LA HABA: Contestando a UNOMAS, debo decir que para acceder en...

Contestando a UNOMAS, debo decir que para acceder en los años cincuenta y sesenta al Bachillerato se hacía a través de un examen de “Ingreso” y, lógicamente, con el consentimiento de los padres, quienes con mucha generosidad - como bien dijo CABALLERO- prefirieron la formación del hijo a la aportación que pudieran haber hecho a la economía familiar.

Fue en el año de l954 cuando el entonces alcalde de Villanueva, D. Celedonio Pérez, puso a disposición del Ministerio de Enseñanza los terrenos de la Avda. de Chile y todo cuanto hizo falta para poner en marcha la construcción del Instituto Laboral “Pedro de Valdivia”; pero antes de su inauguración (curso l959-60) –ya contando con la autorización ministerial, a la que ayudó mucho Rodríguez de Valcárcel- se impartieron previamente tres cursos (l956-1958) en unos locales que había frente al mercado de San Francisco, justo donde estaba “La Zona” de reclutamiento militar.

Los primeros diez alumnos jabeños en la historia del Instituto, si la memoria no me falla, fueron por orden de matriculación los siguientes:

Francisco Albújar, “Paco Boina”
José Albújar, “Pepe Arriscao”
Antonio González, “el de las Evaristas” (q. e. p. d., murió durante el 2º curso)
Carlos Rodríguez, “Carlos el de Robles”
Antonio Andrades, “Carolo”
Pedro Moreno “Cortecita”
José Gómez “Pepe Práxedes”
Lorenzo Rodríguez, “Loren el de Robles”
Antonio Moreno, “el de la Candela de Carril”
Angel Robles (¿), “el de la Felisa Merienda”.

Como decía Caballero Andaluz, para un niño de diez años (uno de ellos comenzó con nueve), recorrer –a veces en la noche invernal extremeña- aquel tramo de carretera, era realmente un sacrificio. Las bicis de entonces pesaban un horror, se les salía un montón de veces la cadena y pinchaban con facilidad: hay que ponerse en la piel de un niño adosando de noche un parche con solución “Sami” a una cámara de goma que primero había que desmontar; en fin, aquello no era el paraíso. Y sobre todo, se pasaba miedo: era una carretera formada por un compacto arco vegetal, casi opaco (inexplicablemente extinguido) desde la “Casa de la Felisa Merienda” hasta la “Fábrica de Fosfatos”, el viento zarandeaba toda aquella masa arbórea y a uno se le aparecían todos los sacasebos del mundo saliendo de aquella selva.

Además de estudiar, la mayoría de ellos también echaba una mano en casa: bares, pescaderías, tiendas y en trabajos del campo. Dicho lo cual, mi reconocimiento – más que a la par de aquellos- al resto de los niños que con la misma o menor edad ya trabajaban pastoreando ovejas o cerdos, haciendo picón, descuajando montes, de pinches en la construcción y, sobre todo, trabajando en las duras tareas del campo.

(De ninguna manera se me han olvidado las niñas, que hicieron los mismos sacrificios que los niños y que merecerán otro relato aparte; mi admiración anticipada por “la Casi”, que también usó bicicleta: una jabeña valiente que adquirió cultura con mucho sacrificio, y aprendió el arte de coser, cortar y confeccionar; además de poseer una gran inteligencia natural que luego puso al servicio público con su inmersión en tareas políticas municipales).

Buenas noches a todos