Los fríos del invierno solían ser los aliados de las curtidas gentes del campo. El labrador empleaba buena parte de esta estación en las tareas de preparar la hoja de barbechos con las yuntas de mulas que tiraban del arado de madera de encina y de la vertedera, a fin de quedar la tierra en condiciones para recibir la semilla en el próximo otoño con las primeras aguas o antes de ellas.
El pastor conducía el ganado por cañadas y laderas envuelto en su tieso y negro capote, teniendo especial cuidado de los corderillos recién nacidos. La imagen idílica del pastor de aquella época contrasta con la verdad de una supervivencia nada complaciente.
La aceituna, escasa en nuestro término, era vareada y transportada a la almazara del pueblo para retirar posteriormente cada olivarero su propio aceite. Los niños se lo pasaban en grande el "día de la matanza"en la "peña restrandera"jugando con el balón improvisado de la vejiga del cerdo, la pelota de trapo o de goma.
Los colores y los olores y los sonidos de cantos de los pájaros brotan en la PRIMAVERA de nuestros campos, en tanto que los esperan cosechas arrancan las malas hierbas de sus sembrados a base de zacho para ayudar al grano a mejor maduración.
La gente menuda tiene más ocasiones de disfrutar a tope en ciertos días que tradicionalmente fueron, escasos en la actualidad, fiestas infantiles. En esta época los varones que siempre fueron muy aficionados a la caza de grillos y de pájaros, identificaban a estos últimos no sólo visualmente sino por sus cantos y por sus trinos.
Mejor conocimiento de nuestra especie alada tenían los ceperos o tramperos que habían de dedicarse a este menester para poder subsistir. Por igual motivo los "pescaores"registraban charcones y vadeaban ríos a la pesca de ranas, galápagos, pardillas, colmillos, carpas, barbos... que sus esposas e hijas voceaban para venderlo por las calles con gracejos exclusivos del pueblo.
Los cazadores, con menos fincas acotadas que en la actualidad y con más caza, recorrían todo el terreno posible e incluso rebasando el término, ingeniando la manera de encontrar las piezas cinegéticas más codiciadas: la liebre, el conejo y la perdiz.
Las niñas se sentían atraídas por la fragancia y colorido de las flores silvestres tales como panes y quesos, margaritas, chupetitos, amapolas, lirios, achicoria, flor del tomillo y otras flores diminutas de la estación primaveral.
El pastor conducía el ganado por cañadas y laderas envuelto en su tieso y negro capote, teniendo especial cuidado de los corderillos recién nacidos. La imagen idílica del pastor de aquella época contrasta con la verdad de una supervivencia nada complaciente.
La aceituna, escasa en nuestro término, era vareada y transportada a la almazara del pueblo para retirar posteriormente cada olivarero su propio aceite. Los niños se lo pasaban en grande el "día de la matanza"en la "peña restrandera"jugando con el balón improvisado de la vejiga del cerdo, la pelota de trapo o de goma.
Los colores y los olores y los sonidos de cantos de los pájaros brotan en la PRIMAVERA de nuestros campos, en tanto que los esperan cosechas arrancan las malas hierbas de sus sembrados a base de zacho para ayudar al grano a mejor maduración.
La gente menuda tiene más ocasiones de disfrutar a tope en ciertos días que tradicionalmente fueron, escasos en la actualidad, fiestas infantiles. En esta época los varones que siempre fueron muy aficionados a la caza de grillos y de pájaros, identificaban a estos últimos no sólo visualmente sino por sus cantos y por sus trinos.
Mejor conocimiento de nuestra especie alada tenían los ceperos o tramperos que habían de dedicarse a este menester para poder subsistir. Por igual motivo los "pescaores"registraban charcones y vadeaban ríos a la pesca de ranas, galápagos, pardillas, colmillos, carpas, barbos... que sus esposas e hijas voceaban para venderlo por las calles con gracejos exclusivos del pueblo.
Los cazadores, con menos fincas acotadas que en la actualidad y con más caza, recorrían todo el terreno posible e incluso rebasando el término, ingeniando la manera de encontrar las piezas cinegéticas más codiciadas: la liebre, el conejo y la perdiz.
Las niñas se sentían atraídas por la fragancia y colorido de las flores silvestres tales como panes y quesos, margaritas, chupetitos, amapolas, lirios, achicoria, flor del tomillo y otras flores diminutas de la estación primaveral.