Y en un pispas, se habían enterado también la S, la T, la U y la V. Por su parte, la W, que nunca se enteraba bien de nada, le pidió a la X que le hiciera de espía y que fuera, junto con la Y a averiguar qué estaba ocurriendo.
La K, sin dudarlo un segundo, se presentó ante la L que llamó a la M y avisó a la N para que buscara a la Ñ. Una vez reunidas en conferencia secreta enviaron un comunicado a la O que fue rauda al despacho de la P, que está al lado del de la Q y próximo al de la R, de manera que fue sencillo ponerlas al corriente de todo
Luego llamaron a la J que conocía muy bien a la I y, todas unidas, charlaron con la K sobre lo ocurrido.
…En el dormitorio de Aura, a la luz de la luna, el Hada del Sueño arropó a la niña, acarició sus párpados cerrados, sonrió ante su sonrisa y, silenciosamente, se marchó dejándola a solas con sus ovejas, sus wombats, sus hadas y sus elfos.

Fin
Qué cuento más dulce.
Ésta al enterarse de semejante traición, unió fuerzas con la G y fueron a buscar a la H.
La A le dijo a la B que le comentara a la C si podía avisar a la D para que contara a la E lo que, en secreto, le había comunicado la F.
Abecedario
Y cuando la niña se hizo mayor, tan mayor como su madre, aún seguía conservando un poco de aquella magia y de aquella ilusión y, de vez en cuando, volvía a soñar con paisajes pintados con lápices de colores donde una niña con trenzas perseguía mariposas de virutas.
El sabio se echó a llorar. Y cuando la gente lo vio llorando, pensó que llorar ante las cebollas era propio de personas muy inteligentes.
No sé si será de sabios, pero con algunas no queda más remedio que llorar.
Y su madre siguió vaciando los tarros día tras día, y sonriendo cada vez que su hija le contaba que el milagro había vuelto a producirse aquella mañana. Y nunca le contó la verdad.
Y durante muchas noches soñó con preciosas mariposas hechas de virutas.
Y durante muchos días siguió afilando sus lápices y guardando las virutas en tarros de cristal (soñaba con llenar el mundo de mariposas de todos los colores).
Así que la niña siguió creyendo durante mucho tiempo que las virutas de los lápices de colores podían transformarse en mariposas sólo con desearlo con mucha fuerza.
Era tanta la ilusión que derramaba, tanta la alegría que irradiaba, que su madre se sintió incapaz de confesarle que, en realidad, las virutas seguían siendo virutas, y que si ya no estaban en el tarro de cristal era porque ella, que no sabía nada del experimento de su hija, las había tirado a la basura esa misma noche. Y que aquellas dos mariposas habían pasado junto a su ventana en ese justo momento por pura casualidad.
Y corrió en busca de su madre y, con los ojos llenos de entusiasmo y los labios plenos de sonrisas, le contó la mágica transformación de las virutas.