LA HABA: Pa que no se pierda en la memoria jabeña, a las tabernas...

Pa que no se pierda en la memoria jabeña, a las tabernas que en su día enunciamos en el Foro –esas iglesias que a mí me gustan tanto- hemos de añadir una muy especial y muy antigua: “La Casa de Lebrija”. Entre el Km. 10 y el 11 de la carretera que hoy se conoce como la EX -346, de Don Benito a Quintana (que estará recepcionada en marzo próximo), sale un camino llamado “del Colmenar” que arranca en la penúltima curva antigua antes de llegar a la derruída –y entrañable- caseta de camineros. Bien, pues a unos doscientos metros de la antigua carretera, hoy desdibujada por la que está en desorganizada ejecución, siguiendo el sendero del camino, existía una taberna que se llamaba así, “La Casa de Lebrija”. Regentada hasta finales de los años cincuenta del siglo pasado por tío “Conejo”, otro personajes entrañable, se caracterizó siempre, aparte de su ubicación campestre, porque en ella no se empleó, jamás, el dinero como forma de pago: el vino, que era el único producto a la venta, se pagaba –en trueque- por celemines, cuartillas, o medias fanegas de cebada, trigo o cualesquiera otros productos camperos: se admitían huevos, palomos, tórtolas, etc., como moneda de cambio entre bebedores y tabernero. Tío Alonso “el del Montecillo”, tío Pedro “el de las Matas”, Alfonsito Nogales “de Las Torralbas”, Pedro “el de tía Felisa”, Juan Antonio “el Santero”, los primos Esteban y Joaquín Moreno “ los Pitines”, (doy fe que ambos se murieron sin entender el valor de las monedas y menos de los billetes, pero se las apañaban pa bebérselo porque les gustaba con delirio), tío Manuel “Calderilla”, un tal Mariano “el de la Feliciana” y muchos otros que llenarían pantallas como esta, bebieron, hablaron, cantaron, mearon y durmieron con el vino –auténtico pitarra por entonces- que podían comprar a cambio de los productos de la tierra.

Recuerdo un caminero tuerto, de nombre Pedro, y a otro llamado Enrique, que eran habituales en esta taberna. Igualmente (a ver si alguien se acuerda), el jefe de estos, un capataz de O. P. llamado Rastrojo, que inspeccionada el bacheo de esa carretera en una moto antiquísima, quizá de la II Guerra, que también se bebió su parte en aquella venta. Pero yo lo que recuerdo, nítidamente, aunque era una criatura, es a las hijas de los dos camineros –si una guapa la otra más, lozanas ellas, con cuerpos que parecían tupíos y compactaos como las tapias de los corrales antiguos: ¡Eran guapísimas, y eran seis, todo un capital de sencilla belleza”. Podría describirlas, pero estamos de vino.

De la edificación de esta taberna, ubicada que estuvo en un olivar propiedad de don José Ponce (afamado médico del pueblo), luego heredado por don Fernando Morillo, también médico y yerno de aquel, y, finalmente, del conocido como “El Cordobés”, todos ellos ya fallecidos, sólo quedan unos cascotes de adobes, tejolicas y ladrillos arrumbados y muertos sobre un cimbranto del citado camino que este verano me ha emocionado contemplar, pos ya me emociono con cualquier cosa. A mí me da pena que estas joyas desaparezcan porque con ellas desaparecen de nuestra memoria las personas que las pisaron, una gente que podían prescindir del maldito dinero porque su único objetivo era ser felices día a día: pa que no se les olvide, escribo yo estas cosas sin importancia.