Con un cronómetro en una mano y la otra ceñida al cuello, he ido contando las pulsaciones que vengo escuchándome desde hace unos días: ciento quince por minuto. No sé si son muchas o pocas, pero este palpitar libre de esfuerzo y sin previo aviso –anárquico- me está privando de sosiego y ha hecho que me acerque al médico. Tengo un solo antecedente al respecto: cuando me sentí enamorado la primera vez. Y esto, azuzado por mi imaginación inquieta, me lleva a escribir sobre algo tan vasto como es el amor, el primer amor.
Los hombres, en nuestra torpe y grosera vanidad, siempre queremos ser el primero para con la mujer; ellas, más sutiles e inteligentes, prefieren que el hombre del que se trate sea el último en su vida. Pero unos y otras, todos sin excepción, tuvimos nuestro primer amor. Yo, como es seguro que vosotros también, disfruté y sufrí esa perturbadora experiencia en el entorno de la adolescencia jabeña y sentí: alegría incontenible, deseo exacerbado, estremecimiento, celos, miedo, tormento, y el desquiciado latir de este mismo corazón.
Aquella niña jabeña, aquel jabeño, esa persona que estuvo tan dentro de nuestro ser y que –quizá- no hayamos nombrado nunca jamás, no ha sido –con toda seguridad- la que ha compartido con nosotros la vida. Porque ese amor primero debe consentirlo el Misterio de la vida exclusivamente para el recuerdo y como un entrenamiento del sufrir que nos aguarda, pues una vez roto –que es siempre- se anticipa: la tristeza, el enojo, el resentimiento, la ansiedad, la depresión, y el desquiciado latir del mismo corazón.
Ese primer amor que nunca nombramos sin estar prohibido; que alguna noche aflora en sueños inextricables; ese que no entendía de ahorros, hipotecas, caca y fiebre de niños; ese que se rompió por una traición, por celos, o por una simple mirada a destiempo; ese que te inquietaba hasta la ansiedad enfermiza, convéncete (como decía la entrañable Rocío), convéncete, es una jugada de los dioses del destino que está hecha como vacuna de la nostalgia. A mí no me alberga ninguna duda, el primer amor – que siempre deja una marca indeleble- nunca puede ser el amor de tu vida.
Pero hete aquí que a mí se me sale el corazón por la boca, y yo – que sólo pretendo ser el último hombre en la vida de mi mujer- ahora empiezo a dudar si estos síntomas cardiacos no serán indicio de que disfruto mi primer amor. Creo, sincera y afortunadamente, que no.
(¿Compartís algo de lo de arriba?, siempre vuestra, Elena Francis.
Buenas noches a todos,
Los hombres, en nuestra torpe y grosera vanidad, siempre queremos ser el primero para con la mujer; ellas, más sutiles e inteligentes, prefieren que el hombre del que se trate sea el último en su vida. Pero unos y otras, todos sin excepción, tuvimos nuestro primer amor. Yo, como es seguro que vosotros también, disfruté y sufrí esa perturbadora experiencia en el entorno de la adolescencia jabeña y sentí: alegría incontenible, deseo exacerbado, estremecimiento, celos, miedo, tormento, y el desquiciado latir de este mismo corazón.
Aquella niña jabeña, aquel jabeño, esa persona que estuvo tan dentro de nuestro ser y que –quizá- no hayamos nombrado nunca jamás, no ha sido –con toda seguridad- la que ha compartido con nosotros la vida. Porque ese amor primero debe consentirlo el Misterio de la vida exclusivamente para el recuerdo y como un entrenamiento del sufrir que nos aguarda, pues una vez roto –que es siempre- se anticipa: la tristeza, el enojo, el resentimiento, la ansiedad, la depresión, y el desquiciado latir del mismo corazón.
Ese primer amor que nunca nombramos sin estar prohibido; que alguna noche aflora en sueños inextricables; ese que no entendía de ahorros, hipotecas, caca y fiebre de niños; ese que se rompió por una traición, por celos, o por una simple mirada a destiempo; ese que te inquietaba hasta la ansiedad enfermiza, convéncete (como decía la entrañable Rocío), convéncete, es una jugada de los dioses del destino que está hecha como vacuna de la nostalgia. A mí no me alberga ninguna duda, el primer amor – que siempre deja una marca indeleble- nunca puede ser el amor de tu vida.
Pero hete aquí que a mí se me sale el corazón por la boca, y yo – que sólo pretendo ser el último hombre en la vida de mi mujer- ahora empiezo a dudar si estos síntomas cardiacos no serán indicio de que disfruto mi primer amor. Creo, sincera y afortunadamente, que no.
(¿Compartís algo de lo de arriba?, siempre vuestra, Elena Francis.
Buenas noches a todos,