara la parroquia al entrante. Esto, cada vez más, se fue enrareciendo cuando -día a día- don Juan percibía desaires y afrentas de la gente que pululaba por todas las dependencias parroquiales. Digamos que los cristianos practicantes, no todos, se aliaron con don Pedro, y, el resto, con la inmensa mayoría del pueblo (doy fe de ello) fueron cautivados por la simpatía, humildad y el carisma del nuevo párroco.
Así, la minoría dominante "donpedrista" se convirtió en dueña y señora de la parroquia; pero la mayoría del pueblo y los cristianos más "conciliadores" estaban por don Juan. Pero la guerra estaba servida, y los jabeños (qué tiempos), como dice Caballero Andaluz, que no podían tomar partido por nada que no fuera el fútbol, se radicalizaron totalmente en favor de uno u o otro cura.
Comenzaron las infamias, y amigos y amigas de toda la vida se miraban de reojo a ver de qué bando estaban. Incluso los monaguillos nos dividimos: yo me hice de don Juan porque me pareció como un aire fresco para aquella iglesia presidida por el cuadro de Las Ánimas del Purgatorio, por aquel púlpito sentenciador que más que ayudarnos a perseverar en la fe nos hundía en el desánimo de no poder alcanzar, jamás, el cielo. Miedo, terror, pánico daba aquella iglesia que ensalzaba más a Trento que al aggionarmiento que florecía entonces del Vaticano II. Ahora que lo digo, quizá lo que entonces estuvo en lucha eran los representantes de ambos concilios: El Purgatorio contra el placer de amarnos, la Inquisición contra una religión respetuosa con otras creencias, la antigüedad contra el mundo moderno, la iglesia carcelaria contra la iglesia de la libertad. Ahora me doy cuenta de lo profundo que fue aquello.
Y como en todas las guerras, al final lo que quedan son los muertos, el odio y el frentismo: creedme, por aquello hubo personas íntimamente amigas que dejaron de hablarse (y quizá comenzaron a odiarse) para siempre: algunas no se reconciliaron jamás y quizá muriesen con esa pena. ¡Qué inmensa tristeza!
Ni de don Pedro, ni de don Juan; ni de izquierdas ni de derechas: somos hermanos jabeños. Quisiera, en esta madrugada que lo refiero en el Foro, que este penoso recuerdo, nos sirva -exclusivamente- para unirnos de corazón, salvando las diferencias religiosas y políticas para respetarnos en la más hermosa libertad. Yo entonces era sólo un niño y sufrí mucho; así y todo pido perdón de todo corazón a quien, sin proponérmelo, pudiera haber dañado.
Me duermo; este tema, que da para mucho, hoy lo dejo aquí.
Un abrazo especial para los nuevos foreros y buenas noches a todos.
Qué razonamiento más ajustado el de Caballero Andaluz cuando afirma que "quizá fue el primer escalofrío de libertad" aquella toma de partido (unos por don Pedro y otros por don Juan), cuando a los jabeños casi nos abocan a una guerra santa en un pueblo que, curas aparte, lo único que le dividía era el Arroyo del Campo. La cosa fue mas o menos así:
El magisterio de don Pedro caló hondo en una serie de mujeres y hombres, todos de buena voluntad (algunos de ellos alejados hasta entonces de la Iglesia), que -abrazando los principios cristianos de manera exacerbada- formaron un núcleo duro alrededor del sacerdote de Campanario, y, en comunión con él, asumieron de forma real el gobierno de la parroquia. A mi modo de ver, aquella era una Iglesia muy temida: trabajar en festivo, echar un.... brazo por alto -y digo por alto- a la novia, blasfemar cándidamente, o mearse -por necesidad- en el muro de la Cruz de los Caídos, podía acarrear una sanción de 50 pesetas (el salario mínimo entonces rondaba las 6O). Si mal estaba la sanción, qué decir de las perlas desde el púlpito: a poco que te movieras, además de sancionarte, te señalaban con nombres y apellidos. Claro, el grupo, con su mejor voluntad -y entendiendo que con ello redimía a los pecadores- no cejaba en dar pábulo a todo este despropósito, convirtiéndose, en una especie de policía eclesiástica jabeña. La contestación no tardó en llegar.
