Segunda fuente, la de la calle Cantolugar, aquí el personaje que me viene a la memoria por lo insólito, es a un cura orondo, con sotana medio desabrochada que a horas intempestivas iba con su cantarilla a llenarla de agua –cuando acertaba a ponerla debajo del grifo-, tampoco creo que le importara mucho, porque el agua no la utilizaba demasiado y para beber “teniendo el vino de la misa” ¿para que más?, vivía al empezar la calle en la parte más alta, la casa exactamente no la recuerdo y se llamaba
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Efectivamente, UNOMAS, en la segunda
casa de la
calle del Cantolugar, en el núm. 3, vivía don Francisco, un cura cachondísimo, natural de Villanueva, al que le gustaba con delirio
comer y, sobre todo, beber buen vino.
A este cura nunca le olvidarán los niños que nacieron en los años cincuenta porque tenía una
costumbre simpatiquísima de saludar: te llamaba, le besabas la mano y él, a continuación, te daba una camuesa en la cabeza y con el puño cerrao, después de golérselo, te decía: “anoche comiste
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