La cocina estaba todavía salpicada
de harina y oraciones; la nodriza
arropaba al fantasma de la
noche,
buscaba el itinerario de las naves
que trajeran de regreso a un vagabundo.
Habían enmohecido las imágenes, envejecido
el ruido. En las grandes tinajas
el eco de voces conocidas repetía
la cuenta del dinero. Se hablaba
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