Ardía la otra en deseos de esparcir la novedad, y en seguida corrió a contarla de casa en casa; pero en lugar de un huevo, dijo tres.
Y volvió satisfecha a su casa la habladora.
- ¿Os burláis? Contesto la comadre: no sabéis quién soy yo. Id descansada.”
“ ¡Ah, comadre! le dijo, ¡Si supieras lo que pasa! No me descubráis, porque lo pagaría yo: mi marido ha puesto un huevo tan grueso como el puño. ¡Por Dios guardad bien el secreto!
Apenas rayó el día, dejó el lecho la indiscreta esposa, y corrió a buscar a la vecina:
La mujer, ignorante en esta y otras muchas cosas, lo creyó, y puso a todos los dioses por testigos de la solemne promesa que hizo de callarse; pero los juramentos se desvanecieron justamente con las tinieblas nocturnas.
-Sí, ahí lo tienes: aún esta caliente. No lo digas a nadie: me llamarían gallina.”
- ¿Un huevo?
“ ¡Santos Cielos! ¿Qué es esto? ¡No puedo más! ¡Voy a reventar! ¡Ay! ¡He puesto un huevo!
Nada pesa tanto como un secreto: es una carga que abruma al sexo débil: y, en esto, conozco a muchos hombres que son mujeres también.
Las mujeres y el secreto
Todo bien pesado, el alma de los ratones es muy distinta del alma de las doncellas: hay que volver al destino de cada cual, es decir, a la ley dictada por Dios. Apelad al diablo, recurrid a la magia. No apartaréis a ningún ser de su fin natural.
¿Cómo se explica, pues, que un cuerpo tan bien organizado, como el de la hermosa doncella, no pudiera inducir al alma a unirse al astro del día, y se inclinara a un mísero ratón?
Volvamos, si podemos, a la metensicosis: lo que hizo el hechicero a ruegos del brahmán, lejos de comprobarla, patentiza su falsedad. Porque exige su sistema que el hombre, el ratón, el gusanillo, todos los seres, vayan a tomar su alma en un acervo común: todas las almas deben ser, pues, de igual naturaleza; pero, actuando de diverso modo, según la diversidad de los órganos, las unas se elevan, y las otras degeneran.
El ratón, para continuar el argumento, debía enviar la doncella al gato, l gato al perro, el perro al lobo; y por medio de esta argumentación circular, el indiano Pilpay, autor de la fabula, se hubiera remontado de nuevo hasta el sol; el sol hubiera sido el esposo de aquella beldad.