Muy buenas noches a todos. ¿Cómo os ha ido?, deseo que bien y espero que me lo contéis. Yo no me puedo quejar, ha sido un mes exactamente lo que he estado fuera de casa y me ha dado tiempo a hacer tantas cosas que tengo materia suficiente para escribiros durante otro mes, y así será. Qué pena que sólo dos amigos se acercaran a tomar una copa, pero la próxima vez lo haremos más extensivo. Por cierto, Victoria, mis costumbres no pueden ser más sencillas: paseo por el campo, hablar y hablar por todo el pueblo, beber y beber en la misma taberna, leer y leer en mi casa, mirar las estrellas por la noche, y, ya en la cama, pues dormir algo ¿no?. Y yo digo, cómo es posible que no nos hayamos visto, quizá nos hayamos visto y no nos hemos conocido, y esto es perdonable porque se lo endosamos a la edad provecta que nos disminuye la vista y todos en paz.
Efectivamente, Victoria, el cuadro de "Las Ánimas del Purgatorio" está en la Iglesia, y, aunque sea lo último que escriba esta madrugada, no me resisto a relatar una de las sensaciones más angustiosas que tuve en mi adolescencia precisamente transmitida por la "lectura" sosegada de esta obra.
El cuadro, del que desconozco el autor, es singular en la forma y en el fondo: la geometría es mixta, pues está compuesto de un semicírculo superior al que sigue un rectángulo; y mixto también es el arte empleado para su confección, al compendiar una pintura al óleo en la parte alta y una escultura en escayola, supongo, para completar la zona inferior. Su ubicación actual se encuentra donde antiguamente estaba el púlpito: entrando por la puerta principal de la iglesia es el tercer cuadro de la derecha si se exceptúan los del Viacrucis, después de contemplar una preciosa Virgen, que transmite paz a raudales, y de un San Antonio de Padua con Niño (muy sosos ambos, la verdad) aparece, abruptamente y en contraposición a la serenidad de las dos imágenes anteriores, esta alegoría del sufrimiento que a mí en un momento de mi adolescencia me hizo un flaco servicio a mi entonces férrea fe. Cómo es posible, me preguntaba yo entonces, que un Dios tan Misericordioso permitiera una antesala celestial rebosante de tanta crueldad. Conviene recordar aquí, para los que crean en la resurrección de la carne, que el sufrimiento en la calorina era en cuerpo y alma y no precisamente breve. Claro, estas cosas, lejos de acercarte a Dios, te hacían temerle y temerle cada día más. Y el que teme huye, y yo huí, alejándome de ese temor que me llevó primero a la duda, luego a la indiferencia, luego al olvido y de nuevo a la duda, y hasta hoy.
Si la memoria no me falla, el cuadro refleja lo siguiente: l) PINTURA. Una Virgen del Carmen, acompañada de un Niñojesús bien crecidito ya, ofrece un escapulario a un ánima ya salvada transportada en brazos por un primer ángel hasta las puertas del Cielo. Otro ángel volador, planea mirando hacia abajo como fijándose en quién va a ser el próximo a liberar. Un tercer alado, provisto de un ancla como agarradero del purgado, lo ofrece a uno de los agraciados que no duda en asirla azuzado por las llamas. Y por último, otro ángel en vuelo rasante, sin protección alguna, remangado hasta los hombros, entra en picado en lo más flamígero del cuadro intentando liberar a otro expecador más. 2) ESCULTURA. La zona de abajo del cuadro es tenebrosa: un relieve de veinticuatro figuras, cuerpos humanos de mujeres y hombres, arden sin tregua y sin consumirse en unas llamas tan pertinaces como extrañas pues sin carburante aparente se las percibe vigorosas y eternas en su afán de dañar quemando. Las veinticuatro cabezas y las cuarenta y ocho manos, miran hacia arriba y demandan de los cuatro salvadores piedad y misericordia, y, sobre todo, eficacia y alta frecuencia en sus vuelos.
