Mi querida Victoria, si me achacas la virtud de abrirte el laberinto de tus recuerdos, yo te agradezco la que tienes de calentar mi pluma con tus ocurrencias y luego enfriarla con tus cautelas: aunque este constante coitus interruptus al que me sometes con la escritura, puede abocarme a un trauma que –no tengas duelo- en absoluto restará un ápice de mi entusiasmo por ella, pero me puede llevar a exigirte que copagues las facturas de mi psicólogo.
Tú amiga, que me quieres bien, con ese “yo me desmarco…” me quieres alertar de que en ese tema hay moros en la costa: tomo nota. No puedes negarme, sin embargo, que tu petición y tu desmarque no tenga algo de contradictorio: también medio en broma, que es igual que medio en serio, me “provocas” y me sueltas lo del ORO: ¡Qué morbazo!, me muero por acometerlo, ya me has calentado la pluma, pero –después de verificar por ti misma lo de la balanza para pesarlo- ¿no vas a intervenir en un tema tan jabeño?: onzas, compras de casas ¡PUFF!. Si me quieres bien, que es así, no me ofrezcas el título de cronista, me sugieras el tema, me apiles “el material” y luego me acojones: no querrás que me digan “ ¡aburrile, aburrile”. Bueno, tómate todo esto como contenido para rellenar nuestras ausencias de sueño, que no es poco.
Ya en serio, Victoria, ya ves que hoy soy todo tuyo, quiero confesarte (si me reitero, me perdonas) que profeso una especie de religión que, siendo laico y descreído como soy, he procurado llevar hasta sus últimas consecuencias. A veces no lo he logrado porque soy pecador pero de omisiones actos veniales. Este credo mío consta de un solo mandamiento y, este a su vez, de dos palabras: “No dañar”. Y antes de dañar, es mejor abrirse: lo que pasa es que para entretener, hay que arriesgar un poquillo, pero no sé que te parecerá a ti, bueno y a todos los demás, yo creo sinceramente que relatamos con respeto.
(Eres tan prolífica en dejar caer asuntos que no doy abasto: un día de estos hablaré sobre lo que sé de los Pueyos, que es nada, es un tema en el que estoy pez; PERO…., en la Plazuela, vivían: una señora soltera, o dos, a las que “sirvió” la “Lupa”; Pepe Forcallo con su segunda mujer, Anita; Luís “Chinche”; en unos cuartos anejos, vivió “La Tilsa”, una indigente sin origen conocido que la recuerdo siempre matando pulgas; y en la esquina, una cuñada de “Tortera”, la Manuela, que tenía un ultramarino. Pero Pueyo ¿? Con toda intención he dejado a don Casto porque me dejastes caer que ya me hablarías de él: ni por un momento puedo pensar, porque mi mente está calenturienta e hirviendo, que su apellido fuera el mismo que tenían los hermanos Javier, Catalina, Pantaleón, Fernando y CASTO DEL PUEYO Y PUEYO, socios fundadores de Banca Pueyo, S. A., porque si esto tuviera una ligazón, bueno, no sé, me daría algo así como un patatús).
Buenas noches a todos
Tú amiga, que me quieres bien, con ese “yo me desmarco…” me quieres alertar de que en ese tema hay moros en la costa: tomo nota. No puedes negarme, sin embargo, que tu petición y tu desmarque no tenga algo de contradictorio: también medio en broma, que es igual que medio en serio, me “provocas” y me sueltas lo del ORO: ¡Qué morbazo!, me muero por acometerlo, ya me has calentado la pluma, pero –después de verificar por ti misma lo de la balanza para pesarlo- ¿no vas a intervenir en un tema tan jabeño?: onzas, compras de casas ¡PUFF!. Si me quieres bien, que es así, no me ofrezcas el título de cronista, me sugieras el tema, me apiles “el material” y luego me acojones: no querrás que me digan “ ¡aburrile, aburrile”. Bueno, tómate todo esto como contenido para rellenar nuestras ausencias de sueño, que no es poco.
Ya en serio, Victoria, ya ves que hoy soy todo tuyo, quiero confesarte (si me reitero, me perdonas) que profeso una especie de religión que, siendo laico y descreído como soy, he procurado llevar hasta sus últimas consecuencias. A veces no lo he logrado porque soy pecador pero de omisiones actos veniales. Este credo mío consta de un solo mandamiento y, este a su vez, de dos palabras: “No dañar”. Y antes de dañar, es mejor abrirse: lo que pasa es que para entretener, hay que arriesgar un poquillo, pero no sé que te parecerá a ti, bueno y a todos los demás, yo creo sinceramente que relatamos con respeto.
(Eres tan prolífica en dejar caer asuntos que no doy abasto: un día de estos hablaré sobre lo que sé de los Pueyos, que es nada, es un tema en el que estoy pez; PERO…., en la Plazuela, vivían: una señora soltera, o dos, a las que “sirvió” la “Lupa”; Pepe Forcallo con su segunda mujer, Anita; Luís “Chinche”; en unos cuartos anejos, vivió “La Tilsa”, una indigente sin origen conocido que la recuerdo siempre matando pulgas; y en la esquina, una cuñada de “Tortera”, la Manuela, que tenía un ultramarino. Pero Pueyo ¿? Con toda intención he dejado a don Casto porque me dejastes caer que ya me hablarías de él: ni por un momento puedo pensar, porque mi mente está calenturienta e hirviendo, que su apellido fuera el mismo que tenían los hermanos Javier, Catalina, Pantaleón, Fernando y CASTO DEL PUEYO Y PUEYO, socios fundadores de Banca Pueyo, S. A., porque si esto tuviera una ligazón, bueno, no sé, me daría algo así como un patatús).
Buenas noches a todos