Nadie puede descubrirnos más de lo que descansa dormido a medias en el amanecer de nuestro conocimiento.
El pedagogo que camina a la sombra del templo en medio de sus discípulos, no les ofrece su sa-biduría, sino más bien, su fe y su afecto. Si él es sabio de verdad, no os pedirá que entréis en la casa de su sabiduría, sino que os guiará hasta el umbral de vuestro propio espíritu.
El astrónomo puede hablaros de su comprensión del espacio, pero no puede daros el oído que de-tiene el ritmo ni la voz que le sirve de eco.
Y el entendido en la ciencia de los números puede hablaros de los valores del peso y la medida, pero no puede conduciros a ella.
La visión de un hombre no cede sus alas a otro hombre. Y así, cada uno de vosotros se halla solo ante el conocimiento de Dios, así debe cada uno de vosotros estar solo en su comprensión de Dios y en su conocimiento de la Tierra. Vuestra alegría es vuestra tristeza sin máscara.
Y de un mismo manantial surgen vuestra risa y vuestras lágrimas. No puede ser de otro modo. Mientras más profundo cave el pesar, en vuestro corazón, más espacio habrá para vuestra alegría.
¿No es la copa que contiene el vino la misma que estuvo quemándose en el horno del alfarero? ¿Y no es el laúd que serena vuestro espíritu la misma madera que fue tallada con cuchillos?
Mirad en el fondo de vuestro corazón, cuando estáis contentos: comprobaréis que sólo lo que os produjo tristeza, os devuelve alegría. Mirad de nuevo en vuestro corazón cuando estáis tristes: com-probaréis que estáis llorando por lo que fue vuestro deleite.
Algunos de vosotros tenéis la costumbre de afirmar: «La alegría es mejor que la tristeza» y otros: «No, la tristeza es un sentimiento mejor».
Pero yo os digo que son inseparables. Llegan juntos y cuando uno de ellos se sienta con vosotros a la mesa, el otro espera durmiendo en vuestro lecho.
En verdad, estáis suspensos, como fiel de balanza, entre vuestra alegría y vuestra tristeza. Só-lo cuando estáis vacíos, vuestro peso permanece quieto y equilibrado.
Así, cuando el que cuida el tesoro os levante para pesar su oro y su plata, es necesario que vues-tra alegría y vuestro pesar suban y bajen.
El pedagogo que camina a la sombra del templo en medio de sus discípulos, no les ofrece su sa-biduría, sino más bien, su fe y su afecto. Si él es sabio de verdad, no os pedirá que entréis en la casa de su sabiduría, sino que os guiará hasta el umbral de vuestro propio espíritu.
El astrónomo puede hablaros de su comprensión del espacio, pero no puede daros el oído que de-tiene el ritmo ni la voz que le sirve de eco.
Y el entendido en la ciencia de los números puede hablaros de los valores del peso y la medida, pero no puede conduciros a ella.
La visión de un hombre no cede sus alas a otro hombre. Y así, cada uno de vosotros se halla solo ante el conocimiento de Dios, así debe cada uno de vosotros estar solo en su comprensión de Dios y en su conocimiento de la Tierra. Vuestra alegría es vuestra tristeza sin máscara.
Y de un mismo manantial surgen vuestra risa y vuestras lágrimas. No puede ser de otro modo. Mientras más profundo cave el pesar, en vuestro corazón, más espacio habrá para vuestra alegría.
¿No es la copa que contiene el vino la misma que estuvo quemándose en el horno del alfarero? ¿Y no es el laúd que serena vuestro espíritu la misma madera que fue tallada con cuchillos?
Mirad en el fondo de vuestro corazón, cuando estáis contentos: comprobaréis que sólo lo que os produjo tristeza, os devuelve alegría. Mirad de nuevo en vuestro corazón cuando estáis tristes: com-probaréis que estáis llorando por lo que fue vuestro deleite.
Algunos de vosotros tenéis la costumbre de afirmar: «La alegría es mejor que la tristeza» y otros: «No, la tristeza es un sentimiento mejor».
Pero yo os digo que son inseparables. Llegan juntos y cuando uno de ellos se sienta con vosotros a la mesa, el otro espera durmiendo en vuestro lecho.
En verdad, estáis suspensos, como fiel de balanza, entre vuestra alegría y vuestra tristeza. Só-lo cuando estáis vacíos, vuestro peso permanece quieto y equilibrado.
Así, cuando el que cuida el tesoro os levante para pesar su oro y su plata, es necesario que vues-tra alegría y vuestro pesar suban y bajen.