La antigua calle de la Perra, en los años cuarenta (y sobre todo por las puertas falsas) era muy distinta a la actual. Los números pares terminaban en la casa de Eugenio “Culopuerco”, y los impares –que se quedaban bastantes más cortos- se agotaban en la que hoy es la casa de Eugenio “el Obispo”.
Quisiera contar una anécdota sobre la primera y otra sobre la segunda.
La picaresca,
El padre de los actuales “Culopuerco”, que son Eugenio, Fidel y Tomás, regentaba una taberna en la casa antes citada. Como todos los taberneros, para incrementar un pelín las ganancias, al vino que compraba en Villanueva y que preveía vender al día siguiente, le añadía una porción de agua, todas las noches se repetía la operación de aguado. Y cierto día, un cabo de la Guardia Civil de infausto recuerdo, después de saborear una cubeta de vino, miró a Eugenio y le dijo: “Se te ha ido la mano con el agua”. Cerrada la taberna, el matrimonio se dispuso –como cada noche- a repetir la impostura y él le contó a ella lo del cabo, añadiéndole: “Yo le eché la misma de siempre”, y ella –muerta de risa- le contestó: “Y yo también, le eché la misma por mi cuenta”. Sin pretenderlo, habían duplicado las ganancias.
La burrez,
Antes de que el “Obispo” comprara su actual casa, vivió en ella tío Gaspar “Pan blanco” (padre de Claudio el carpintero, q. e. p. d.). El hombre se ganaba la vida –entre otras tareas- trayendo jara para los hornos. Una madrugada, el burro que empleaba para el transporte se levantó inquieto, el trataba de cincharle pero el burro movía su panza y cabeceaba constantemente sin permitirle fijar el aparejo: “ ¡Me cago en Dios y en tu puta madre: tate quieto de una puta vez!”, dijo y repitió sin lograr que la bestia se calmara. Y en esto que, indignado tío Gaspar, se quitó su cinturón y con los mismos improperios repetidos por su boca se lió a cinturonazos con la bestia. De pronto, aparece el Cabo Sánchez y un número de la Guardia Civil, le quita a Gaspar su propio cinturón –y luego de recordarle la prohibición de blasfemar- le da tantos correazos que su mujer, todavía en la cama, grita indignada desde adentro: “ ¡Chiascho, deja ya de pegar a ese pobre burro!.
Saludos a toda La Perra.
Quisiera contar una anécdota sobre la primera y otra sobre la segunda.
La picaresca,
El padre de los actuales “Culopuerco”, que son Eugenio, Fidel y Tomás, regentaba una taberna en la casa antes citada. Como todos los taberneros, para incrementar un pelín las ganancias, al vino que compraba en Villanueva y que preveía vender al día siguiente, le añadía una porción de agua, todas las noches se repetía la operación de aguado. Y cierto día, un cabo de la Guardia Civil de infausto recuerdo, después de saborear una cubeta de vino, miró a Eugenio y le dijo: “Se te ha ido la mano con el agua”. Cerrada la taberna, el matrimonio se dispuso –como cada noche- a repetir la impostura y él le contó a ella lo del cabo, añadiéndole: “Yo le eché la misma de siempre”, y ella –muerta de risa- le contestó: “Y yo también, le eché la misma por mi cuenta”. Sin pretenderlo, habían duplicado las ganancias.
La burrez,
Antes de que el “Obispo” comprara su actual casa, vivió en ella tío Gaspar “Pan blanco” (padre de Claudio el carpintero, q. e. p. d.). El hombre se ganaba la vida –entre otras tareas- trayendo jara para los hornos. Una madrugada, el burro que empleaba para el transporte se levantó inquieto, el trataba de cincharle pero el burro movía su panza y cabeceaba constantemente sin permitirle fijar el aparejo: “ ¡Me cago en Dios y en tu puta madre: tate quieto de una puta vez!”, dijo y repitió sin lograr que la bestia se calmara. Y en esto que, indignado tío Gaspar, se quitó su cinturón y con los mismos improperios repetidos por su boca se lió a cinturonazos con la bestia. De pronto, aparece el Cabo Sánchez y un número de la Guardia Civil, le quita a Gaspar su propio cinturón –y luego de recordarle la prohibición de blasfemar- le da tantos correazos que su mujer, todavía en la cama, grita indignada desde adentro: “ ¡Chiascho, deja ya de pegar a ese pobre burro!.
Saludos a toda La Perra.