En el culmen de su obra evangelizadora, lo digo por la cantidad inusitada de gente a la que atrajo, la diócesis de Badajoz le comunicó a don Pedro Morillo-Velarde su traslado a otra parroquia. La orden cayó como jarro de agua fría en los discípulos que, sin pérdida de tiempo, se organizaron en una especie de rogativa y -acaudillados por una mujer muy pía, ya muerta- se plantaron en la capital en donde trataron de cambiar la voluntad del obispo. Lo que allí pasó, no lo sabe casi nadie pero, mientras tanto, apareció en el pueblo un cura nuevo: era don Juan.
Este hombre jovial -ajeno a todo- apareció en el pueblo con la mejor de sus sonrisas, fumaba "caldo de gallina", se le veían los pantalones debajo de la sotana y en seguida cautivó por su campechanía a buena parte de los jabeños. Igual hablaba con una beata, que con el anticlerical y ateo Pirulito (algún día trataremos sobre este singular personaje), hablaba de religión o de lo que se terciase.
Premeditadamente, o no, coincidieron los dos curas durante un tiempo desproporcionado sin que el saliente le entregara la parroquia al entrante. Esto, cada vez más, se fue enrareciendo cuando -día a día- don Juan percibía desaires y afrentas de la gente que pululaba por todas las dependencias parroquiales. Digamos que los cristianos practicantes, no todos, se aliaron con don Pedro, y, el resto, con la inmensa mayoría del pueblo (doy fe de ello) fueron cautivados por la simpatía, humildad y el carisma del nuevo párroco.
Así, la minoría dominante "donpedrista" se convirtió en dueña y señora de la parroquia; pero la mayoría del pueblo y los cristianos más "conciliadores" estaban por don Juan. Pero la guerra estaba servida, y los jabeños (qué tiempos), como dice Caballero Andaluz, que no podían tomar partido por nada que no fuera el fútbol, se radicalizaron totalmente en favor de uno u o otro cura.
Comenzaron las infamias, y amigos y amigas de toda la vida se miraban de reojo a ver de qué bando estaban. Incluso los monaguillos nos dividimos: yo me hice de don Juan porque me pareció como un aire fresco para aquella iglesia presidida por el cuadro de Las Ánimas del Purgatorio, por aquel púlpito sentenciador que más que ayudarnos a perseverar en la fe nos hundía en el desánimo de no poder alcanzar, jamás, el cielo. Miedo, terror, pánico daba aquella iglesia que ensalzaba más a Trento que al aggionarmiento que florecía entonces del Vaticano II. Ahora que lo digo, quizá lo que entonces estuvo en lucha eran los representantes de ambos concilios: El Purgatorio contra el placer de amarnos, la Inquisición contra una religión respetuosa con otras creencias, la antigüedad contra el mundo moderno, la iglesia carcelaria contra la iglesia de la libertad. Ahora me doy cuenta de lo profundo que fue aquello.
Y como en todas las guerras, al final lo que quedan son los muertos, el odio y el frentismo: creedme, por aquello hubo personas íntimamente amigas que dejaron de hablarse (y quizá comenzaron a odiarse) para siempre: algunas no se reconciliaron jamás y quizá muriesen con esa pena. ¡Qué inmensa tristeza!
Ni de don Pedro, ni de don Juan; ni de izquierdas ni de derechas: somos hermanos jabeños. Quisiera, en esta madrugada que lo refiero en el Foro, que este penoso recuerdo, nos sirva -exclusivamente- para unirnos de corazón, salvando las diferencias religiosas y políticas para respetarnos en la más hermosa libertad. Yo entonces era sólo un niño y sufrí mucho; así y todo pido perdón de todo corazón a quien, sin proponérmelo, pudiera haber dañado.
Me duermo; este tema, que da para mucho, hoy lo dejo aquí.
Un abrazo especial para los nuevos foreros y buenas noches a todos.