A veces cruzamos por grandes desiertos, y nos sentimos como flores sin agua, nos sentimos como una rosa marchitada, sentimos que por nuestro cuerpo las raíces de la felicidad comienzan a secarse, las raíces de las promesas comienzan a desaparecer, sentimos como si el Sol nos quemase sin misericordia, el polvo comienza a posesionarse de nuestras vidas, y sentimos un gran vacío porque no somos respondidos por nuestro Salvador.
En medio del desierto, aunque sentimos que las fuerzas se desvanecen, es el momento entonces de decir ¡Dios me siento como una rosa en el desierto!, ¡NECESITO DE TU LLUVIA!