Vuelvo a Madrid mes y medio después de salir de él, unas vacaciones que por su amplitud se podrían tildar de obscenas, sin bien –en compensación- debo aclarar que soy de aquéllos que vivieron años continuados de trabajo en los que el descanso se reducía, si acaso, a los sábados por la tarde, domingos y fiestas de guardar.
Pero yo quiero hablar de contrastes, de La Serena a Madrid, de la encina al platanero, de andar por los caminos a hacerlo por las duras aceras, de cambiar el atajo y la vereda por el paso de cebra, de ver jundirse el sol entre las rastrojeras a desaparecer entre bloques de hormigón, de los cariñosos saludos extremeños a las cabizbajas e indiferentes miradas de la multitud, del chato de vino y la tapa de colesterol al agua del Lozoya y la píldora de Simvastatina: “estás como angustiao, Moreno”, me dicen en casa. Y uno, que lo está, disimula su abulia sacando un pecho que, sin fuelle, alberga una cuartilla malmedía de la tarta de nostalgia que es el desarraigo congénito que padecemos los extremeños. Por otra parte, pienso que este estado de ánimo quizá tenga que adjudicarlo, paradójicamente, a la fortuna que he tenido este verano de conocer a personas, también extremeñas, cuyo hallazgo es un tesoro que, aluego, en la despedida –quizá pa siempre- se convierte en una nueva dosis para incrementar el nivel de melancolía. (“MU ÑOÑO, TESTÁS PONIENDO MORENO”, ME DICE MI TÚ).
Yo ya he cumplío sesenta: una edad envidiable, rayana en la plenitud pues -lejos de entenderla como un estertor vital- la aprecio como el principio de una senda placentera en la que (voy de contrastes) se cambia fuerza por un poco de sabiduría, gritos por razones, y, también (jejeje), pectorales por flácidas ubres. Y tan es así, digo de placentera, que uno intentaría de buena gana parar el inexorable reloj de arena, que es la vida, y, así, no añorar la juventud perdida ni temer al deterioro futuro que nos amenaza.
To esto lo cuento porque con la mayoría de gente con la que he disfrutado este verano, está en ese tramo de la vida y los he visto, en general, tan convencidos como yo de estar instalados en la más hermosa plenitud: “No queremos sino pararnos aquí y asina mismito”, es el mensaje que parecían expresar todos mis coetáneos cincuentones o sesentones. Visto lo cual, hemos de proponernos abandonar cuanto antes el desánimo del retorno, disfrutar todo lo bueno que nos oferta esta edad y conciliar felizmente nuestro lugar de residencia con el terruño que añoramos: es factible y necesario.
Y PARA LOS QUE ESTÉN SACUDIDOS –TRANSITORIAMENTE- POR ALGÚN BACHE EN LA SALUD: ¡MUCHO ÁNIMO!, YA MISMO ESTARÉIS DOMICILIADOS EN LA PLACENTERA DÉCADA DE NUESTROS SESENTA PA DISFRUTÁ A RAUDALES DE LA VIDA.
Buenas noches a todos,
Pero yo quiero hablar de contrastes, de La Serena a Madrid, de la encina al platanero, de andar por los caminos a hacerlo por las duras aceras, de cambiar el atajo y la vereda por el paso de cebra, de ver jundirse el sol entre las rastrojeras a desaparecer entre bloques de hormigón, de los cariñosos saludos extremeños a las cabizbajas e indiferentes miradas de la multitud, del chato de vino y la tapa de colesterol al agua del Lozoya y la píldora de Simvastatina: “estás como angustiao, Moreno”, me dicen en casa. Y uno, que lo está, disimula su abulia sacando un pecho que, sin fuelle, alberga una cuartilla malmedía de la tarta de nostalgia que es el desarraigo congénito que padecemos los extremeños. Por otra parte, pienso que este estado de ánimo quizá tenga que adjudicarlo, paradójicamente, a la fortuna que he tenido este verano de conocer a personas, también extremeñas, cuyo hallazgo es un tesoro que, aluego, en la despedida –quizá pa siempre- se convierte en una nueva dosis para incrementar el nivel de melancolía. (“MU ÑOÑO, TESTÁS PONIENDO MORENO”, ME DICE MI TÚ).
Yo ya he cumplío sesenta: una edad envidiable, rayana en la plenitud pues -lejos de entenderla como un estertor vital- la aprecio como el principio de una senda placentera en la que (voy de contrastes) se cambia fuerza por un poco de sabiduría, gritos por razones, y, también (jejeje), pectorales por flácidas ubres. Y tan es así, digo de placentera, que uno intentaría de buena gana parar el inexorable reloj de arena, que es la vida, y, así, no añorar la juventud perdida ni temer al deterioro futuro que nos amenaza.
To esto lo cuento porque con la mayoría de gente con la que he disfrutado este verano, está en ese tramo de la vida y los he visto, en general, tan convencidos como yo de estar instalados en la más hermosa plenitud: “No queremos sino pararnos aquí y asina mismito”, es el mensaje que parecían expresar todos mis coetáneos cincuentones o sesentones. Visto lo cual, hemos de proponernos abandonar cuanto antes el desánimo del retorno, disfrutar todo lo bueno que nos oferta esta edad y conciliar felizmente nuestro lugar de residencia con el terruño que añoramos: es factible y necesario.
Y PARA LOS QUE ESTÉN SACUDIDOS –TRANSITORIAMENTE- POR ALGÚN BACHE EN LA SALUD: ¡MUCHO ÁNIMO!, YA MISMO ESTARÉIS DOMICILIADOS EN LA PLACENTERA DÉCADA DE NUESTROS SESENTA PA DISFRUTÁ A RAUDALES DE LA VIDA.
Buenas noches a todos,