LA HABA: Uno de los hombres más templaos que yo he conocido...

Uno de los hombres más templaos que yo he conocido pisando el campo, se llamaba “Machaco”. Alto de estatura, moreno de tez, ojos muy grandes y negrísimos, pelo abundante color azabache, sano y fuerte como un roble y erguido como un chopo fue, hasta su ocaso, un hombre dotado para sobrevivir en la soledad de la Sierra Jabeña. Le admiré a distancia y alguna vez le observé de cerca: era hombre de pocas palabras, mirada bondadosa y honrado a carta cabal.

Sin más armas que sus inmensas manos, este hombre –cuando la Ley lo permitía- cazó todo tipo de alimañas con la inteligencia del hombre primitivo: conocía igual de bien las costumbres de la astuta raposa, el vuelo de un milano o las camas de las culebras. Cuando la captura de alguna alimaña lo requería, caminaba descalzo y silencioso por senderos que a los comunes no nos está dado transitar.

Su reloj vital estaba invertido, pues cuando el pueblo se desprendía de sus legañas, él -ya de vuelta- aparecía andando con sosiego detrás de su burra parda y -colgados a su lomo- cuatro o cinco zorros muertos, cuando no lobos, que luego entregaba en Don Benito a cambio de unas pesetas. Había veces que yo me sentaba en el umbral de mi casa, no para ver lo cazado, sino para contemplar la majestuosidad de su figura y recibir su “cantío”. Un día, después de esperarle durante un par de semanas, fui alarmado a preguntar por él: “Ha metido la mano en una zorrera para sacar una zorra y le ha mordido”, me dijo PP, añadiendo, “pero él apretó hasta que la estranguló y la sacó muerta”. Y por ello estuvo un par de semanas sin armas.

Lástima que llevara su instinto cazador hasta límites temerarios. Pues un día, luego de muchos y muchos años de caza primitiva, introdujo su mano derecha en un canchal con la intención de extraer no se sabe bien qué alimaña, cuando sintió –según contaría en la taberna- como si le hubiera rozado una ortiga. Pero cuando se miró el antebrazo estuvo seguro de su desgracia: le había picado una víbora. Clavó sus dientes sobre la señal de los dos colmillos venenosos y se desgarró la piel hasta sangrar, pero el veneno ya corría por sus venas.

Todavía joven, rondaría los cincuenta, su perfecta arquitectura comenzó a resquebrajarse, se quedó sin fuerzas, perdió musculatura y luego adelgazó de manera alarmante. Ya nunca fue el mismo, desconozco si se superpuso alguna enfermedad para agotarlo tan aprisa, pero desapareció el tarzán que llevaba dentro. (Q. e. p. d.).

Buenas noches a todos,