En algún recoveco insondable de la memoria, o quizá del corazón, anidan sentimientos -inactivos durante años y años- que pasarían del letargo a la muerte si antes no mediara un chispazo vital que de nuevo los aflorase. Así, de pronto, basta una llamada de teléfono -o un mensaje en la red- para que se produzca el pequeño milagro de devolverte un amigo: ha sido el caso esta noche. Pero es que, siendo ya esto en sí mismo festivo y placentero, con el reencuentro -adosados a él- viene un torrente de recuerdos, imágenes y vivencias que enriquecen el hallazgo de manera exponencial: con qué sencillez puede uno sentirse feliz.
Esta noche, ya casi vencida, vuelvo a estar insomne. Esta contingencia que es una manera de restarle muerte a la vida, me regala tiempo para florear entre el libro y la pantalla, leer y escribir, beber y comer, y bien que me gustaría conjugar otros verbos que me abocaran al pecado.
Es necesario que llueva, aunque sea a cántaros.
Buenas noches a todos,
P. D.- Esta noche, Melchor, prefiero un güisqui.
Esta noche, ya casi vencida, vuelvo a estar insomne. Esta contingencia que es una manera de restarle muerte a la vida, me regala tiempo para florear entre el libro y la pantalla, leer y escribir, beber y comer, y bien que me gustaría conjugar otros verbos que me abocaran al pecado.
Es necesario que llueva, aunque sea a cántaros.
Buenas noches a todos,
P. D.- Esta noche, Melchor, prefiero un güisqui.