LA HABA: Los niños y niñas jabeños conocimos el hielo cuando...

Los niños y niñas jabeños conocimos el hielo cuando descubrimos el carámbano. Es verdad que el granizo -fruto de las tormentas- también era hielo, pero su estado sólido era tan fugaz que apenas daba tiempo a disfrutarlo con el juego como era el caso del carámbano: éramos tan pequeñitos, tan delgados, que nos posábamos como pajaritos encima de algo tan extraño a nuestros ojos como era el hielo. Creyéndonos ajenos a la realidad, casi ingrávidos, nos desplazábamos con nuestras catiuscas soñando en nuestro particular glacial ártico jabeño. Cuando la placa se quebraba, que era casi siempre, un borbotón de agua gélida nos devolvía a la realidad, anegando nuestras flamantes botas negras, su forro blanco inmaculado y casi congelaba nuestros piececillos, que sólo se reanimarían al calor de algún brasero.

Era un poco como en Macondo. Y “muchos años después”, he querido convertirme en niño y, sabiéndome hermoso en el peso, me he reído al pensar qué hubiera pasado esta mañana de haberme posado sobre el carámbano que cubría un lago que tengo muy cerca de casa. Bajando el listón, me he dicho: “me conformo con partirlo de una pedrá” (otro entretenimiento que teníamos en el arroyo); y entonces, me he empleado en buscar una piedra que me ha sido imposible encontrar en los alrededores del lago (por algo es artificial), ¡ni una jodida piedra!, así, “ ¿cómo voy a jugar a ser pequeño?”, he pensado. Y descartándolo, me he tomado un vaso de vino.

(El término castellano de carámbano, no se corresponde con el jabeño, pues aquel lo entiende como gotas de agua que se congelan al gotear desde un tejado, o un canalón, en forma cónica y alargada, nunca como placas horizontales de agua helada, sino como algo parecido a las estalactitas minerales que como joyas naturales se aprecian en las Cuevas de Nerja). Pero para nosotros los jabeños, el carámbano es el carámbano.

(Hoy puede que algunos niños conozcan el hielo en los cubalibres: Dios quiera que no sea en La Haba).

Buenas noches a todos,

(Qué gusto que los amigos hablen por ti. Sí, ese pequeñín era mi padre; lo quise a rodar y no hay día que, por una cosa o por otra, no me acuerde de él).