Crecí rodeado de hediondos polígonos industriales, tenía una chupa de cuero y siempre llevaba los pantalones rotos y las manos sucias. En un mugriento atardecer tu fragancia me llegó cercana y te vi sentada en una terraza de mala muerte, me fijé en tus torneadas pantorrillas y cómo con tus manos te atusabas el pelo. Estabas rodeada de un puñado de babosos canis que te miraban como si fueras la Sirena del Mississippi. Reparé bien en ti, María, cuando me dijiste: “eh, si vas para adentro ¿te importa ... (ver texto completo)