LA HABA: Como sabes, amigo Yole, para mí el comunicarme con...

Como sabes, amigo Yole, para mí el comunicarme con los demás (hablando o escribiendo, da igual), ha sido, y es, mi manera de ser y de vivir. Lo que pasa es que a veces me pregunto cuál es la intensidad con la que debo escribir en el Foro, y en qué clave: y no lo tengo muy claro. Ahora no paro de leer y escribir, así que me cuesta poco –aunque ya está publicado, pero como es mío lo repito aquí y ya está-, me cuesta poco decía, enviar esta ficción que espero te guste, y, mientras llega la Velá, entretenga a algún jabeño que nos lea), ahí va:

(Trato de poner en pie, previa autocensura (que era conveniente) y –desde luego- con la recientísima AUTORIZACIÓN del buen extremeño, y mejor amigo, que la ¿sufrió?, y que me la confió, una historia del submundo madrileño en los años sesenta).

“Cuando me dijo que necesitaba compaña, me rendí. Se me metió en la cama como se mete un niño pequeño que desea sentir el calor maternal. Porque en aquel Madrid de los sesenta, en las pensiones del centro de la capital, bullía la vida de estudiantes, opositores, carteristas, putas, maletillas, funcionarios solteros, u otra gente de malvivir, y una noche cualquiera, sin pretenderlo, podías erigirte en protagonista de una comedia, o un drama, por el simple hecho de estar allí como huésped de pago, que era mi caso: “Anda, hazte p’allá, me dijo”, y arropándose hasta las cejas se me pegó como una lapa al amasijo de huesos que entonces componía mi cuerpo de diciochoañero.

Yo ya había leído “Lola, espejo oscuro”, del falangista y censor Darío Fernández Flores – mu listo el mamón- que, contradictoriamente, escribía novelas tremendistas/naturalistas muy censurables para la época, rozando a Zola, pero describiendo el Madrid de los cincuenta. El caso es que, en 1969, en la plaza de Tirso de Molina, al lado de la sala de fiestas “Yulia”, que estaba en el núm. 1, había un inmueble inmenso de cuatro pisos –sin ascensor- en el que sólo había pensiones. Los estudiantes llegados de fuera se dividían entre las casas de familiares, los colegios mayores (para pijos, entonces llamados “niños bien”) y las pensiones: yo estaba en una de ellas, y había que trabajar para pagarla.

El personaje de la novela de DFF que yo había leído, la prostituta “Dolores Vélez”: espléndida de formas en el trato, escultural, sensual, pícara, pérfida, y, por encima de todo, codiciosa, en nada se correspondía con aquella otra mujer con la que coincidía cada mediodía a la hora del almuerzo –para ella desayuno- que estaba echada a la vida por cuatro chavos, por más que me contara –una y otra vez- que era trabajadora nocturna en los famosos Almacenes Arias. No era del todo incierto porque sus labores como puta las oficiaba en los aledaños del núm. 29 de la calle de la Montera, sede del citado comercio, donde negociaban el precio de sus alivios los entonces tímidos o reprimidos, los que sufrían alguna tara física, algún viudo, jubilados verdosos, o, sencillamente, ese viajante bocazas de provincias –muy religioso por supuesto- que le apetecía echar lo que entonces se llamaba “una cana al aire” para después, desde luego, contarla en la taberna.

Volviendo a lo que quería contar, que es cosa descarnadamente mundana, mi cuerpo de entonces estaba doblemente habitado por un adolescente tardío -al que le perdía la voluptuosidad de aquella mujer entrada en años-, que, a la par, convivía –bajo mi misma piel- con un incipiente proyecto de hombre maduro al que ya le movían ciertas dosis de piedad y misericordia: y entonces aprendí, para siempre, que para entregarse a las pasiones ha de hacerse ciega e irreflexivamente, exento de contradicciones, para evitar ese placer martirizante que me embargaba y que captó –cabalmente- mi inesperada visitadora al espetarme: “tú, so desaborío, ¿eres lila o no te gusto?, ¡no estás del tó pa mí!”. Yo, que no me atrevía ni a tutearla, busqué justificantes infantiles para escabullirme de mi intermitente timidez y balbuceé algo sobre la inmunda pensión. Qué hacer, y qué decir, cuando buscando también ella sus justificantes me confesó –con una verdad a medias- que su “sueldo” de Almacenes Arias lo dividía “entre el giro postal que es sagrao cada mes, pa que coma mi niño, porque yo tengo una criatura sin padre en mi pueblo; el pago de la pensión esta, y lo que me echo encima mío, ques mu poco”.

(Contraponiendo esta bondad a la fría y calculadora actuación de la puta que dibujaba la novela de Darío Fernández, el alma se te encoge, concluyendo, en que no es lo mismo putear por codicia que ejercerlo por necesidad). Y a continuación me acribilló: “Y te digo más, que te llevo mirando dos meses de reojo sin que me digas ni mú: Yo tengo coño p’hacer una partición más de mi sueldo y llevarte a un piso fuera de aquí”. Y AQUELLO ME ACOJONÓ. La luz del día se echó encima de tanta oscuridad, y aquella noche terminó de la manera que no puede escribirse aquí.

La pensión aquella, y todas las de la época, era (como un preludio de “Gran Hermano/Fb”, pero en vivo) un escenario en el que los hechos y ocurrencias que acaecían o se suscitaban, se mullían entre todos los presentes, todo se expresaba por todos, todo se comentaba, todo se sabía y lo que no, se intuía; y hasta los apartijos de mensajería que eran las habitaciones, eran escudriñadas por la administradora arpía que regentaba el negocio. La misma que, en plena comida del mediodía, con los ocho huéspedes cuchareando en los platos, se presentó en el comedor y con una mano enjarretada en la cadera y con la otra señalando, sentenció: ¡TÚ Y TÚ, DESPUES DE CORMER, COGÉIS LOS BÁRTULOS Y, DESPUES DE PAGÁ, OS DAIS EL TOLI, QUE EN ESTA CASA DECENTE NO CABEN NI CHULOS NI PUTAS NI MARICONES”. Esta afrenta pública, recibida en el más estruendoso de los silencios, hizo que ella –envuelta en un llanto escandaloso- se perdiera para siempre; y yo aguanté el tirón, pero por muy poco más, porque –sin despedirme- perdoné el postre

Cuando mi amigo –entre liberado y compungido- terminó de contarme lo que dio de sí la noche, yo –como para quitarle hierro al asunto- le pregunté: ¿entonces, se te fue viva? Y al jodío, no le hizo ni puta gracia mi pregunta.

Buenas madrugás, jabeños.