LAS HUELLAS DEL PUEBLO:
Hay hombres y mujeres que se vuelven raíces, que no se van del todo cuando la tarde cae, personas que cosieron las viejas cicatrices del suelo que los hijos hoy vuelven a pisar.
El maestro que trajo la luz a la ignorancia, la partera que al mundo la vida vio llegar, aquel sabio que tuvo paciencia en la distancia y el líder que al humilde enseñó a caminar.
No necesitan mármol, ni estatuas, ni banderas, su nombre va en el viento, su pulso en el telar, están en las historias junto a las hogueras y en el agua del pozo que vuelve a brotar.
Son el eco bendito que cruza las esquinas, el alma de la plaza, la sombra del ciprés, quienes sembraron trigo donde hubo espinas y fundaron el pueblo que hoy vemos de pie.
Su paso fue silencioso pero dejó cimiento, una memoria viva que el tiempo no deshace, porque un pueblo no es solo piedra y pavimento, sino el recuerdo eterno de todo lo que nace.
Hay hombres y mujeres que se vuelven raíces, que no se van del todo cuando la tarde cae, personas que cosieron las viejas cicatrices del suelo que los hijos hoy vuelven a pisar.
El maestro que trajo la luz a la ignorancia, la partera que al mundo la vida vio llegar, aquel sabio que tuvo paciencia en la distancia y el líder que al humilde enseñó a caminar.
No necesitan mármol, ni estatuas, ni banderas, su nombre va en el viento, su pulso en el telar, están en las historias junto a las hogueras y en el agua del pozo que vuelve a brotar.
Son el eco bendito que cruza las esquinas, el alma de la plaza, la sombra del ciprés, quienes sembraron trigo donde hubo espinas y fundaron el pueblo que hoy vemos de pie.
Su paso fue silencioso pero dejó cimiento, una memoria viva que el tiempo no deshace, porque un pueblo no es solo piedra y pavimento, sino el recuerdo eterno de todo lo que nace.