El sol se retira despacio en la arena, la tarde se viste de fuego y color, y el agua del mar, que mitiga la pena, se calma en un lento y hondo rumor.
Se besan las olas con la orilla tibia, un soplo de brisa acaricia la piel, la tarde se aleja callada y esquiva, dejando en los labios un dejo de miel.
Los barcos se pierden allá en el poniente, el cielo se tiñe de rojo y añil, y el día se apaga de forma valiente, con destellos suaves de un último abril.
Se queda la noche... vi caer el sol sobre el mar
y observé cómo ardían sus aguas,
mis ojos enrojecieron,
no sé si por la luz que despedía el horizonte
o porque vi el atardecer en completa soledad.