Así recuerdo yo el cuadro. No quisiera terminar sin declarar mi profundo respeto por los creyentes y la Iglesia que son ellos mismos, añadiendo que mis notas no pueden ni deben ser tomadas como burlonas sino como briznas de humor y cariño. Que, afortunadamente, hoy la Iglesia, a través de alguno de sus altísimos representantes nos ha tranquilizado mucho sobre estos temas, al interpretar que estos estadios, tanto el Purgatorio como el Limbo, no son sino estados de ánimo de Alma. ¡Qué peso me han quitado de encima!. Si lo próximo es declarar que el Infierno también es otro estado de ánimo del Alma, este deja de ser fugitivo para entregarse en el Cielo.
Buenas noches a todos.
Efectivamente, Victoria, el cuadro de "Las Ánimas del Purgatorio" está en la Iglesia, y, aunque sea lo último que escriba esta madrugada, no me resisto a relatar una de las sensaciones más angustiosas que tuve en mi adolescencia precisamente transmitida por la "lectura" sosegada de esta obra.
El cuadro, del que desconozco el autor, es singular en la forma y en el fondo: la geometría es mixta, pues está compuesto de un semicírculo superior al que sigue un rectángulo; y mixto también es el arte empleado para su confección, al compendiar una pintura al óleo en la parte alta y una escultura en escayola, supongo, para completar la zona inferior. Su ubicación actual se encuentra donde antiguamente estaba el púlpito: entrando por la puerta principal de la iglesia es el tercer cuadro de la derecha si se exceptúan los del Viacrucis, después de contemplar una preciosa Virgen, que transmite paz a raudales, y de un San Antonio de Padua con Niño (muy sosos ambos, la verdad) aparece, abruptamente y en contraposición a la serenidad de las dos imágenes anteriores, esta alegoría del sufrimiento que a mí en un momento de mi adolescencia me hizo un flaco servicio a mi entonces férrea fe. Cómo es posible, me preguntaba yo entonces, que un Dios tan Misericordioso permitiera una antesala celestial rebosante de tanta crueldad. Conviene recordar aquí, para los que crean en la resurrección de la carne, que el sufrimiento en la calorina era en cuerpo y alma y no precisamente breve. Claro, estas cosas, lejos de acercarte a Dios, te hacían temerle y temerle cada día más. Y el que teme huye, y yo huí, alejándome de ese temor que me llevó primero a la duda, luego a la indiferencia, luego al olvido y de nuevo a la duda, y hasta hoy.
Si la memoria no me falla, el cuadro refleja lo siguiente: l) PINTURA. Una Virgen del Carmen, acompañada de un Niñojesús bien crecidito ya, ofrece un escapulario a un ánima ya salvada transportada en brazos por un primer ángel hasta las puertas del Cielo. Otro ángel volador, planea mirando hacia abajo como fijándose en quién va a ser el próximo a liberar. Un tercer alado, provisto de un ancla como agarradero del purgado, lo ofrece a uno de los agraciados que no duda en asirla azuzado por las llamas. Y por último, otro ángel en vuelo rasante, sin protección alguna, remangado hasta los hombros, entra en picado en lo más flamígero del cuadro intentando liberar a otro expecador más. 2) ESCULTURA. La zona de abajo del cuadro es tenebrosa: un relieve de veinticuatro figuras, cuerpos humanos de mujeres y hombres, arden sin tregua y sin consumirse en unas llamas tan pertinaces como extrañas pues sin carburante aparente se las percibe vigorosas y eternas en su afán de dañar quemando. Las veinticuatro cabezas y las cuarenta y ocho manos, miran hacia arriba y demandan de los cuatro salvadores piedad y misericordia, y, sobre todo, eficacia y alta frecuencia en sus vuelos.
Así recuerdo yo el cuadro. No quisiera terminar sin declarar mi profundo respeto por los creyentes y la Iglesia que son ellos mismos, añadiendo que mis notas no pueden ni deben ser tomadas como burlonas sino como briznas de humor y cariño. Que, afortunadamente, hoy la Iglesia, a través de alguno de sus altísimos representantes nos ha tranquilizado mucho sobre estos temas, al interpretar que estos estadios, tanto el Purgatorio como el Limbo, no son sino estados de ánimo de Alma. ¡Qué peso me han quitado de encima!. Si lo próximo es declarar que el Infierno también es otro estado de ánimo del Alma, este deja de ser fugitivo para entregarse en el Cielo.
Buenas noches a todos.