Como tú sabes, Catalán, tener un primo segundo –cuando éramos chicos- era como tener un tesoro. Porque se le quería como de la familia y se le disfrutaba como al mejor amigo. Recordarás con qué cariño nos echábamos el brazo por el hombro para caminar juntos, o para pregonar “garrotes por alfileres”; o cómo nos guarecíamos en las casas hechas con desechos de tablas en el corral para ver llover, cómo nos hacíamos cosquillas y nos mondábamos de risa, al lado de las conejeras –de las que recuerdo el olor a hierba- hechas también de tablas desvencijadas y tela metálica. Recuerdo las tortolillas que traía del campo tu hermano, otro primo del alma, al que tanto le gustaba cuidar de los pajaritos y de cualquier animal indefenso. Recuerdo también a las dos ovejas churras de “Pavía”, una de lana negra, que agotaban cabizbajas los “jaces” enteros de hierba fresca.
Un primo segundo, entonces, era algo muy grande: cómplice de travesuras –como “tirar un tiesto”-, defensor de los primos más débiles, depositario de secretos, solidario con tus preocupaciones infantiles y tantas otras cosas: qué recuerdos más agradables tengo de mis primos. A mí esto, como casi todo, me lleva a la calle de la Perra, que es como el eje de mis recuerdos infantiles por más que haya vivido en otro sitio después. Recordarás cómo, con tu hermano, esperábamos pacientes las horas que hiciera falta para que Agustín “Porrajierro” nos diera aquella rueda y el gancho de hierro que compartíamos incansables por todo el arroyo. Y los juegos de la picota, la vara y el mocho con sus “carucas”, el gua y el catre, “a lo que quiera el mundo”, las cuatro esquinas, “arriba las manos”, el escondite, el cinturón “corrío”, aceitera/vinagrera….., al hueso, a “entera”, y tantos otros. Cómo nos jugábamos los santos, aquellas banderitas de las cajas de mistos que eran como el dinero infantil, que intercambiábamos por bolindres, bolas y cristalines (cómo pesaba el “decín”). Todo aquello, recordarlo, hoy tiene que darnos vida.
Recuerdo cuando nos salió el bigote, que no nos afeitábamos, un bigote negro que nos hacía parecer un gatito con una golondrina en la boca. El primer cigarrillo, bueno mejor la primera colilla cogida del jodío suelo de la calleja en el “Legío”, que nos fumábamos entre varios tirándonos de las orejas para tragarnos el humo que nos hacía toser de aquella manera. Recuerdo el pan con aceite y azúcar comido en tu casa en las tardes de invierno, o un tomate con sal en verano, jícaras de chocolates muy pocas veces porque no era cosa para pobres, en fin, que seguimos siendo para estas cosas los mismos primos que fuimos. Hoy, quizá la vida en la ciudad lo haya cambiado todo, un primo es alguien muy lejano al que sólo se le ve muy de tarde en tarde, cuando no en momentos extremos: y esto es penoso.
Ya termino, deseándote que este fin de semana –con descanso- te restablezcas del todo respecto al viernes que pronto será cosa olvidada. Y lo que no se me olvida, es la ronda de chatos que me voy a beber contigo la próxima vez que vaya a Barcelona, ya mismo.
Un abrazo, primo.
Un primo segundo, entonces, era algo muy grande: cómplice de travesuras –como “tirar un tiesto”-, defensor de los primos más débiles, depositario de secretos, solidario con tus preocupaciones infantiles y tantas otras cosas: qué recuerdos más agradables tengo de mis primos. A mí esto, como casi todo, me lleva a la calle de la Perra, que es como el eje de mis recuerdos infantiles por más que haya vivido en otro sitio después. Recordarás cómo, con tu hermano, esperábamos pacientes las horas que hiciera falta para que Agustín “Porrajierro” nos diera aquella rueda y el gancho de hierro que compartíamos incansables por todo el arroyo. Y los juegos de la picota, la vara y el mocho con sus “carucas”, el gua y el catre, “a lo que quiera el mundo”, las cuatro esquinas, “arriba las manos”, el escondite, el cinturón “corrío”, aceitera/vinagrera….., al hueso, a “entera”, y tantos otros. Cómo nos jugábamos los santos, aquellas banderitas de las cajas de mistos que eran como el dinero infantil, que intercambiábamos por bolindres, bolas y cristalines (cómo pesaba el “decín”). Todo aquello, recordarlo, hoy tiene que darnos vida.
Recuerdo cuando nos salió el bigote, que no nos afeitábamos, un bigote negro que nos hacía parecer un gatito con una golondrina en la boca. El primer cigarrillo, bueno mejor la primera colilla cogida del jodío suelo de la calleja en el “Legío”, que nos fumábamos entre varios tirándonos de las orejas para tragarnos el humo que nos hacía toser de aquella manera. Recuerdo el pan con aceite y azúcar comido en tu casa en las tardes de invierno, o un tomate con sal en verano, jícaras de chocolates muy pocas veces porque no era cosa para pobres, en fin, que seguimos siendo para estas cosas los mismos primos que fuimos. Hoy, quizá la vida en la ciudad lo haya cambiado todo, un primo es alguien muy lejano al que sólo se le ve muy de tarde en tarde, cuando no en momentos extremos: y esto es penoso.
Ya termino, deseándote que este fin de semana –con descanso- te restablezcas del todo respecto al viernes que pronto será cosa olvidada. Y lo que no se me olvida, es la ronda de chatos que me voy a beber contigo la próxima vez que vaya a Barcelona, ya mismo.
Un abrazo, primo.