LA HABA: MALDITO PERRO...

MALDITO PERRO

Ni tú ni yo hemos dormido esta noche. Yo he aprovechado para fumar y a ti no se te ha ocurrido otra cosa que morirte: lo has hecho a las cuatro y media de esta madrugada. Lo sé porque en el pitillo de las cuatro y veinte he palpado tu cuello con mi mano, te confieso que trémula, y he contado en un minuto de reloj, una a una, las ciento sesenta y ocho pulsaciones de ese pedazo de corazón que tenías. Después, durante el pitillo de las cinco menos veinticinco te he levantado los párpados tres veces y se te han caído otras tres, como persianas desvencijadas. Luego te he acariciado el lomo y, al tacto, ya no he percibido el calor de tus músculos sino que he tenido la percepción de rozar una durísima madera cubierta de imposibles pelos de ébano. Durante mi vigilia he escudriñado mi mente y convengo en que nada puedo reprocharte, absolutamente nada; si acaso tu excesivo celo en morirte sin molestarnos: ni un gemido, ni un llanto; tú que supiste llorar y gemir aquel día cuando percibiste que en casa pasaba algo que nos preocupó. Te he hurgado en las mandíbulas para ver por última vez tus dientes, blancos como una hostia, y los he percibido vivísimos, esos mismos dientes que un día con un simple mordisco transformaron una bola de golf en un mapamundi lleno de cráteres. Recordaré tu mirada limpia, sumisa y bondadosa. Sé que tú me creías tu dios con mayúsculas, pero te confieso mi divina maldad: no te he dado más que briznas de felicidad en alguna que otra larga caminata, y más que hacerlo por ti lo hacía pensando en mi colesterol. Me maldigo ahora cuantas veces te llevé a la perrera porque te consideraba un estorbo para mis vacaciones: no se puede ser más imbécil. Te recordaré sabio y por tanto humilde. Qué error decir de tí “que lo único que te faltaba era hablar” cuando has sido dueño de un estruendoso silencio con el que tantas cosas me has enseñado.

Ya son las seis de esta fría mañana de noviembre y tengo que dejarte Nich, sólo me quedan dos cigarrillos de la cajetilla que anoche me viste comenzar y tengo que irme a trabajar. Eso que me preguntaste a las tres y pico sobre mis ojos fue una falsa percepción tuya, quizá la lluvia incipiente que caía y el exceso de tabaco te hicieron creer que lloraba. Pero bueno Nich, qué te has creído ¿quién coño va a llorar por un perro? Adios.