La que se condenó, por siempre y para siempre,
a no ser más que sombra y que silencio,
a girar sin resposo, ilusa luna,
en torno de un planeta indiferente.
La que vigila pasos y susurros
y vive carcomida de sospechas.
La que guardó su castidad preciosa
para el festín de la primera noche.
La que odió al que devoró las ilusiones
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La que terminó odiando
hasta la fecundidad sin pausa de su vientre,
condenada a repetir en sus hijas y nietas,
como en un laberinto de
espejos,
el mismo dédalo sangriento y angustioso
de su madre y su abuela,
y de las madres y las abuelas todas de su estirpe.
La que jamás se atreve a disentir en alta voz,
pero que va frenando los proyectos de su amor
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