LA HABA: Cuando éramos aún más pobres, casi todas las cosas...

Cuando éramos aún más pobres, casi todas las cosas se arreglaban, se componían o se remendaban. La vida útil del calzado como una alpargata, por ejemplo, o una abarca, un boto o un zapato, no la marcaba el deterioro del material, ni por su puesto la moda (que no existía): lo marcaba, única y exclusivamente, el crecimiento.
Y afinando un poco más, ni siquiera el crecimiento: porque siempre había en casa un potencial heredero para ponerse ese zapato desechado por el hermano mayor. Pero los artífices de conceder la eternidad al calzado eran nuestros simpáticos zapateros remendones: “El Cano”, Isidro “el tuno”, Antonio “el Mudo”, Antonio Vaca “el Cojo”, Casimiro “Casimiro”y Antonio “el Famenco”. ¿Me olvido alguno?, podría añadir a tío Macario “el de la Lancha”, este era el mas viejo de todos. Y puestos a recordar, nombraré a un alumno (sordo listísimo) de “el Flamenco” que se llamaba Jacinto “el del Mantero”, que luego se fue a Guareña ya crecido y hecho un profesional.

Excepto “El Cano”, todos están muertos. Todos, siendo tan grandes, tenían “una falta” que se decía entonces: un sordomudo, dos jorobados, tres cojos muy cojos y un cojo. Cuánto me gustaría hacer una semblanza de cada uno de ellos pero, siendo esto muy largo, sólo contaré algún retazo que se me ocurra. Los zapateros todos tenían fama de tener mala leche, pero yo me quedo con su ingenio que era mucho y su virtuosa paciencia.

Antonio “el mudo”, sabía leer y escribir a la perfección y jugaba al chamelo de maravilla. Pero qué le pasaría a este hombre que te rascabas por fuera la nariz y se ponía de los nervios, mosqueao total y se pescaba un cabreo que casi hablaba: dicen, que igual que sus dos hermanos también mudos, frotarse la nariz lo tomaba como insulto familiar porque eran muy chatos, chatísimos. Otro que se cabreaba mucho era Casimiro cuando en el matiné los músicos cantaban por Machín: “…y en mi pecho yo tengo una flor…..”, y algún cachondo saltaba: “y Casimiro una maceta en la espalda”. Pero a mi amigo Casi, q. e. p. d., le debo con creces un capítulo entero que ya acometeré.

Las armas más corrientes del zapatero para trabajar el cuero y el caucho eran la lezna, los cabos, los clavos, el cerote, el dandi, y las máquinas de coser y cortar. Pero a mí lo que me hacía ilusión era decir: “Casimiro, hombre, clávame aquí un satín”. Qué bien sonaba todo aquello, qué bonito era mirar cómo trabajaban, qué gusto conversar con ellos en los días de lluvia, y presenciar las peticiones de trabajo:”Échame medias suelas”, “Ponme el tacón”, “Antonio, unos filis y las tapas”.

Llegó la moda –y el dinerillo- y jodió la profesión. Pero estoy seguro que con la crisis, si vuelve el zapatero, con su honrado trabajo podría solucionar su problema de paro y la carestía de la vida a algún necesitado. (SE RUEGA NO SACAR ESTA FRASE DE CONTEXTO).
¡Gloria eterna para nuestros entrañables zapateros jabeños!.

Buenas noches a todos,